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Cuando faltan apenas 80 días para las elecciones de medio término en Estados Unidos, todos los indicadores parecen apuntar a una mayoría casi segura para el Partido Demócrata en la Cámara de Representantes; y a una lucha algo más reñida en el Senado.

No sería, desde luego, una novedad que no tenga precedentes. Al contrario, es frecuente que estas elecciones, que renuevan la totalidad de los 435 miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los miembros del Senado, favorezcan al partido que está en la oposición. En este caso los republicanos tienen una mayoría de 218 miembros contra 214 demócratas y tres vacantes. Los senadores a elegir 35 de 100 y eso tiene más dificultad, porque la diferencia es de 53 a 47 y, además, en caso de empate, el Vicepresidente de los Estados Unidos tiene voto dirimente.

La mayor razón para el optimismo que hoy exhibe la oposición está en las cifras negativas de las encuestas sobre aprobación del Presidente Donald Trump. Los promedios de las encuestas nacionales en la última semana, todos desfavorables a su gestión, muestran una creciente caída de más de treinta puntos con respecto a su situación al momento del inicio del gobierno. En algunas de ellas, el promedio de aprobación del Presidente llega hasta un magro 35%; y cuando se examinan los distintos rubros incluidos en esa cifra, se observa que aspectos cruciales, como la conducción de la economía, la caída es aún mayor. La peor sorpresa ha sido, sin embargo, un estudio de Reuters, que incluye una pregunta sobre qué partido es más confiable en temas económicos; y por primera vez en diez años, el porcentaje de favor hacia el Partido Demócrata es superior al del Republicano.

En un agregado (Nate Silver) de las encuestas nacionales, Trump tiene una cifra neta de aprobación de -20,4; un 58% reprueban su rendimiento y un 38,1% lo aprueban. Este es un récord desde que Joe Biden tuvo un -15,4. Trump había mejorado en julio, llegando a un -16%, pero con la reanudación de la guerra en Irán volvió a bajar.

Los resultados de la más reciente encuesta de la Universidad Quinnipiac, que se ha especializado en estudios de este tema, muestran una aguda desilusión contra este conflicto revelando un fuerte escepticismo con su justificación y con la posibilidad de que termine pronto, como lo prometió Trump. Y los sucesivos anuncios de solución, seguidos de nuevos fracasos aumentan esa suspicacia. La gran mayoría cree que la guerra seguirá por mucho tiempo; y no entienden por qué se inició.

Las causas más fuertes del descontento ciudadano son la inflación, el desempleo y el precio de los combustibles, lo cual necesariamente se vincula con la guerra contra Irán, respecto de la cual la apreciación es negativa. La crítica a la guerra se debe especialmente a que los anuncios iniciales prometían una victoria rápida y contundente. Hoy seis de cada diez estadounidenses están en contra de la guerra con Irán. Pero ello no significa que fuera impopular desde el comienzo.

Las cifras de aprobación del Presidente son un dato importante para predecir el resultado de una elección. Pero esas cifras son más trascendentes, si se considera que el principal recurso que tiene el Partido Republicano para salir airoso del trance actual es precisamente Donald Trump. Los candidatos que tienen el apoyo del Presidente han logrado ganar las elecciones primarias o ser nominados sin competencia en un número abrumador de distritos. Los actuales incumbentes que buscan reelección, pero han mostrado oposición al Presidente han sido derrotados en la mayoría de los casos o han preferido dejar la política, a lo menos por ahora. Trump es el indiscutible propietario del Partido Republicano y lo seguirá siendo hasta el fin de su mandato, decidiendo también quién lo sucede, cómo continúa vigente y probablemente los postulantes en dos años más.

Para salir del difícil trance en que ahora se encuentra tiene hoy enormes recursos para competir, aunque en la recaudación de dinero ambos partidos han alcanzado una cantidad mayor de donaciones. Pero hay además dos recursos que puede usar: 1) las divisiones de los demócratas, entre progresistas y moderados, que ya han repercutido en competitivas elecciones primarias en varios estados, le permiten al Mandatario presentar una imagen de caos y desorden si los progresistas se apoderan del Congreso; y 2) el apoyo de la Corte Suprema de Justicia, que no ha vacilado en apoyarlo en todas sus decisiones sobre redistribución de los distritos y todavía podría ser usada para adoptar decisiones que impidan votar a un número no menor de electores.

Es cierto que la Corte declaró ilegal la política de aranceles con que comenzó el gobierno y se negó a cambiar la centenaria interpretación de la enmienda constitucional que confiere nacionalidad a todos los nacidos en territorio de Estados Unidos. Pero en todas sus demás resoluciones, especialmente aquellas relacionadas con la distribución de escaños, la Corte ha estado con el Presidente.

En un país en que menos de un 60% de la población vota en las elecciones y aún menos en las de medio término, los resultados de encuestas pueden no ser conclusivos. Por eso es que la mayor parte de las encuestas son complementadas con una pregunta acerca de la posibilidad de que el encuestado vaya a votar, si o no, o probablemente o poco probable. Pero también en este caso los resultados son invariablemente negativos. Los electores que habitualmente votan por los demócratas parecen más dispuestos a votar que los habituales republicanos.

Si se considera que ya en 2024 los Republicanos obtuvieron una mayoría muy pequeña en diputados, es razonable esperar que ese cuerpo legislativo obtenga mayoría opositora, lo cual es el pronóstico mayoritario de los expertos. Pero la posibilidad de ganar cuatro asientos en una elección senatorial es mucho menor, aunque no imposible. La mayor parte de los expertos la considera muy difícil, aunque no imposible dada la muy brusca caída de la aprobación al Presidente.

Si los demócratas obtienen mayoría en ambas cámaras, Trump no sólo tendría dificultades para gobernar, sino incluso para completar su mandato. Por eso, él debería partir sosteniendo acusaciones de fraude en general o en algunos estados específicos, a través de organismos nacional electoral, cuyos miembros acaba de designar. Si Trump enfrenta al Congreso y se niega a aceptar el resultado negativo, desde el primer día se levantarían voces para el “impeachement” (destitución), por esa misma causa o también por acusaciones presentadas en el mismo Congreso sobre bases como la violación de leyes, el enriquecimiento indebido, el abuso de sus facultades o la declaración de guerra a Irán, sin tener autoridad para ello.

Pero, aunque un proceso sería largo, la verdad es que desde el comienzo el Presidente encontraría grandes dificultades para gobernar, especialmente por la forma en que ha tratado a la oposición. Los puentes del entendimiento político están ya cortados y serían difíciles de reparar.

En cambio, si los republicanos consiguen retener la mayoría en el Senado, las consecuencias serían graves, pero no inhabilitantes. Seguramente en la Cámara se echarían a andar numerosas acusaciones, con poderes para investigar a la rama ejecutiva, revisión de gastos y violaciones a la ética por parte del mismo Presidente o sus funcionarios.

La Cámara también podría bloquear proyectos de ley, no sólo en su interior, sino provenientes del Senado, que en ningún caso podría insistir. Los habituales bloqueos de gastos públicos se multiplicarían, afectando el funcionamiento del gobierno. Hasta existiría la posibilidad de que en la Cámara se iniciaran medidas de procesamiento para un eventual “impeachment”, que sólo crearían conflictos políticos, porque cualquier medida puede ser detenida en el Senado, salvo casos muy extremos. Richard Nixon no se vio obligado a renunciar por la aprobación de los “artículos de acusación” de la Cámara, sino por la evidencia de que ellos serían aprobados en el Senado, por dos tercios de sus miembros. Ello parece hoy completamente imposible.

En suma, el panorama interno de Washington es muy negativo para el actual gobernante y los votantes demócratas parecen más decididos a darle una derrota de proporciones, pero aún Trump podría intentar nuevos hechos defensivos en el plano internacional, o intentar, con ordenes ejecutivas o con medidas judiciales, provocar un cambio en el escenario electoral. Todo ello, sin embargo, a costa de un mayor debilitamiento de la institucionalidad democrática de su país.

Ex Canciller y Ex Secretario General de OEA

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