Después del mandato izquierdista del Presidente Gabriel Boric y cuando recién ha asumido el nuevo gobierno no es dable atribuir los brotes de violencia ocurridos en los últimos días a causas estructurales -esto es, a una supuesta frustración acumulada en la sociedad chilena debida a la desigualdad, la segregación y el abuso-, como se hizo repetidamente en el pasado reciente, incluso para encontrar justificación a la violencia desatada en el estallido social de 2019.
La razón está a la vista. Durante los cuatro años de la administración saliente no se produjeron episodios de violencia con características similares a los que se han sucedido en estos días. ¿Es que durante el mandato de Boric súbitamente desaparecieron esas supuestas causas estructurales, y apenas asumido el Presidente José Antonio Kast han reaparecido como por arte de magia? Si eran estructurales entonces no pudieron disiparse al compás del calendario electoral, ni tampoco volver a manifestarse con perfecta sincronía a pocos días de la entronización del gobierno derechista de Kast. Por lo demás, si así fuere -forzando el argumento- la reaparición de semejantes causas estructurales serían atribuibles a la administración saliente en tanto el escaso tiempo que ha transcurrido desde el 11 de marzo es del todo insuficiente como para producir “causas estructurales” de cualquier índole.
Todo esto, por supuesto, es absurdo. Ningún fenómeno social con características estructurales aparece y desaparece como si se tratara de una contingencia. En consecuencia, otras han de ser las causas del resurgimiento de la violencia, que esta vez -porque una Ministra de Estado, ni más ni menos, ha sido el blanco de ella- fue repudiado por la gran mayoría de los actores sociales.
Así como “la Constitución tramposa”, “la desigualdad más alta del mundo” y “el robo legalizado de las AFP”, entre otras infundadas ideas, jugaron un rol relevante en la escalada de violencia que experimentó el país en la década pasada y que culminó en la asonada del 19 de octubre de 2019, nuevas consignas de ese tono y estilo podrían estar en la base de los brotes de violencia que presenciamos en estos días. Un buen ejemplo es el mote de extrema derecha que la izquierda adjudica al gobierno de Kast, a tal punto que en el congreso ideológico de ese partido la presidenta del Frente Amplio se permitió dudar si acaso vamos “a seguir teniendo democracia” en Chile, aunque la composición del gabinete y el programa político del gobierno lo desmienta categóricamente. Ninguna iniciativa gubernamental que se conozca representa un riesgo para nuestra democracia, como si lo hizo la fallida propuesta de la Convención Constitucional.
La violencia política que estamos presenciando en estos días no es entonces, como se ve, el resultado de una estructura subyacente en el trasfondo de la sociedad chilena. Son en cambio las consignas difundidas a través de los eficaces algoritmos de las redes sociales, repetidas hasta la saciedad, las que en la actualidad estimulan a los violentistas a pasar a la acción, para luego pretender que sean eximidos de sus culpas porque el verdadero culpable -se les dice- sería el sistema y la estructura social. De persistir la oposición en esta vil argucia la amenaza para la democracia, esta sí, sería de magnitud relevante.

Muy de acuerdo
Excelente, es de esperar que la población logre diferenciar la legítima oposición democrática de una destructiva oposición ideologizada