La extracción de la pieza clave del régimen chavista, Nicolás Maduro, se convirtió en la gran novedad de la política latinoamericana durante el primer semestre de este año. Fue un hecho de relevancia mundial. Hacía mucho tiempo que los ojos del mundo no se posaban sobre esta región, anclada en su cualidad de parque temático debido a sus interminables excentricidades.
Lo ocurrido quizás sea recordado en el futuro como una leapfrogging, noción que algunos dicen tomar del ámbito de la innovación para describir aquellos saltos disruptivos enormes. Sin embargo, sugiere un método político rara vez visto. Por eso, conviene reflexionar brevemente acerca de sus alcances. Dos observaciones preliminares estimulan la esperanza que ayude, tanto a poner freno a algunas de las excentricidades como también a contener esas tentaciones jacobinas encarnadas por Maduro, Ortega o los Castro.
Se trató de una maniobra militar y de inteligencia exitosa y llena de simbolismo. Eso explica las reacciones tan variadas. Algunos reverdecieron las flores del vetusto “antimperialismo”. Otros volvieron a levantar las viejas banderas antiestadounidenses que parecían olvidadas en el desván de los objetos en desuso. Una cantidad no menor de políticos, especialmente de las izquierdas, siguen sin salir de su asombro y susto. Temen correr un destino similar. Resulta curioso que el hipotálamo de muchos políticos y analistas latinoamericanos se active de esa manera ante la sola idea de caer en manos de un sistema judicial que sí funciona.
Por lo tanto, la extracción contiene un innegable valor político y bien podría ocurrir que termine cambiando el curso de las relaciones hemisféricas.
A partir de una afirmación tan contundente como esa, parece necesaria una mirada breve a algunos de los problemas que encierra.
Por un lado, cabe preguntarse ¿qué tan efectivo será este nuevo instrumento?, ¿será capaz el modelo de Delcy de reinsertar a Venezuela en las lógicas latinoamericanas?, ¿qué tan prioritario es aquello? Chávez y Maduro disfrutaron in extremis el latinoamericanismo. Protagonizaron un multilateralismo adversarial muy nocivo. Pese a todo, aún es prematuro saber si el modelo de Delcy significará un desmantelamiento de la obra de aquellos líderes de la izquierda latinoamericana. En estos cuatro meses se le ha visto intentando dar un salto hacia las antípodas; concentrada en sacar a Venezuela de ese aislamiento internacional tan fuerte en que cayó durante los años de fervor bolivarianista.
Hay indicios que Delcy y su hermano Jorge prefieren entendimientos bilaterales en las cuestiones regionales. Por ejemplo, hace pocas semanas, Caracas y Bogotá acordaron un marco de cooperación en seguridad que incluye el intercambio de inteligencia contra el crimen organizado y planes militares conjuntos en la frontera común de más de 2.200 kilómetros. Anunciaron la reactivación del comercio bilateral y especialmente de un gasoducto binacional.
También se observa un cambio muy fuerte en la relación bilateral Estados Unidos -Venezuela.
Delcy fue rápidamente reconocida por Washington como la nueva autoridad legítima. Se levantaron las sanciones contra ella en lo personal y contra el Banco Central de Venezuela, se reabrió una amplia gama de vínculos diplomáticos y se promovió el retorno de inversiones, especialmente de las petroleras. No sólo de Chevron; también mediante la autorización a otras, como empresas españolas e italianas. Leitmotiv de Delcy es llevar a Venezuela de regreso al mercado energético global.
No sería disparatado pensar que este modelo pragmático la incline a construir un capital político nuevo, suyo e intransferible. Por ahora se mantiene en un plano que deja fuera las validaciones electorales, los mecanismos democráticos y discursos sofisticados. ¿Será el suyo algún tipo de nuevo “demos virtuoso”?
Pese a esas características, una rutina de normalización en Venezuela es una muy buena noticia para Chile. Será positivo retomar vínculos consulares y avanzar en temas sensibles para nuestro país, como migración, repatriaciones y cooperación policial.
En tanto, la reacción de los otros países de la región ante este singular método de las extracciones indica que el miedo a ser extraído se está instalando efectivamente. Habrá que ver si el miedo se transforma en factor incidente en la actitud y conducta general que vayan tomando los políticos latinoamericanos.
Un observador optimista diría que el miedo generalizado puede impactar de manera positiva en las viejas prácticas -perversas y corruptas- tan típicas de la historia latinoamericana y que siempre, por alguna razón superior, terminan quedando en el olvido. Como bien señala el latinoamericanista francés, A. Rouquié, esa es una de las razones que hacen de América Latina la “zona híbrida” de Occidente.
Un preanuncio en esta línea es lo ocurrido con Rubén Rocha, gobernador de Sinaloa, en el norte de México. Se le exigió abandonar el cargo para “facilitar la investigación”, aunque es probable que el telón de fondo sea justamente el miedo a que la justicia estadounidense investigue a otros políticos relevantes de Morena, el partido de gobierno. ¿Qué pasaría si Rocha no es extraditado (con todo el tremendo significado distópico que ello encierra) y es extraído el día de mañana?
Rocha es un ejemplo palpable de lo que muchos describen como la pérdida de soberanía ante los carteles de la droga en vastas zonas del país. Varios analistas mexicanos vienen denominando esto como “cooptación criminal” del Estado. Benítez Manaut, un especialista reconocido en estas materias sostiene que en Sinaloa surgió un narcoestado.
Mirado a la distancia, podría decirse que Sinaloa es otro tipo de laboratorio de estos nuevos “demos virtuosos”. Esta vez con el narco. Y es que la aventura de generar un modus vivendi con los carteles es en gran medida (no únicamente) obra de Morena.
Pocos adivinarían que se trata de un partido considerado fiel representante del “ultraprogresismo”. Imposible olvidar aquella bendita frase de Andrés Manuel López Obrador (expresidente y gran amigo de Rocha): “abrazos, no balazos”, frente al narcotráfico. Especialmente respecto a los llamados “Chapitos”, herederos del Chapo Guzmán.
Es bastante probable entonces que el factor miedo haya emergido y la conducta de equilibrista asumida por la Presidenta Sheinbaum deba ser tomada como sugerente.
2026 se ve pródigo en novedades. Y estamos recién empezando el quinto mes del año.

Muy interesante