La situación de seguridad en México se está haciendo insostenible. El poder político se encuentra sometido a presiones crecientes, como pocas veces vistas en la historia política reciente del país. No son simples fricciones entre ministros o turbulencias intrapartidarias.
Por un lado, han irrumpido presiones externas tremendas, como la ejercida por la administración Trump (inmersa en una relación bilateral históricamente tensionada) y, por otro, crecen las internas, provenientes del verdadero hombre fuerte del régimen, Andrés Manuel López Obrador, quien observa atónito cómo su obra terrenal se desmorona.
Estos dos tipos de presiones los recorre, ya fuera de control, un fantasma llamado proliferación de narcoestados.
Escrito en plural. México se ha convertido en un verdadero archipiélago. Islas de diverso tamaño. Islitas, islotes y peñones, convertidas en espacios grises y opacos, producto de la instalación en ellas de grupos criminales de la más variada naturaleza operando con total impunidad.
Las cifras generales son pavorosas. Cerca de 95 asesinatos diarios. Y como no estamos hablando de cantones suizos, las estadísticas deben ser tomadas con escepticismo.
El gobierno del expresidente Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), por ejemplo, cerró con más de 200 mil homicidios. Algunos centros de estudios estiman que hubo aproximadamente sesenta mil asesinados por año. El número de desaparecidos es igualmente horrendo. Se ignoran cifras exactas, pero nadie rebate que cada año suman varios miles.
AMLO, cuyo lema ante el narco fue “abrazos y no balazos”, encabezó el sexenio más sangriento en la historia reciente de México. Su delfín político, la Presidenta C. Sheinbaum, quien asumió en octubre de 2024, pese a carecer de la gravitas necesaria para afrontar situaciones complejas, se encuentra apesadumbrada. Sus seguidores sostienen que las cifras de asesinados podría controlarse, y alguna razón tienen. El día que ella tomó el poder -el 1 de octubre del 2024- se registraron sólo 80 muertes violentas.
Más allá de tales discusiones bizantinas, la inoperancia del gobierno es evidente. Cunde la desesperación y grupos ciudadanos ya no ocultan su deseo de alguna intervención extranjera. Ante un horizonte de tal naturaleza cabe preguntarse si el país entero no pasó a integrar la larga lista de estados fallidos.
Es harto probable que así sea, aunque quizás no como un todo. No es fácil conjeturar respuestas categóricas respecto a un país como México, tan grande, tan complejo y tan positivamente instalado en el imaginario colectivo de muchas sociedades en el mundo y durante tantas décadas.
Sin embargo, nadie podría contradecir que ahora se divisa ahí un archipiélago de violencia criminal donde todo es posible. El dominio sobre vastas zonas del país lo ejercen esos grupos con nombres tan curiosos como Los Ardillos, Jalisco Nueva Generación, Los Tlacos, Los Zetas, La Familia Michoacana, los Zucaritas, dirigidos por personajes de vida surrealista y con apodos igualmente estrambóticos. El Mataamigos, el Policharro, el Robachivas, Tony Tormenta, el Güero Taco, la Tigra, la Barbie, el Caramuela y así una lista interminable. Todos, personajes que han cruzado fronteras físicas e imaginarias. Nuevos ídolos que están creando una cultura ad hoc; con narcocorridos, modas, dialecto propio y excentricidades sensibleras del más variado tipo.
Numerosos son los antecedentes que apuntan a una enrevesada combinación de corruptelas en diversos niveles del Estado con pulsiones sangrientas en las cavidades más profundas de la sociedad y la existencia de mercados globales, como la clave explicativa de este sombrío panorama.
Tal descalabro ha generado un desfonde en la natural circulación inter-élites, que daba sustento al régimen emanado de la revolución mexicana y arropada en una fuerte narrativa. Todo ha sido sustituido por un populismo desbocado, al alero de un relato difuso, llamado 4 T (Cuatro Transformaciones).
Leitmotiv de ese nuevo relato es, empero, la mantención en el poder al precio que sea. El crimen organizado identificó rápido tal motivación y fue construyendo sus propios entramados políticos y sociales. Diversificó su penetración. Tráfico de armas, siembra, fabricación y tránsito de estupefacientes, trata de personas especialmente para el comercio sexual, laboral o bien para el tráfico de órganos y, finalmente, la creación de redes financieras para el blanqueo de capitales. La vieja estabilidad nacional se desplomó. Su reemplazo fue por una especie de pax mafiosa.
El gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha es el epítome de esta evolución. El Departamento de Justicia de EE.UU., por primera vez en la historia, presentó acusaciones criminales contra un gobernador. Paralelamente, hizo lo mismo contra el senador en ejercicio, Enrique Inzunza, el gran operador político de Rocha. Ambos, verdaderos emblemas de Morena; íntimos de AMLO.
Cuesta entender la debacle de Sinaloa sin su protagonismo. Han surgido allí estructuras bien cinceladas y sobre una base piramidal. Ante eso, la administración Trump tiene dudas razonables de que las investigaciones deriven en cualquier cosa. Nunca se logra dar con esa delgada tela que separa la frontera entre el gobierno y el crimen organizado. No es necesario ser muy avispado para asumir que en estos casos siempre hay muchos interesados en que las evidencias se evaporen.
Lo más dramático es que en México pareciera, en realidad, haber surgido algo distinto; una narco-democracia. Un esquema de convivencia portador de un virus más nocivo que la simple captura de estructuras administrativas del Estado.
Esto obliga a pensar en la preeminencia de élites nuevas, distribuidas por diversas esferas y sociológicamente distintas a las históricas, ancladas en el viejo PRI.
Para aquellos observadores más volcados a la investigación teórica, este proceso plantea un reto novedoso. En estas islas no ocurre la destrucción de la élite antigua a manos de la emergente; las subsume. Preliminarmente, podría conjeturarse que la causalidad se encuentre en esos abrazos entusiastas promovidos por AMLO.
El panorama del nuevo archipiélago mexicano se ve poco alentador. Las consecuencias para el resto de la región pueden ser muy graves si se sigue mirando este fenómeno como algo lejano y exótico.

Un escenario terrorífico y no se vislumbra actores sociales o instituciones que puedan hacer frente a aquello.