El día que asumió como ministro de Hacienda, Jorge Quiroz dijo algo a la vez exacto y modesto: “El Ministerio de Hacienda no es cualquier ministerio”. Tenía toda la razón. El problema está en el sentido en que la tenía.

Lo dijo, claro, para subrayar la gravedad de la tarea fiscal: ordenar las cuentas, sincerar los números, pagar lo que se debe. Y conviene decirlo sin ironía, porque la ironía vendrá después: hay en ese hombre una probidad austera que escasea. Cuando esta semana reconoció ante el Senado que no se alcanzará el equilibrio fiscal prometido en campaña, y que la meta realista es un déficit en torno al 1,5% del Producto hacia 2030, hizo algo que la política rara vez perdona y la justicia siempre agradece: prefirió el número incómodo a la cifra cómoda. “No estoy aquí para ser popular”, ha dicho, y le creemos. Un ministro que no miente sobre la aritmética del Estado es, en estos tiempos, casi una institución.

Y, sin embargo, la tradición clásica, que nada tiene contra la aritmética, escucha en esa frase —“no es cualquier ministerio”— menos un elogio que una advertencia.

Toda disciplina —toda ciencia, todo saber— no se distingue por la materia que toca, sino por la luz bajo la cual la mira: el aspecto formal desde el cual considera las cosas, lo que los antiguos llamaban la ratio formalis bajo la que se ve. Sobre un mismo hombre se inclinan el médico, el jurista y el economista, y cada uno ve algo distinto y verdadero: el médico un cuerpo que sanar, el jurista un sujeto de derechos, el economista una unidad de costo y productividad. Ninguno miente. Cada uno ve de veras, y cada uno, fuera de su formalidad, puede volverse ciego, o miope. Una disciplina es, por definición, una manera disciplinada de no mirarlo todo. En eso consiste su fuerza, que es la precisión; y en eso su límite, que es la estrechez. Sólo dos miradas escapan a esa estrechez, no por carecer de forma, sino por tenerla universal: la metafísica, que mira el ser en cuanto ser, y la teología, que mira todas las cosas a la luz de su causa primera. No son una ventana más: son las que juzgan desde dónde se abren las demás.

La luz propia del economista es lo útil cuantificable: lo que puede medirse, ponderarse, convertirse en precio, producir margen y rentabilidad. Bajo esa luz —y la imagen no es mía, la tomé prestada de la prensa económica, que describía las tres promesas del gobierno tratando de convivir “en una misma planilla Excel”— buena parte de lo real sencillamente no aparece. No porque sea falso, sino porque no refracta esa luz. La virtud no figura en la planilla. Tampoco la amistad cívica, ni la belleza de una ciudad, ni el culto, ni la dignidad de un oficio. Proyectan, sobre la celda, exactamente ninguna sombra.

Y no es una sospecha de biblioteca. Lo he comprobado en la mesa, entre grandes amigos —economistas, ingenieros comerciales, hombres de finanzas a quienes quiero y admiro—: gente lúcida y generosa con la que, sin embargo, cuesta sostener una conversación que no derive, como el agua hacia el mar, al negocio, a la “pasada”, a la rentabilidad de aquello, a la inversión de lo otro y, por cierto, a las adquisiciones del último mes y los planes de viaje del siguiente. No es codicia; es óptica. Han aprendido a mirar, y miran de veras; sólo que miran siempre por la misma ventana, y han llegado a creer que el paisaje termina justo donde termina el marco.

Aristóteles llamaba a la política la ciencia “arquitectónica”: la que manda sobre todas las demás artes —incluida la economía— y las ordena al bien humano. El estadista usa al economista como el arquitecto usa al albañil: con respeto, con necesidad y sin confundir los oficios. Porque la ciudad, decía, nace para vivir, pero existe para vivir bien; y el “vivir bien” no es una partida del presupuesto.

Lo que observamos en estos primeros meses es, con perdón, la inversión exacta de ese orden. No que Hacienda importe demasiado —importa lo que debe—, sino que ha dejado de ser una parte para volverse el todo. El propio Gobierno lo confirma sin querer: un estudio de medios mostró que, descontada la figura del Presidente, el ministro de Hacienda dobla y triplica en presencia pública a Interior, a Vivienda, a la vocería. Los demás ministerios parecen anexos que vienen a rendir cuentas ante la planilla. La seguridad se pondera por su costo; la vivienda, por su impacto fiscal; y uno aguarda, con cierto temor, el día en que la familia y la cultura deban presentar su informe de rentabilidad.

Y la verdad más incómoda no es para la oposición, que sólo protesta por el reparto, sino para el sector que aplaude al ministro. Un gobierno de derecha —que presume de defender la nación, la familia, el orden moral, las cosas que no se compran— ha terminado por organizar toda su identidad pública en torno al crecimiento, la tasa de primera categoría y el techo de la deuda. Y conste que el programa no carece de otras notas: trae seguridad, permisología, incluso gestos hacia la familia. Pero una cosa es el contenido y otra la jerarquía. El reproche no es que el Gobierno haga poco fuera de la economía, sino que sólo dispone de un idioma para contar lo que hace, y a ese idioma lo traduce todo. Combate así el materialismo del adversario con un materialismo rival. Vista de lejos, la discusión ya no es si la polis es una planilla, sino de quién será la planilla. Se concede la premisa y se disputa la cifra. Es una manera elegante, técnica y rentable de perder precisamente aquello que se decía venir a defender.

Sería injusto —además de cómodo— cargar toda la culpa al Gobierno, o a su discurso. La planilla no manda sola: la corean. La misma prensa que deplora el economicismo del Ejecutivo persigue, publica y encumbra la noticia del alza, del IPC, del punto de crecimiento, por sobre cualquier otra; y lo hace, seamos honestos, porque esa noticia se lee, se comenta y se comparte. El círculo es tan perfecto como vicioso: el Gobierno habla en el idioma que el país premia, el país premia el idioma que la prensa amplifica, y la prensa amplifica el idioma que el Gobierno habla. No se sabe dónde empieza ni dónde acaba, y todos —gobernantes, periodistas, lectores y quien firma estas líneas— cooperamos con notable diligencia en sostener una mirada ramplona, clavada en la urgencia material del mes. Es la única conspiración en la que nadie conspira y todos colaboran.

Pero que la culpa sea de todos no significa que sea de todos por igual. Quien tiene por oficio conducir al bien común no carga con la responsabilidad exclusiva, mas sí con una especialísima: la de no sumarse al coro, sino enmendarle el rumbo. Y aquí el reproche se vuelve, al fin, consejo de amigo. El Gobierno dispone de medios de sobra —la agenda, la vocería, el púlpito que regala el cargo, la simple decisión de a qué cosa ponerle luz— para mostrar, con el énfasis y la dignidad que de veras merecen, cuánto se hace y se quiere hacer en favor del matrimonio, de la familia, de la infancia, de la educación, de la cultura, de la ciencia. No como adornos pintorescos colgados del crecimiento, sino como lo que son: asuntos de importancia principalísima, fines y no decorado. Bastaría con tratarlos así —hablar de ellos como se habla del déficit: con urgencia, con cifras y con rostro— para empezar a levantar la mirada de un país entero. Y sería, de paso, la astucia mayor, porque un Gobierno que enseña a mirar más alto se vuelve, él mismo, más difícil de medir con la vara baja.

Que no se me malentienda. El sustento material de la ciudad no es un lujo ni una bajeza: es condición de posibilidad. Santo Tomás lo dice con todas sus letras: hace falta una suficiencia de bienes para que florezca la operación virtuosa. Un Estado quebrado difícilmente puede perseguir algún bien alto; sanear las cuentas es, en primer lugar, un acto de justicia. El reproche, pues, no cae sobre la importancia de Hacienda, sino sobre su primacía. No sobre el oficio del mayordomo, sino sobre el día en que el mayordomo se sienta a la cabecera y empieza, muy amablemente, a gobernar la casa.

Porque eso es, al cabo, un ministro de Hacienda: el mayordomo mayor de la república, el que cuida la despensa para que la familia pueda vivir. Oficio noble y necesario. Pero una casa donde sólo se habla de la despensa ha olvidado para qué quería comer. El pan es imprescindible; un Gobierno que sólo sabe hablar de pan ha perdido de vista la razón por la cual quería al pueblo alimentado.

A Quiroz, como persona, le deseo de veras el mejor de los éxitos: que ordene, que sincere, que pague. Pero hay una paradoja que conviene mirar de frente, y es que su éxito es, justamente, lo que más debiéramos temer. Un ministro de Hacienda que fracasa —cosa grave, sin duda— deja un desorden que otro podrá enmendar mañana. Uno que triunfa del todo —que cuadra cada celda, sincera cada cifra y ordena la despensa hasta el último gramo— bien podría entregarnos una república impecablemente contabilizada y, a la vez, en quiebra: en quiebra de aquello que ningún Excel sabe contar y que, por lo mismo, ningún PowerPoint echa de menos. Esa es la única bancarrota que se celebra con un superávit en la planilla y un déficit en el alma.

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3 Comments

  1. Es curioso lo expuesto por decir de alguna manera. Orden de las finanzas y desarrollo no son antónimo de familia, de integración, cultura, belleza, trascendencia. Estos mismos argumentos o similares se escucharon y plantearon desde epoca del Gobierno Militar, tratando de minar, enlodar y dividir. En los últimos 4 años no hubo orden de las finanzas ni desarrollo, tampoco hubo belleza, cultura decente ni menos trascendencia, era Sodoma y Gomorra, y no escuche ni leí reclamos. El Pdte Kast y sus partidos políticos de sustento creen en la trascendencia del hombre a la vida eterna, creen en la libertad, en la familia, en la cultura verdadera, en la ciencia y en la belleza, creen que la persona es el centro de todo esfuerzo, el Estado y todos sus recursos al servicio y protección de la persona.

  2. Leer la columna de Álvaro Ferrer me pareció un ejercicio súper interesante, sobre todo cuando toca el tema de cómo nos especializan las disciplinas. Dándole una vuelta, entiendo de una manera distinta el concepto de «estrechez». Estudiar una ciencia no te recorta el mundo, sino que te da unos anteojos distintos para ver la realidad. Un médico, un economista o un teólogo miran exactamente la misma realidad, pero la entienden según la forma en que fueron entrenados. No es que uno vea menos que el otro; al contrario, es una manera disciplinada y estructurada de abordar la complejidad de las cosas. Todas las miradas abarcan el todo, solo que enfocando y decodificando la información de manera distinta.

    Otro punto que me dejó pensando fue la analogía del final, donde se compara al ministro de Hacienda con un mayordomo. Me gusta la metáfora, pero siento que el orden lógico de las piezas es un poco distinto, empezando por el rol del presidente. Si lo miramos objetivamente, el verdadero «señor de la casa» es Chile, la nación completa. En ese esquema, el presidente vendría a ser el mayordomo principal, el servidor que lidera el trabajo en favor del país. El ministro de Hacienda, por lo tanto, es un integrante más de ese equipo, a quien se le delegó la tarea fundamental de mantener la despensa ordenada y las cuentas claras. Es un rol vital para que la casa funcione, pero siempre supeditado a un objetivo mayor.

    Por último, es innegable que hoy el debate público gira casi exclusivamente en torno a Hacienda, pero no podemos confundir la percepción mediática con la realidad completa. Que la prensa no hable de familia, ciencia, educación o cultura no significa que no se esté trabajando en ello. Las áreas de una nación avanzan de forma constante, paralela y silenciosa, independientemente de dónde pongamos la atención. El protagonismo de la economía responde a las urgencias del momento, pero hay que mantener la perspectiva y entender que el país sigue su curso en múltiples frentes de manera simultánea, más allá de los titulares del día.

    Daniel Reyes

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