El juego del poder y el del artista no están lejos. Es lo que pone ante nuestros ojos El mago del Kremlin (Seix Barral, 2023), la vertiginosa novela de Giuliano da Empoli que no pude soltar este verano. Protagonizada por Baranov, personaje inspirado en un asesor de Putin, la bien documentada obra del sociólogo ítalo-suizo permite asomarse a la transformación política y social rusa del último cuarto de siglo y, de paso, entrever cuestiones relevantes sobre nuestro convulsionado momento global.
En un texto ágil y agudo -a ratos, rayando en el cinismo- que entreteje lo psicológico y lo político, da Empoli nos introduce en los frenéticos años noventa de la Rusia post soviética, en el vértigo de una sociedad sin puntos de referencia que se intenta construir a sí misma al ritmo de los grandes capitales, la expresión artística desatada y la televisión. En ese mundo social arrasado que quiere volver a inventarse, la nueva política sigue las lógicas y las presiones del marketing televisivo y se traduce en un ansia por cercanía inmediata, horizontalidad pura y laissez-faire, que pronto comenzarán a dar señales de decadencia.
La llegada de Putin al poder a fines de los noventa configura un escenario nuevo, y su popularidad creciente entre los votantes confirma que su apuesta por recuperar la verticalidad del poder no está lejos del sentir del pueblo ruso. Baranov encarna el papel del estratega del “Zar” -casi no hay otro modo de llamar a Putin a lo largo del libro- que se toma en serio su desmesurado juego de transformar la realidad mediante la fuerza, de proyectar poder como el único modo de afirmarlo, de asegurar el orden interno y el poderío externo. La violencia inesperada y muda, que tan bien conocieron Maquiavelo y luego Stalin, recupera su lugar en la escena. El juego del Zar no tiene que ver con razones, sino con proyectar grandeza a cualquier precio.
Al introducirnos en ese mundo y en la psicología de sus protagonistas, da Empoli nos sitúa frente a la capacidad creadora de la política y sus patologías, ante una forma de agencia exacerbada que se orienta al mundo como a un experimento. El relato confirma una experiencia repetida: los vacíos de autoridad auténtica dan lugar a ejercicios desmesurados del poder, al juego ilimitado del político-artista que busca modelar su propio mundo. En un Occidente abandonado por décadas a la pasividad -uno que recién despierta de la ilusión de un mundo pacificado mediante los mecanismos anónimos del mercado y la democracia representativa- no debiera sorprendernos el papel gravitante que juega el Zar. Ni tampoco el de aquellos que buscan competirle en el intento de afirmar su posición en el tablero.
“La política rusa es como la ruleta rusa (…). Lo único que hay que saber es si uno está dispuesto a apostar o no” (p. 96). El Zar está dispuesto a todo con tal de no permanecer inmóvil. Quienes lo desafían en la actualidad pueden adoptar la misma lógica del poder desnudo y sin mayor justificación, como han hecho, o buscar formas de acción que, dejando atrás la pasividad indolente, no sean pura fuerza sino expresión de auténticas razones. El pacifismo ingenuo y la agresión sin palabras no son las únicas alternativas. El mismo da Empoli ofrece una pista cuando contrasta el intento de abarcar el mundo y ponerse a prueba “en el campo de acción más vasto posible”, con la decisión de “escoger un fragmento” y “hacerlo vivir, en vez de tratar de dominarlo” (p. 333).
Frente al poder que se vuelve ruleta rusa, frente al juego transformador sin límites que sólo puede derivar en escalada destructiva, El mago del Kremlin parece reconocer un pequeño espacio a una forma de acción no patológica, la que parte de aceptar la realidad limitada de un fragmento. Quizás sólo ahí está el verdadero arte político, la posibilidad de actuar creativamente en él.
