Hasta la década de 1960, todo iba bien en Suecia. Un alto nivel de vida, trabajos bien remunerados, progreso y capacidad de ahorro. Pero había «un problema»: las estructuras familiares eran «tan anticuadas», que hacían muy difícil ser feliz, ya que las personas dependían de otros y no podían ser totalmente libres para hacer lo que quisieran.
A principios de los 70, se diseña un sistema que tiene el «noble objetivo» de solucionar este grave problema y liberar por fin al individuo de la dependencia de otros –entendiéndose el otro como familia, pareja o la misma comunidad–. Así, las relaciones serían absolutamente voluntarias, primando el afecto por sobre el interés económico o el compromiso social y cada uno podría ser autónomo en cada área de su vida.
Tras casi 60 años de aplicado este sistema, la sociedad sueca pareciera un paraíso: paisajes idílicos, economía rampante, tecnología de punta, altísimos estándares de salud, educación y derechos laborales, desarrollo personal, profesional y académico con real igualdad de oportunidades y altos salarios. Casi un mundo ideal. Con la única diferencia de que en el mundo ideal sí se concibe que alguien te visite al menos un par de veces al mes en tu vejez. O que por lo menos reclamen tu cuerpo al morir.
Actualmente, un 42% de los hogares en Suecia son unipersonales, es decir viven solos sin hijos, cifra entregada por la Oficina Central de Estadísticas de Suecia (SCB). Las parejas normalmente se unen mediante el concepto de sambo, que es la cohabitación voluntaria sin matrimonio. Los ancianos no dependen del cuidado de sus descendientes gracias a las pensiones y un robusto sistema de asistencia domiciliaria (Hemtjänst) o residencias pagadas por el Estado. Las mujeres tienen derecho por ley a solicitar kits de inseminación artificial, gratuitos o subvencionados por la salud pública y las que quieren evitar las listas de espera, recurren a macro bancos internacionales de donantes anónimos. Según la Agencia de Salud Pública (Folkhälsomyndigheten), más del 70% de los mayores de 85 años viven solos. Los Estudios de Gerontología y Salud de las Universidades del Sur de Suecia (como la Universidad de Lund), en cruce con las encuestas nacionales de condiciones de vida, muestran que un 53% de hombres y un 77% de mujeres declaran sentir una “profunda soledad no deseada”. ¿La guinda de la torta? Que según el Registro Paliativo Sueco (Svenska Palliativregistret) y coberturas especiales de la Televisión Pública de Suecia (SVT), hasta el 20% de ancianos, es decir 1 de cada 5, muere absolutamente solo en las residencias o alojamientos especiales del Estado y cientos de personas permanecen muertas más de un mes en sus departamentos antes de ser descubiertas, ya que nadie les echa de menos. ¿Un funeral? De eso ni hablar. ¿Quién lo haría?
Ante este alarmante escenario, la agencia tributaria denominada Skatteverket (que gestiona el censo, los nacimientos, los matrimonios y las defunciones), inició investigaciones para encontrar familiares de estas personas y descubrieron que la mayoría vivía a escasas cuadras, pero habían roto el contacto décadas atrás debido a la arraigada cultura de “no interferencia”.
Veamos lo bueno: El sistema funcionó. Nadie depende de nadie. Se liberó al individuo de la familia, la pareja y la comunidad, tal como se prometió. Bien por los ideólogos del sistema, pero mal por los suecos, pues el problema es, precisamente, que se cumplió el objetivo del experimento. Porque el ser humano es de naturaleza gregaria – su cordura, supervivencia y desarrollo dependen del tejido social– y el modelo sueco logró cubrir la necesidad material del grupo, pero no logró separar a la persona de esa naturaleza. No existe ningún paraíso material que reclame tu cuerpo al morir y luego le cuente tu historia a los nietos o comparta las fotos de los cumpleaños. Eso lo hace la familia, nadie más. Y el costo de la soledad, en Suecia, se paga solo. Literalmente.

Excelente. Datos son contundentes y aterradores, hasta dónde llega la soberbia y la estupidez humana.