FOTO: CAMILO CASTRO / AGENCIAUNO

Con tantas personas que están anunciado sus intenciones de ser candidatos presidenciales en noviembre de 2025, Chile bien pudiera avanzar hacia la peruanización de las elecciones presidenciales. Una elección con muchos candidatos en la que nadie alcanza una alta votación en la primera vuelta inevitablemente convierte la segunda vuelta en una elección del mal menor. Cuando la mayoría de los electores vota por descarte, el próximo presidente no tiene ni mayoría en el Congreso para avanzar su agenda, ni suficiente apoyo popular para negociar eficazmente con la oposición.

Si bien algo de eso ya pasó en la elección presidencial de 2021, la fragmentación partidista, la baja confianza de la gente en los partidos políticos y la creciente popularidad de líderes carismáticos personalistas hacen que corramos el riesgo de convertir la segunda vuelta en lo que Mario Vargas Llosa, comentando el caso peruano, definió como tener que elegir entre el cáncer y el sida. 

En Perú, hace rato que la política se viene haciendo en un sistema de partidos débil y fragmentado. En 2021, 18 personas se presentaron a la elección presidencial. Ninguno logró superar el 20% de la votación en primera vuelta. Pedro Castillo, que ganó segunda vuelta, apenas alcanzó el 18.9% de los votos en primera vuelta. 8 de cada 10 peruanos optaron por opciones distintas a la de Castillo en la primera papeleta. Para la gran mayoría de sus votantes, Castillo fue solo el mal menor en la segunda vuelta.

En 2016, se presentaron 10 candidatos Pedro Pablo Kuczynski, que resultó ganador en la segunda vuelta, apenas había alcanzado el 21% de los votos en la primera vuelta. Para la gran mayoría de los que le votaron en segunda vuelta, Kuczynski fue también solo el mal menor. En 2011, entre 11 candidatos en primera vuelta, Ollanta Humala llegó en primer lugar, con un 31.7%. Aunque ganó en segunda vuelta, casi la mitad de sus votantes había optado por otra candidatura en primera vuelta. En 2006, hubo 20 candidatos presidenciales—un récord para Sudamérica, que se mantiene hasta el día de hoy. Alan García, que se impuso en segunda vuelta, había obtenido solo un 24.3% en primera vuelta. Nuevamente, para una mayoría de sus votantes, García fue solo el mal menor por el que votar en segunda vuelta.

En Chile, aunque hemos tenido segunda vuelta desde las elecciones de diciembre de 1999, la cantidad de votos que han recibido en primera vuelta los dos candidatos que pasan a segunda vuelta ha venido en descenso. En 1999, Lagos y Lavín recibieron una votación combinada de 95.6% en primera vuelta.  En 2005, Bachelet y Piñera sumaron 71.4% en primera vuelta. En 2009, Piñera y Frei sumaron 73.7%. En 2013, Bachelet y Matthei sumaron el 71.7%. En 2017, Piñera y Guillier obtuvieron un 59.3%. En 2021, Boric y Kast recibieron un 53.7% de los votos en primera vuelta. En cada ronda electoral, una mayor cantidad de gente está votando por candidatos que no logran pasar a segunda vuelta. Para ellos, la segunda vuelta se transforma en una complicada elección por el mal menor. 

En 2021, Gabriel Boric recibió solo un 25.8% de los votos en primera vuelta. Aunque ganó en segunda vuelta, Boric es el presidente que menos apoyo recibió en primera vuelta desde el retorno de la democracia. Una mayoría de sus votantes en segunda vuelta hubiera preferido, en primera vuelta, que alguien más fuera el presidente.

Aunque la segunda vuelta tiene la ventaja de que obliga a los votantes a escoger entre las opciones que quedan disponibles—y no deba esa alternativa ni al congreso ni a un colegio electoral—la fragmentación del sistema de partidos y la popularidad que generan candidatos que se presentan como independientes representa un complejo desafío para la democracia. En Perú, el sistema político no ha sabido cómo responder al fenómeno. Desde el periodo 2011-2016 que ningún presidente electo ha logrado completar su mandato. En Brasil, los presidentes necesitan armar coaliciones multipartidistas enormes en el congreso que presionan por más gasto público y que profundizan la destructiva lógica de política clientelar. En Colombia, los presidentes con minoría en el congreso pronto se convierten en patos cojos que no pueden avanzar sus agendas de reformas ni cumplir sus promesas. 

En Chile, la fragmentación partidista, asociada a la reforma electoral de 2015 pero también a lo fácil que resulta formar nuevos partidos y al excesivo financiamiento estatal para los partidos que se inició en el segundo gobierno de Bachelet, contribuye a la multiplicación en el número de candidatos presidenciales. Una reforma al sistema electoral de poco servirá si ni se suben las barreras para crear nuevos partidos y no se establecen requisitos estrictos de votación recibida (y no de escaños obtenidos) para que los partidos mantengan su registro.

No sabemos cuántos candidatos llegarán a la papeleta en noviembre en Chile -el récord fue en 2013, cuando se presentaron 9 candidatos-. Pero sí, podemos anticipar que el electorado estará fragmentado y que habrá muchas posibilidades de que los dos candidatos que pasen a segunda vuelta sumen un porcentaje minoritario de los votos. Bien pudiera ser que, para una mayoría de los chilenos, la elección en segunda vuelta se convierta entre una elección entre elegir que te disparen, o tomar veneno. 

Sociólogo, cientista político y académico UDP.

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