163 años atrás en medio de la guerra civil de Estados Unidos, Abraham Lincoln se dirigió a quienes despedían a los solados caídos en la batalla de Gettysburg. Con un discurso que no llena una hoja de papel resignificó el valor de esa guerra, la mera existencia de la nación y por qué pelear por ella. Sin datos, sin conteo de victorias o derrotas, sólo con un relato épico que en un largo párrafo apeló a la identidad nacional, al ADN de un país.
Setenta años después, en 1933, Franklin Delano Roosevelt, se dirigía por primera vez a una nación en quiebra. Con un desempleo galopante y una economía destrozada, FDR, como se le conoce al Presidente, recurría a la misma identidad nacional, a una que se levanta después de la guerra, a una, que ha vivido cosas peores. Así, al igual que Lincoln, con en épica potente le hablaba a un país derrotado y le prometía salir adelante. Pese a los fracasos de sus planes, ese país siguió confiando en él.
Lincoln y FDR trataban de administrar con realidad los desafíos, pero sólo esa épica que volvía al centro de lo que estaba hecha la nación, aglutinaba a los ciudadanos entorno a un mensaje, apelaban a una aspiración… A un sueño.
Ese propósito siempre estuvo presente y fue eso lo que movió a un país entero. Esto no significa que no hubiese diferencias, no significa que la distancia política entre adversarios ideológicos no estuviera presente. Todo eso existió y, muchas veces, retrasó los planes. Pero, lo que nuca estuvo en duda fue el ADN de un país entero.
Hoy, en Chile, más de un siglo después de esa batalla y en un país muy distinto al gigante norteamericano, falta recordar ese ADN que nos hace únicos. Tan únicos que proyectos solidarios de reconocimiento internacional no han resultado en otras latitudes. Tan únicos que, a pesar, de todas las catástrofes naturales que azotan nuestro territorio, nos levantamos al día siguiente para llegar a cumplir con nuestras obligaciones.
Son tiempos difíciles. No tan difíciles como otros, podrán decir algunos. Pero, no se trata de comparaciones, se trata de cumplir ese propósito, ese sueño. Y, cuando muchos creen que no se cumplirá, no importan todos los esfuerzos porque el apoyo que se necesita para trabajar por ello se pierde.
La originalidad de esta larga y angosta faja de tierra viene del esfuerzo por alcanzar un sueño y de la necesidad de trabajo en equipo para conseguirlo. Una donación no le cambia la vida a la Teletón, pero la donación de todos los chilenos sí lo hace. Nadie pide que se rindan cuentas, no se verifican antecedentes, todos, van al banco y depositan en una cuenta única. Porque sólo juntos se puede salir adelante.
Teletón no crea un relato único, la Teletón vuelve al centro de lo que significa Chile. Solidaridad y trabajo en equipo. Ahí está la épica que falta. Ese es el relato que debiese mover al país. Desde ahí, es donde se deben enfrentar los desafíos y las diferencias políticas. Porque, cuando el ADN de un país guía el debate político, las pequeñeces ideológicas se pierden y, los que buscan realmente poner al país adelante, son los que tienden puentes, logran acuerdos y cambian la vida de muchos chilenos, haciendo que vuelvan a creer que el sueño es posible.
La razón y la emoción son parte del ser humano. No es una ni la otra, pero la razón no tiene sentido sin la emoción. Pues, es la emoción la que motiva, desde dentro, a cada uno para que juntos puedan avanzar.
Épica. Eso es lo que guía las acciones, genera los liderazgos y sostiene el apoyo, incluso en los peores momentos.

En relación con la existencia de la nación y por qué vale la pena pelear por ella, cabría preguntarnos: ¿Qué es la patria?
La patria es un valor que mueve a los hombres desde la antigüedad. Y es un
valor tan grande que lleva a los hombres a dar su vida por él; y si algo se valora más
que a la propia vida es porque se considera superior a ella. Y lo superior a ese ser
limitado que es el hombre resulta, para él, en algún modo, incomprensible y
misterioso.
Confusos prejuicios impiden a algunos acercarse intelectualmente a la esencia
de la patria, que comprende bienes diversos: físicos, como el territorio; humanos,
como los hombres que son sus hijos; históricos, culturales y morales. Pero la
existencia de bienes implica la de un sujeto que les asigna un valor. Por ello es posible
afirmar que la patria es un producto del amor. La patria es lo que se ama; es el
sentimiento de un lazo común en el presente y en el pasado, que junta en una unidad
corazones y conciencias; es la comunidad moral e histórica de la que nos
reconocemos parte; es la conciencia y el sentimiento de nación.
La patria es la obra de todos los que la sienten; es como el ser amado que,
para serlo, necesita que alguien lo ame. Pero la patria no es algo abstracto: es la
tierra en que nacimos y nos formamos, son sus hombres, sus valores, todo aquello
que supone su defensa. Por ello es la patria un valor supremo, que trasciende al
hombre y que es, evidentemente, algo más elevado que la política contingente o que
la política partidista. La patria constituye un valor suprapolítico, que está por encima
de banderías, grupos, clases o estamentos.
La patria designa a la heredad completa del hombre; ella no solo está formada por
los ciudadanos que en un momento dado habitan en su territorio, sino por la
memoria y el recuerdo de cuantos chilenos, a través de la historia, escribieron en ella
páginas brillantes y nos han legado su nombre y sus hazañas. Y está formada,
también, por la esperanza en quienes han de sucedernos y continuarán el relato
interminable de nuevos esfuerzos, de nuevos sacrificios. Por eso, al defender la patria,
defendemos nuestro mañana no nuestro ayer.
ADOLFO PAÚL LATORRE
Extracto de un artículo de su autoría titulado «La patria y las Fuerzas Armadas»