¿Quién dijo que los moderados ganan?
En la actividad política siempre existe una sección dedicada al fuego cruzado de trinchera, donde las normas de buen comportamiento se relajan y el adversario es tratado en términos agresivos, cuando no ofensivos. Sin embargo, que la mayor parte de la política se traslade a la trinchera no es algo que se vea con frecuencia.
Por lo regular son las directivas de los partidos los encargados de temperar los ánimos y las principales figuras mantenían el debate de mejor nivel. Ahora en la oposición son esas mismas instancias las que están dando la señal en contrario.
Es la campaña del plebiscito lo que lo ha cambiado todo. La oposición ha definido que el resultado es determinante para dirimir la elección presidencial y que, a su vez, el plebiscito no se ganará con una campaña puramente informativa o centrada en los méritos del texto constitucional.
Aunque no tendría que ser de ese modo. Si en el plebiscito la nueva Constitución no fuera aprobada, eso no implicaría la derrota posterior de la derecha, significaría que, dentro de ella, las cartas presidenciales alternativas a Kast tendrían mucho más posibilidad de competirle la primera posición. Así que jugarse el todo por el todo es lo que muestra quién está dirigiendo las acciones en este sector.
Como la estrategia del gobierno es la contraria, es decir, que lo que pretende conseguir es el menor involucramiento posible en la campaña, lo que se ha definido desde la oposición es sacarlo de sus posiciones defensivas a como dé lugar.
No es que la derecha esté rehuyendo el conflicto, es que lo está buscando activamente y espera que sea lo más duro posible. Sus estrategas de campaña están convencidos que de ello depende este triunfo y lo siguientes.
Es muy posible que la última elección argentina este teniendo una influencia importante, pero también es cierto que toda la información disponible es coincidente. En estos días, el destacado analista internacional Steven Levitsky ha hecho notar que en América Latina, salvo Paraguay, desde 2008 las coaliciones en el poder no han ganado ninguna elección presidencial. Es un dato que los actores políticos de todo el espectro están tomando muy en cuenta.
Desde la oposición se parte de la base de que si el descontento ciudadano se canaliza hacia el gobierno y el plebiscito se vuelve un juicio ciudadano sobre su gestión, la opción A favor remonta primero y gana después.
Como las encuestas están mostrando una disminución de las distancias entre las dos alternativas, no hay quién los saque del carril que han tomado.
Si no ayuda, no perjudique
Si en la derecha creen posible ganar, en el oficialismo temen volver a perder, por eso el grado de determinación es mucho menor, se mide cada paso que se da.
Al gobierno debiera preocuparle no sólo perder las grandes batallas, sino también las cotidianas porque eso es precisamente lo que está ocurriendo. En el oficialismo las reformas ya no son mencionadas, sólo se habla de la contingencia, en ninguna parte se respira optimismo, salvo con ocasión de los juegos panamericanos que significó un buen tiempo, pero no un cambio climático.
Ante la arremetida de la derecha sería excesivo pensar que el oficialismo está dedicado a contrarrestar una estrategia de la oposición con otra de su propia factura. A lo que de verdad está abocado es a contener los conflictos que han aparecido en su frente interno. El paro de Atacama, el desorden comunicacional en el tema migratorio, las iniciativas particulares en seguridad, el reclamo de ambas alianzas en defensa de sus respectivas candidaturas presidenciales, son todos acontecimientos que tienen un origen interno y que deja a la derecha como observadora en cómoda posición desde la galería.
El paro de Atacama significó el reconocimiento de las fallas propias sólo después de un largo rodeo acumulando todos los costos imaginables. El caso del vuelo frustrado de migrantes ilegales, pareció un concurso entre autoridades para dar una explicación distinta. El gobierno no destaca sus logros en seguridad, sino que sus partidos insisten en mostrar sus diferencias. Tenemos una ministra del Interior locuaz y una vocera circunspecta, aunque lo usual es lo contrario; en lo que se parecen ambas es que están siendo defendidas por la mitad del gobierno de sus críticos de la otra mitad. Y cuando logran ordenarse es el Presidente el que formula una autocrítica sobre el comportamiento en el pasado de su sector nada menos que en seguridad.
Estos caminos no tienen retorno
Siempre hay razones para ir abandonando las buenas prácticas. La mayoría de las veces se dice que el uso de los ataques desmedidos a los adversarios se justifica por una circunstancia extraordinaria que pronto se va a superar.
Las primeras propuestas, marcadamente identitarias, fueron presentadas en el Consejo por republicanos como un saludo a la bandera a sus electores más duros, lo que se iría corrigiendo en el debate para alcanzar consensos amplios.
La dinámica de los acontecimientos hace que las posturas más moderadas pierdan respaldo en negociaciones donde se tiene una mayoría garantizada.
En el texto que votaremos el 17 de diciembre quedaron a firme lo que se presentó como saludos a la bandera. Es así cuando quienes presentan los artículos se formaron en la defensa a ultranza de posiciones y no en la negociación.
Ahora es el “que se jodan” lo que se está justificando oficialmente por la rabia que generan las actitudes de los adversarios. Es la primera vez que los defectos ajenos son esgrimidos como punto de referencia para bajar el nivel del debate político.
Según Javier Macaya, presidente de la UDI, todo esto se hace para que, al final,” la política pueda promover acuerdos, para que Chile recupere la confianza”. Lo que habría es “un sentimiento de interpretar una rabia”. Pero si con rabia se va avanzando, rabia se seguirá empleando.
No se llega a la paz cultivando agresiones. Cavando no se llega al cielo, sino a un lugar bastante más caluroso.
Si se revisa el comportamiento de Chile Vamos en los últimos años, no se encontrará la adaptación consciente de semejante estrategia; más bien adopta el tono que nos recuerda la campaña de republicanos que ya hemos conocido.
No se puede saber quién ganará el próximo plebiscito, pero lo que sí se puede afirmar es que la centroderecha va a salir derrotada porque en el camino ha perdido sello, estilo e identidad. De momento, están irreconocibles.
Los moderados del sector lucen hoy arrinconados, y de esa postración sólo el triunfo del En contra les permitiría levantar cabeza, aunque no lo reconocerían ni bajo amenaza. Por el bien de Chile espero que no se jodan. Amén.

Más enredado que un moño, no se entiende donde va