Una mala receta no hace nunca una buena comida. Por más que el cocinero sea bueno, con malas instrucciones, el resultado es siempre malo.

Hay algunos que aún insisten en probar las malas recetas, con la idea que si ellos lo hacen, saldrá bien. Aún no entienden que el problema no son ellos, es la receta y que aunque se trate de los mejores cocineros y con todas las ganas, los resultado serán siempre malos. Eso es lo que ha sucedido con el socialismo en la historia. La propuesta es mala, es un sueño imposible, que jamás logra lo que promete. Se propone que todo se soluciona con repartir la torta que, para ellos es fija y constante. Asumen que quienes producen esa torta no reaccionarán ante las medidas confiscatorias desde los impuestos que ellos impulsan.

Lo cierto es que nadie trabaja por “bolitas de dulce” y si uno no va a ganar dinero, ¿para qué trabajar? Si el gobierno te quita gran parte, mejor trabajar menos y, por tanto, producir menos. La torta no es fija, por lo que, aumentar los impuestos siempre hace decrecer el tamaño de lo que se reparte, ya que quienes producen deciden no producir. Los pedazos son más chicos y no se reparte riqueza sino que a la larga, pobreza.

Irlanda es hoy un país pujante. Su PIB per cápita ha crecido enormemente superando en más del doble al Reino Unido e incluso a Suiza. De ser un país pobre, para el año 2000 logró equipararse al Reino Unido y hoy, ya lo supera con creces  ¿Qué han hecho? Básicamente, cambiar la receta.

Irlanda tiene una historia muy convulsa. De hecho, desde fines del siglo XVI tendrán guerras constantes. Primero las guerras en el marco de la Reforma,  entre las que se encuentran la rebelión de los señores del norte y la guerra civil inglesa, que golpeará fuertemente a Irlanda. Tras eso, la Guerra Williamite después de la Revolución Gloriosa que dejará de corolario dos Irlandas, la católica pobre y sin opciones y la ascendencia protestante pujante. Desde fines del siglo XIX el nacionalismo intentará levantar movimientos gaélicos independentistas que no funcionarán y que terminarán con la absorción del Parlamento irlandés en 1804. La hambruna de la década de 1840 que reducirá a la mitad la población a lo que sumarán los intentos de la joven Irlanda en 1848, los movimientos fenianos que por la vía violenta buscarán la Home Rule que nunca se logrará.

El siglo XX será tremendamente convulso. Primero la Rebelión de Semana Santa en 1916 a lo que sigue la Guerra por la Independencia, a la que se sigue la Guerra Civil, para terminar con la división del país en la República de Irlanda y el Ulster, Irlanda del Norte que quedará con el Reino Unido. La República iniciará con su segundo Presidente Eamon de Valera quien optará por la vía socialista. Irlanda no levantará cabeza. Seguirá siendo endémicamente pobre. El país estaba devastado con la convulsa historia y las propuestas solo lograban hundirlo. Pero esto cambió desde los 90.

La baja de impuestos atrajo inversiones, lo que convirtió a la isla Esmeralda en un lugar atractivo para instalar compañías. Esto a su vez trajo inversiones y personas que buscaban mejor pasar. El ser parte de la Unión Europea ayudó a canalizar la mano de obra y las fuerzas creadoras. La desregularización y la libertad dio frutos que hoy se ven  de un modo impresionante. Hace unos años uno iba a Irlanda y sentía que era un país más pobre, los precios lo reflejaban. Hoy es un país pujante en el que las grúas de construcción dejan evidencia que esta receta sí da frutos. Es la receta de la libertad y de los bajos impuestos, esa que los cocineros socialistas no son capaces de ver.

Las malas recetas no dan resultados y las buenas, dejan claro cómo cambian las vidas para bien. Es difícil entender frente a tanta evidencia histórica por qué hay algunos que quieren seguir copiando esas malas recetas. Probablemente es porque ellos, los que las promueven se benefician de ellas. Pero la gran mayoría queda marginada del bienestar. Definitivamente más allá de lo que prometen, el socialismo reparte pobreza y no riqueza, pregunte a los irlandeses que hoy, están felices.

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2 Comments

  1. El Gobierno Militar aplicó una buena receta: estableció un sistema de economía social de mercado y puso en práctica el principio de subsidiariedad, lo que hizo posible el despegue económico de Chile al circunscribir al Estado a sus funciones propias —dejando de ser empresario e interventor— lo que permitió la liberación de la fuerza de los privados que había estado reprimida por el dirigismo y la hipertrofia del Estado y despertó el espíritu empresarial de los chilenos.
    Tal tarea se llevó a cabo con pleno éxito, mediante un proceso político que rescató a Chile de sus cenizas y lo llevó a un destacado sitial dentro del concierto de las naciones hispanoamericanas, entregando a las nuevas autoridades civiles en 1990 un país en pleno auge, cuyo estado floreciente nadie discutía.
    Luego, a contar del 11 de marzo de 1990, con “el regreso de la democracia” —que, junto con la economía, fue rescatada por el Gobierno Militar— Chile siguió creciendo, gracias a la inercia que traía y a que los gobernantes de turno mantuvieron la receta sin grandes modificaciones. Lamentablemente, después de algunos años, nuestra patria comenzó su decrecimiento; y en forma acelerada a partir del segundo mandato de la presidente Bachelet porque, con el Partido Comunista en su gobierno, cambió la receta; lo que fue una de las principales causas de la asonada revolucionaria de octubre del año 2019.
    Esta columna de Magdalena Merbilháa sobre las malas recetas me hizo recordar unos versos que todavía me estremecen:

    Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
    el pueblo al aplaudirlo le decía:
    “eres el más gracioso de la tierra,
    y el más feliz…”.
    Y el cómico reía

    Víctimas del spleen, los altos lores
    en sus noches más negras y pesadas,
    iban a ver al rey de los actores,
    y cambiaban su spleen en carcajadas.

    Una vez, ante un médico famoso,
    llegóse un hombre de mirar sombrío:
    —Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso
    como esta palidez del rostro mío.

    Nada me causa encanto ni atractivo:
    no me importan mi nombre ni mi suerte;
    en un eterno spleen muriendo vivo,
    y es mi única pasión la de la muerte.

    -Viajad y os distraeréis.

    -¡Tanto he viajado!

    -Las lecturas buscad.

    -¡Tanto he leído!

    -Que os ame una mujer.

    -¡Si soy amado!

    -Un título adquirid.

    -¡Noble he nacido!

    -¿Pobre seréis quizá?

    -Tengo riquezas.

    -¿De lisonjas gustáis?

    -¡Tantas escucho!

    -¿Qué tenéis de familia?

    -Mis tristezas.

    -¿Váis a los cementerios?

    -Mucho… mucho…

    -De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?

    -Si, mas no dejo que me impongan yugos:
    yo les llamo a los muertos mis amigos;
    y les llamo a los vivos, mis verdugos.

    -Me deja —agrega el médico— perplejo
    vuestro mal, y no debo acobardaros;
    tomad hoy por receta este consejo:
    “sólo viendo a Garrik podréis curaos”.

    -¿A Garrik?

    -Sí, a Garrik… La más remisa
    y austera sociedad le busca ansiosa:
    todo aquél que lo ve muere de risa;
    ¡tiene una gracia artística asombrosa!

    -¿Y a mí me hará reír?

    -¡Ah! sí, os lo juro;
    él sí, nada más él; mas… ¿qué os inquieta?

    -Así —dijo el enfermo—, no me curo;
    ¡Yo soy Garrik!… Cambiadme la receta.

    Adolfo Paúl Latorre
    Abogado
    Magíster en ciencia política

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