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Hace más de cuarenta años, siendo interna de obstetricia, atendí a una mujer con un parto prematuro, de alrededor de 32 semanas de gestación. Yo cursaba un embarazo de una edad similar. Apenas nació, fue evidente que el recién nacido tenía un gran tumor cervical que comprimía su vía aérea. La matrona que supervisaba la atención me hizo un gesto con la cabeza que interpreté como una orden de guardar silencio. Tomó al niño en sus brazos y, sin decir una palabra a la madre, se lo llevó lejos.

Más tarde fui a buscarlo. Estaba envuelto en una sabanilla, sobre una bandeja. Aún tenía débiles signos vitales y agonizó allí, solo. Han pasado más de cuarenta años y todavía me pregunto qué habría querido esa madre. Nunca lo sabré, porque nadie se lo preguntó.

Muchos años después, mientras realizaba una ecografía a una mujer de alrededor de 40 años, constaté ausencia de latidos cardíacos fetales. Debía tener unos cinco o seis meses de gestación. Su historia me conmovió porque, teniendo ya dos hijos varones casi adultos, esperaba con ilusión el nacimiento de una niñita. Fui a verla mientras el equipo terminaba el procedimiento en pabellón. Le pregunté si había podido despedirse de su hija. Me miró sorprendida. No sabía que podía verla. Nuevamente, el equipo sanitario había tomado una decisión pensando en lo que sería mejor para ella.

He recordado ambas historias a propósito del proyecto de ley que propone que, antes de acceder a una interrupción del embarazo permitida por la legislación chilena, el médico informe a la mujer sobre la actividad cardíaca embrionaria o fetal y le ofrezca escucharla (Boletín 18419-11). Hasta ahí, podría parecer una forma de ampliar las alternativas disponibles para la mujer. Sin embargo, el proyecto agrega que, si ella rechaza escuchar los latidos, el médico deberá negarse a practicar el aborto.

El contexto que viven las mujeres enfrentadas a alguna de las tres causales permitidas por la ley es extraordinariamente diverso. Muchas atraviesan un embarazo profundamente deseado que termina por una condición incompatible con la vida o por un riesgo vital. Otras enfrentan un embarazo producto de una violación. Algunas querrán escuchar los latidos, despedirse, conservar una fotografía, una huella o poner un nombre a ese hijo o hija. Otras preferirán no hacerlo. Todas esas formas de vivir el duelo —o de no vivirlo de la misma manera— merecen igual respeto.

Lo que no resulta aceptable es que esa decisión deje de pertenecerles.

La autonomía no consiste solo en recibir información. También incluye el derecho a rechazar aquella que una persona no desea conocer. Ofrecer la posibilidad de escuchar los latidos puede ser un acto de respeto. Convertir esa respuesta en una condición para acceder a una prestación garantizada por la ley transforma la consulta en un mecanismo de coerción.

Curiosamente, tanto quienes sostienen que nunca debería ofrecerse esa posibilidad como quienes pretenden imponerla parten de un supuesto común: creer que saben mejor que la propia mujer qué necesita para protegerse. Unos deciden que escuchar los latidos solo aumentará su sufrimiento. Los otros, que debe escucharlos aunque no lo desee. En ambos casos, la decisión deja de ser de ella.

Durante años he pensado que uno de los errores más frecuentes de la medicina consiste en decidir por los pacientes aquello que creemos que será menos doloroso. A veces ocultamos información; otras evitamos encuentros o despedidas. Este proyecto incurre en ese mismo error, solo que desde la dirección opuesta.

Quizás por eso esta discusión trasciende el debate sobre el aborto. Aunque hoy se exprese en el contexto de la salud sexual y reproductiva, la pregunta es válida para toda la medicina. Cada vez que un profesional decide qué información entregar, qué experiencia evitar o qué elección impedir porque cree saber qué será mejor para su paciente, el riesgo es siempre el mismo: sustituir la voluntad de quien debía decidir.

La verdadera pregunta no es si una mujer debe o no escuchar los latidos. La verdadera pregunta es quién tiene derecho a decidirlo.

Desde aquellas experiencias procuro recordar que cuidar no consiste en decidir por los pacientes aquello que creemos que será mejor para ellos, sino en estar a su lado cuando les corresponde decidir por sí mismos.

Docente-Investigadora en Bioética, Universidad del Desarrollo

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1 Comment

  1. La gran diferencia es que en este tema hay un tercer involucrado. Ya no es solo el médico y lo mejor para su paciente. Hay un tercer actor, un tercer ser vivo, si no estuviera vivo no habrían latidos……………

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