Progresista es una palabra que escuchamos mucho para hacer referencia de quien no es conservador. Ciertamente es un término que nace en los albores de la Revolución Francesa en la que el ex marques de Condorcet, entonces “ciudadano” Condorcet manifestó su creencia en el “progreso indefinido”. Para él todo lo que venía en el futuro debía ser mejor que el pasado. Era 1789 y, los cambios que atisbaba la incipiente revolución industrial, auguraban un mundo mejor. Pero la revolución de la que Condorcet fue parte no fue sólo un avance, sino también implicó un gran retroceso. Ciertamente se avanzó en la igualdad ante la ley, pero el costo de esa democratización fueron miles de vidas humanas y en ese proceso no imperó la igualdad, ni la libertad y menos la fraternidad.
El término viene también de la filosofía que, tras abandonar la posibilidad del absoluto con Immanuel Kant y, teniendo claro que la verdad puede que exista, pero no se puede alcanzar, buscó sustitutos a ésta. “Ideas” que había que convertir en absolutos, “dioses”, desde donde construir un pensamiento. Nace el “idealismo”, que busca construir un pensamiento desde una idea que es la matriz y el centro de su pensamiento. Con esto nace “la ideología”, que pretende hacer ciencia, construir y explicar la realidad en torno a una idea que ya no es la Verdad. Los idealistas son diversos, pero tienen en común que todos son dialécticos y consideran que la realidad se construye hacia el futuro y que este es mejor que el pasado. Son progresistas.
A esto se suman los cambios vividos en el siglo XIX que inventan el mundo moderno. Sin duda, esas generaciones sentían y veían que vivían mejor que sus padres e infinitamente mejor que sus abuelos. Para ellos que nacieron con velas y gas, la luz eléctrica transformó sus vidas y creer en el progreso indefinido era la tónica de ese tiempo. El mundo se achicó, se interconectó y nació la sociedad de consumo llena de abundancia. La idea que la humanidad avanzaba a la felicidad perpetua era lo que abundaba en los discursos de importantes intelectuales decimonónicos. La segunda mitad del siglo XIX vio ascender al marxismo, una verdadera religión de sustitución que, en vez de prometer el paraíso en el otro mundo tras la muerte, lo prometía en esta vida desde lo material. Marx era un idealista, pero materialista. Para él su “dios”, su idea desde donde se construye una filosofía, es la economía. Él mide todo en términos materiales hasta la dignidad. Considera que su socialismo es científico, por tanto, inexorable, es decir sucederá, ya que es la fase siguiente del capitalismo que está condenado a perecer por la ley de la plusvalía. Su posición fue ir en contra de la Iglesia igual que los jacobinos franceses, pero fueron más allá, en contra de todo lo conservador, simplemente por contraposición y necesidad de refundación. Se intentó instalar que un conservador es algo así como “un frasco de naftalina”, añejo, algo indeseable que hay que superar. Lo cierto es que los conservadores siempre han sido altamente revolucionarios, han buscado cambiar muchas cosas, pero tienen claro que no todo puede ni debe cambiar. Por eso, así como saben qué es lo que quieren cambiar, saben también qué quieren conservar y por qué quieren conservarlo. Una nación, sociedad o persona que quiere mantener una identidad nunca puede pretender cambiar todo. La esencia no se puede cambiar, porque entonces, se deja de ser quien se es. Los progresistas arremetieron con fuerza contra los conservadores y se autodenominaron “el antídoto”. Muchos de los avances que proponían en muchos aspectos éticos eran retrocesos. Pero supieron rotular la historia y crear el relato de la bondad y la hermandad. Ellos eran “las buenas personas” y el conservador, el malo.
Pero llegaron las guerras mundiales que demostraron que no todo en el futuro eran avances, sino que había retrocesos y podían ser monumentales. Los totalitarismos buscaron anular al individuo desde el Estado y ese germen que demostró ser tan perverso, aún sigue existiendo y los llamados progresistas lo siguen defendiendo.
El discurso marxista es lo que prima en ellos. Movidos por la envidia, que produce tristeza en el alma el bien ajeno, odian a los ricos. Desde esa postura nace la idea de la lucha de clases. Lo cierto es que en la historia los marxistas llamaron a la revolución en nombre de los desposeídos y no hicieron más que cambiar una élite por otra. Hablan hoy de “justicia social”, sin comprender que el término es, al menos, confuso. La justicia es darle a cada uno lo que es de propio suyo. No es darles a todos lo mismo. Por otra parte, la sociedad es un constructo intelectual compuesto por todos quienes la componen, pero que se supone va más allá de sus miembros. Pasa a ser una entidad casi sacra. Siendo ese constructo el término justicia per se es inaplicable. Se usa el término como un modo de justificar otra cosa, abiertamente el “robo”. En nombre de la “justicia social” se les quita a quienes producen para dárselo supuestamente a los improductivos, lo cierto es que ese dinero sirve para enriquecer a las “nuevas élites”, que han logrado ascender.
Por tanto, los progresistas son quienes buscan su propio progreso desde el trabajo de otros. Son quienes creen en resabios de la esclavitud, ya que desde el sistema impositivo las personas trabajan tres meses gratis para el Estado. Los progresistas son siempre generosos, ya que ellos no producen el dinero, simplemente lo gastan. No les preocupa que se despilfarre, ya que siempre pueden sacarle más a los productivos. Es entonces, al subir más allá de lo prudente y ciertamente más allá de los justo los impuestos, cuando ese frágil equilibrio en el que los ciudadanos están dispuestos a pagar impuestos para suplir las carencias de otros se quiebra. Los progresistas gastan más de lo que reciben y destruyen la riqueza de los países y reparten miseria a los habitantes. Igualdad en la miseria, menos para las cúpulas de los partidos progresistas.
Vemos el ejemplo de Venezuela, alguna vez un país rico que ofrecía oportunidades a muchos, a una miseria que sólo enriqueció a sus cúpulas. Para qué decir el paraíso por los progresistas admirado, Cuba, donde el sueldo mínimo es escuálido y la vida de sus habitantes una miseria. Pero las cúpulas progresistas encontraron su progreso material. Ser progresista es una contradicción en sí misma. Buscan su bienestar y no la de los países en las que actúan y promueven muchas veces ideas reñidas con el bien y la verdad, lo que nunca es un progreso, sino un retroceso.

Muy claro …. Excelente explicación ….
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