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Mientras escribo estas líneas, un jurado delibera en Massachusetts, EE.UU., sobre la responsabilidad penal de Lindsay Clancy, una enfermera y madre de tres niños pequeños, acusada de haberles dado muerte en enero de 2023 y de intentar luego quitarse la vida. Tras varias semanas de juicio, un jurado deberá decidir si Clancy era criminalmente responsable de sus actos y, de serlo, bajo cuál de los delitos que el juez dejó a su consideración.

No es esa la pregunta que quisiera abordar aquí. Cualquiera sea el veredicto, las semanas de testimonios permitieron conocer con extraordinario detalle la trayectoria asistencial de una mujer que, durante los meses anteriores a la tragedia, buscó ayuda reiteradamente por un sufrimiento psíquico creciente. Esta historia plantea preguntas que la medicina debe formularse sin necesidad de juzgar a quienes la atendieron.

Clancy no estuvo abandonada por el sistema. Consultó a distintos profesionales, recibió diversos medicamentos y estuvo hospitalizada voluntariamente en una institución psiquiátrica. Sin embargo, el juicio fue mostrando algo diferente y más inquietante: los tratantes parecían conocer distintas partes de su historia. No todos tuvieron acceso a los registros de quienes la habían atendido previamente y coexistieron apreciaciones diagnósticas diferentes. La pregunta no es cuál de ellos tenía razón, sino quién podía reconstruir la trayectoria completa de una paciente cuya condición iba cambiando en el tiempo. Su historia recuerda, además, que pesquisar es insuficiente: detectar que una persona necesita ayuda es apenas el comienzo del cuidado.

Este problema trasciende ampliamente el caso. La creciente especialización de la medicina permite ofrecer cuidados que antes eran impensables, pero aumenta también el riesgo de fragmentarlos. Una persona puede ser atendida por muchos profesionales y, paradójicamente, no tener a ninguno que conserve una mirada integral sobre ella. Esto adquiere especial relevancia en salud mental, donde muchas veces no existe un examen de laboratorio o una imagen que confirme un diagnóstico y la evolución longitudinal constituye en sí misma información clínica.

Por eso la interoperabilidad de las fichas clínicas, en la que Chile ha comenzado a avanzar, resulta indispensable, pero no suficiente. Que la información pueda viajar entre instituciones no significa que alguien la integre. Y tampoco basta con disponer de registros si estos no permiten comprender qué ocurrió. Los campos predeterminados de una ficha electrónica facilitan el registro, pero pueden también reducir a categorías rígidas aquello que clínicamente admite matices.

Durante el juicio apareció repetidamente una distinción elemental, pero decisiva: qué dijo la paciente, qué observó directamente el profesional, qué fue referido por un tercero y qué correspondió a una interpretación clínica. Una ficha acuciosa no solo permite al tratante recordar lo que encontró meses atrás; permite que otro profesional, que quizás nunca ha visto a ese paciente, pueda reconstruir razonablemente su historia. Y todo esto requiere de tiempo.

También quedó expuesta una pregunta sobre los límites de la atención a distancia. Clancy recibió buena parte de su atención psiquiátrica mediante telemedicina. Esta modalidad ha ampliado enormemente el acceso y sería absurdo desconocer sus beneficios. Pero no todas las consultas ni todos los momentos de una enfermedad son equivalentes. Este caso invita a preguntarse cuándo la telemedicina deja de ser suficiente.

Hay todavía otra enseñanza, menos relacionada con la organización del sistema que con el sentido mismo de cuidar. Durante el proceso se han debido exhibir antecedentes extraordinariamente íntimos de Clancy y de su familia. En distintos momentos, tanto el tribunal como quienes intervienen en él han debido establecer límites para proteger espacios de privacidad. La dignidad no desaparece cuando una persona es acusada de actos que producen horror. En medicina reconocemos que el respeto a la intimidad, al cuerpo y a la confidencialidad no constituye un premio a la virtud, sino una obligación hacia toda persona.

No sabemos si una atención diferente habría evitado la tragedia, y sería irresponsable afirmarlo. Preguntarnos qué podemos aprender de su trayectoria asistencial no significa buscar nuevos culpables. Significa preguntarnos cómo lograr cuidados menos fragmentados, mejores registros, mayor continuidad y una mirada capaz de reconocer al paciente completo detrás de cada consulta.

Nada de ello devolverá la vida a Cora, Dawson y Callan, ni podrá reparar el sufrimiento de Lindsay Clancy y de quienes sobreviven a esta tragedia. Pero quizás permita que una historia que ha mostrado lo peor que puede ocurrir nos ayude también a cuidar mejor a quienes vendrán después.

Docente-Investigadora en Bioética, Universidad del Desarrollo

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1 Comment

  1. Si el cuidado de sus hijos superaron a Lindsay Clancy, ella siempre tuvo la opción de irse de su casa y de abandonarlos. Pero decidió asesinarlos. Durante el juicio nunca a demostrado arrepentimiento ni pena por lo que hizo. Solo le importa lo que a ella le sucede. Es de una frialdad escalofriante.

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