paseo ahumada
SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

¿Qué es el pueblo? Esta pregunta, aparentemente básica, apunta a determinar nuestra concepción de la democracia. Distintas concepciones del pueblo dan, a su vez, lugar a distintas concepciones de la democracia o del gobierno del pueblo. Así, la Convención Constitucional (CC) propuso un Estado plurinacional, autonomías territoriales, más de una decena de derechos indígenas, y un largo etcétera. Lo anterior es perfectamente consistente con su declaración de que el pueblo chileno está conformado por distintas naciones (preámbulo y artículo 2°). Los escaños reservados, por ejemplo, no son sino una consecuencia natural de esta comprensión de la sociedad chilena. Una comprensión que debe ser rechazada tajantemente.

Lo primero a tener en cuenta es que no se trata de una descripción sociológica del país. Incluso si aceptamos que Chile tiene naciones indígenas, también tiene migrantes, musulmanes, veganos, católicos, empresarios, poetas, deportistas, y millones de personas que se mueven entre una o más identidades. Cuando la propuesta de la CC dispone que el pueblo chileno está compuesto por distintas naciones lo que está haciendo es imponer una manera específica de entender al pueblo. En otras palabras, la CC nos dice que existe un determinado pueblo y que, por ende, las instituciones políticas deben conformarse y actuar en consonancia con esa idea del mismo. Entre esta visión de las cosas y el corporativismo identitario, hay un trecho muy corto. Los escaños reservados dan cuenta, justamente, de este recorrido. 

Pero una sociedad libre no puede aceptar tal definición del pueblo. La razón fundamental es que no podemos relacionarnos con las instituciones políticas bajo etiquetas concretas, bajo pertenencias grupales impuestas por el poder político. En una sociedad libre los ciudadanos tenemos que representarnos como individuos que no están atados a ninguna comunidad que no hayan escogido, pues de lo contrario quedan sometidos a categorías establecidas por algún organismo burocrático. Evidentemente, esto no implica negar el papel de los grupos culturales, religiosos, étnicos, entre otros, en la conformación de la identidad personal. Ni siquiera significa negarles a ellos un papel político. Simplemente, quiere decir que, frente a las instituciones políticas, el pueblo chileno no puede entenderse como un conglomerado de naciones o de otras identidades particulares, sobre todo cuando tales conglomerados son definidos burocráticamente.

¿Es entonces el pueblo un mero conjunto de individuos aislados? ¿No es acaso esta manera de entender la sociedad —en extremo individualista— la que ha hecho agua durante los últimos años? En efecto, muchos aspiran a una constitución que, en las palabras del exconvencional Fernando Atria, busque “cambiar los términos de nuestra convivencia, pasando del abuso a la reciprocidad”. Esto es, una constitución que nos ayude a unirnos en una gran comunidad. Supuestamente, en un ejercicio de dudosa lógica, esto motivó a los convencionales a caracterizar al pueblo como un compuesto por naciones. Sería la salida del “neoliberalismo” que la izquierda radical se esmera en atribuirle a la actual constitución.

Afortunadamente, la historia constitucional chilena (cartas de 1833, de 1925 y de 1980-2005) explícitamente afirma que la sociedad se organiza y estructura a través de asociaciones voluntarias. Para efectos políticos, la sociedad es más que un conglomerado de individuos precisamente porque ellos eligen organizarse en diversos grupos. La libertad de asociación es, por consiguiente, un pilar crucial de la concepción misma del pueblo; es parte del núcleo de una democracia plena. Nada impide que nosotros elijamos organizarnos en comunidades religiosas, étnicas, culturales, empresariales, etcétera. Es desde esas organizaciones, libremente constituidas, que nuestras identidades particulares pueden desempeñar un papel en la vida política. Sin duda, esto no es lo mismo que organizar la comunidad política de arriba hacia abajo. 

¿Qué es, finalmente, el pueblo? Lo que ha sido y debe seguir siendo:  el conjunto de los ciudadanos y sus organizaciones. Bien nos vale no perder de vista esta idea.

*Eduardo Fuentes es investigador de Faro UDD.

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