Este sábado 26 y domingo 27 de octubre se están desarrollando las elecciones múltiples previstas para este 2024: para gobernador regional, Cores, alcaldes y concejales. El contexto en el cual se realizan estos comicios es de una enorme complejidad política y social, como muestran el caso Monsalve-Boric, la crisis de seguridad y la violencia repetida, que ha tenido un hito dramático en los sucesos del Internado Nacional Barros Arana.
Con todo, las elecciones aparecen como el momento democrático por excelencia, incluso como una posibilidad de cambiar el curso de las cosas, aunque sea solo de manera parcial y de carácter local. En estos días son los ciudadanos quienes tienen la posibilidad de hablar, a través de su voto, manifestando sus preferencias, eligiendo a sus autoridades, promoviendo a determinados partidos o –como se supone– quizá mostrando su hastío o protesta a través del voto blanco o el nulo.
¿Qué se juega en estas elecciones? Varias cosas, que conviene tener a la vista.
El primer tema, como ocurre con todas las elecciones de “medio período”, es que se trata de una evaluación del gobierno, de un verdadero plebiscito. De esta manera, sea por cantidad de gobernadores, por la población gobernada por ellos o los alcaldes, por porcentaje de concejales y Cores, se trata de una medición entre gobierno y oposición. Por eso celebró la Unidad Popular en las elecciones municipales de 1971 o lo han lamentado diferentes sectores políticos en las últimas dos décadas. Por cierto, hay algunas distorsiones al respecto, principalmente representada por los independientes, que no siempre es posible identificar en alguna de las posturas más evidentes.
La segunda medición es clara: el porcentaje que obtenga cada partido o coalición a nivel de concejales. Es la forma que existe –junto con las elecciones de diputados– para medir cuál es el partido más grande de Chile, el que tiene más apoyo popular. Eso es evidente: es una competencia nacional, no como ocurre en gobernadores y alcaldes, donde muchos no participan en elecciones de alcaldes o gobernadores, por ejemplo. Esta medición fue la forma mediante la cual la Democracia Cristiana se convirtió en la principal fuerza política del país en 1963, en unas elecciones municipales, primacía que ostentó hasta el 2001, cuando la Unión Demócrata Independiente alcanzó la primera posición en unas elecciones parlamentarias. Este fin de semana, como se ha dicho, Republicanos podría consolidarse como el partido más votado de Chile (ya lo fue en la elección para el Consejo constituyente, pero no se puede comparar con otros comicios, por lo cual no sirve como instrumento de comparación).
La tercera medición se da en las elecciones de gobernadores, que seguramente no terminarán este domingo. Se podrían analizar por la cantidad de regiones que gane cada sector político, coalición o partido; también las personas que serán “gobernadas” o bien los montos de los cuales dispondrán. Como es obvio, en estos comicios deberían aumentar las representaciones de la oposición, considerando que en las pasadas elecciones las derechas solo obtuvieron un gobernador regional. Como habrá muchos casos en que habrá segunda vuelta, el 24 de noviembre próximo habrá una nueva medición y, por ende, un nuevo “plebiscito” al gobierno.
La cuarta definición importante se refleja en los resultados de las elecciones de alcaldes. En esto cobran importancia tanto quienes resultarán elegidos como el número de comunas que administrará cada sector y la cantidad de personas que serán gobernadas por cada grupo, sector o partidos. A esto se suma una segunda dimensión: las llamadas comunas emblemáticas, o donde existe una competencia más estrecha y políticamente más atractiva. Es el caso de Santiago, Ñuñoa, Valparaíso y Viña del Mar, aunque también podría serlo de Concepción, si bien esta última ciudad tiene una historia propia. En efecto, Concepción era una comuna donde el triunfo de la oposición estaba casi garantizado, pero podría producirse el llamado efecto Catapilco, por la división en las derechas.
La quinta definición es de carácter más general, y se refiere a la participación electoral, en dos sentidos. Como es obvio, resulta relevante cuántas personas irán a votar en unos comicios con voto obligatorio; también es importante conocer la cantidad y porcentaje de votos blancos y nulos. En un momento de desprestigio de la política, hastío por las repeticiones de convocatoria a las urnas o sensación de disconformidad o malestar ciudadano, podría haber un crecimiento importante al respecto (similar a lo que se pudo observar en las elecciones parlamentarias de 1997). Los dos criterios mencionados serán una forma de analizar la situación actual de la democracia en Chile.
El sexto tema importante de analizar está relacionado con la consolidación de ciertas figuras políticas, que podrían dar un batatazo o mostrar un resultado de consecuencias más amplias. Así ocurre con el alcalde Vodanovic en Maipú, cuya victoria y su anunciada votación (que podría acercarse al 70%) podría catapultarlo como una figura a nivel nacional; igual cosa con un triunfo de Daniel Reyes en La Florida, que fortalecería una precandidatura presidencial de Rodolfo Carter, actual alcalde de la comuna. Por diferentes razones, hay algunas figuras que exceden el ámbito local, por lo cual sus resultados tienen un impacto mayor: son los casos de Marcela Cubillos Sigall en Las Condes, Sebastián Sichel en Ñuñoa, Mario Desbordes en Santiago, Iván Poduje en Viña del Mar y Karla Rubilar en Puente Alto. Como es obvio, puede haber otros casos. En las izquierdas me parece relevante el resultado que pueda obtener Claudio Orrego para la gobernación metropolitana, que hace algún tiempo parecía carrera corrida, pero que se ha puesto más competitiva, frente a la postulación de Macarena Santelices y la irrupción de Francisco Orrego. Sin perjuicio de ello, una victoria del actual gobernador por un 50%, por ende en primera vuelta, podría implicar un nuevo posicionamiento como precandidato presidencial, esta vez con votos de izquierdas.
Muchas veces los análisis electorales hacen perder de vista el tema central. Las elecciones son una gran oportunidad para definir autoridades y, eventualmente, contribuir a mejorar la calidad de vida de la población. Esta dimensión queda oscurecida en medio de las promesas, las listas de candidatos y el resultado electoral. Es necesario que, a partir de los resultados, aparezcan autoridades capaces de administrar bien los recursos, cerrar el paso a la corrupción, disminuir las contrataciones y destinar esos recursos a quienes más lo requieren, procurar efectivamente mejores condiciones de seguridad (como han prometido) y dar paso a mejores regiones y comunas.
Si todo lo anterior es importante, menos relevancia tienen las declaraciones de los dirigentes partidistas, la mayoría de los cuales seguramente sostendrá que ganaron los comicios por la razón que sea. Como es obvio, no todos pueden ganar, aunque sí pueden administrar los resultados, argumentando algún resultado parcial o una comparación interesada. En parte, porque deben cuidar el efecto de la noche electoral, del conteo de votos, las caras largas y los análisis repetidos hasta la saciedad. Pero también porque estas elecciones tienen una evidente dimensión presidencial, como anticipo para el 2025, de manera que es preciso evaluar la proyección que podrían tener estos comicios para la elección presidencial de noviembre de 2025. No obstante, esto no siempre es así: en las elecciones municipales de 2021 hubo un claro triunfo de Chile Vamos en las derechas y de Unidad Constituyente en las izquierdas, una especie de ex Concertación. Así fue tanto en alcaldes como en concejales: sin embargo, en la elección presidencial pasaron a segunda vuelta Gabriel Boric y José Antonio Kast, mientras los candidatos de las fuerzas municipales victoriosas quedaron en el camino.
Evelyn Matthei es la figura mejor evaluada del país, por lo cual un triunfo amplio de Chile Vamos fortalecería su opción: en este sentido, se puede comparar el último resultado de la coalición en la elección municipal de 2021, cuando logró el 29, 97% de los votos en concejales y 26,01% en alcaldes, unos ocho puntos menos que lo obtenido en 2012 y 2016 en las mismas elecciones. El caso de Republicanos es distinto, porque solo compitió en muy pocas comunas en esa ocasión, logrando 3,09% de los sufragios, cifra que claramente crecerá: dependiendo del resultado, podría potenciar nuevamente a José Antonio Kast. En la izquierda los grandes ganadores –en un momento de falta de liderazgos presidenciales– podrían ser los mencionados Tomás Vodanovic y Claudio Orrego.
Como se puede apreciar, los temas son muchos y variados. Este fin de semana se termina un proceso y se contarán los votos, momento culminante del proceso democrático en curso. Los análisis y las encuestas posteriores mostrarán algunos cambios y otras continuidades de la política chilena. Que nada de ello haga olvidar la nueva cuestión social que ataca a Chile y la necesidad de enfrentar con fuerza e inteligencia, pero sobre todo con resultados, ciertos males que requieren solución urgente: la delincuencia desatada, la falta de viviendas, la mediocridad de los resultados educacionales (especialmente en la enseñanza básica y media), las crecientes listas de espera en salud y la crisis institucional que azota al país, así como tantos otros temas que impiden una mejor calidad de vida y dejan demasiadas dudas en el camino.

Excelente
Comparto la opinión del columnista: “En las izquierdas me parece relevante el resultado que pueda obtener Claudio Orrego para la gobernación metropolitana”, puesto que la Democracia Cristiana es un partido de izquierda y no, como se acostumbra decir: que es un partido de centro.
En efecto, dicho partido siempre ha sido de izquierda, como lo declaró Radomiro Tomic: “ser democratacristiano hoy como ayer, significa pertenecer a un partido que siempre ha sido de izquierda, porque nació siendo partidario del cambio de las viejas estructuras institucionales minoritarias y de la substitución del agotado orden capitalista y neocapitalista, y así sigue siéndolo”.
Plinio Correa de Oliveira, por otra parte, en el prefacio de “FREI, el Kerensky chileno” —libro que fue censurado por el gobierno y prohibida su circulación—: “La Democracia Cristiana es por todas partes más o menos la misma. Sus bases son sanas pero políticamente ingenuas. Sus cúpulas son ambiguas… la influencia dominante en ellas es de los izquierdistas… una Democracia Cristiana que no es sino otra cosa que un dispositivo ideológico político apropiado para arrastrar hacia la extrema izquierda a derechistas y, principalmente, a centristas incautos”.
La única ocasión en que dicho partido se inclinó hacia la derecha —especialmente sus líderes Eduardo Frei y Patricio Aylwin— fue durante los meses previos a la intervención militar de 1973; una operación discurrida por militares pero que, en lo político, estuvo principalmente ligada a la Democracia Cristiana.
Adolfo Paúl Latorre
Abogado
Magíster en ciencia política
Reafirma lo antedicho la posición que adoptó ese partido a favor de la propuesta de nueva Constitución redactada por la Convención Constitucional, que buscaba refundar a Chile; que era, prácticamente, el programa de gobierno del presidente Boric; que descuajeringaba el orden institucional de la República; que propugnaba un estatismo y favorecía un régimen de gobierno totalitario; y que destruía a la nación chilena.
Adolfo Paúl Latorre