La ONU acaba de dar luz verde a una nueva operación de paz en Haití. La encabezará Kenia y muy pocos países han comprometido su apoyo. Hasta ahora, ninguna de las convulsas democracias latinoamericanas se ha mostrado dispuesta a tomar parte en esta enésima aventura de la ONU.
Como Chile fue un robusto participante de la misión anterior (Minustah), resulta apropiado preguntarse sobre el trasfondo de las renovadas motivaciones de la ONU y si llegará el momento en que los países latinoamericanos recuperen algo de interés por el destino de esa eterna anarquía llamada Haití.
Afortunadamente, hasta ahora, parece prevalecer esa notable máxima, adjudicada al presidente Ramón Barros Luco, en orden a que existen dos tipos de problemas. Los que se solucionan solos y los que no tienen solución. La experiencia de 17 años de Minustah refuerza la opinión que Haití es un caso perdido.
¿Cuál será entonces el motivo de la insistencia de los países occidentales del Consejo de Seguridad de la ONU con Haití?
Desde fines de los años 50, el organismo, a iniciativa del sueco Dag Hammarskjöld, se ha involucrado en numerosas operaciones de paz. Loable esfuerzo, sin dudas. Sin embargo, ocurre que siempre la ONU ha aplicado aquello que Angus Deaton, en su magnífico libro El Gran Escape denomina “enfoque hidráulico”. Es decir, el principio rector que, si se bombea agua en un extremo, agua debe salir por el otro. Por eso resolvió combinar paz con desarrollo. Asociar prosperidad con reforzamiento institucional.
Concordante con este razonamiento, el movimiento neocons estadounidense concluyó en los años 90, que el edificio institucional de un país occidental era trasplantable. Desde entonces, apoyó una serie de intervenciones militares.
Esta es la lógica tras todas las misiones conocidas. Irak, Libia, Afganistán y, por supuesto, Haití. Sin embargo, la experiencia no admite dudas. Todo ha sido una simple ilusión. Cada una ha terminado en fiasco.
En el caso de Haití, la Minustah consiguió controlar las pandillas y grupos criminales. Orientó sus esfuerzos a crear institucionalidad. Formó policías. Alentó a ONG de varios países para ir a reforzar los estratos intermedios. Llevó asistencia médica. Hubo dinero a raudales. Fue un gigantesco “enfoque hidráulico”.
Sin embargo, apenas las tropas se retiraron, bandas antiguas y nuevas volvieron a estremecer el país. Todos quedaron horrorizados ante el tamaño del fracaso. Incluso, los “partidos políticos”, creados en el período de la misión (que no fueron más que grupetes de rufianes regionales), desaparecieron casi por arte de magia. Numerosas autoridades electas fueron asesinadas. Hasta un Presidente fue ultimado por sicarios en su casa, sin que se conozcan los móviles.
Las preguntas reales son entonces otras. ¿Cuántos analfabetos soporta una democracia? ¿Qué hacer si quienes viven en un mismo espacio físico se niegan a compartir lo más elemental y prefieren asesinarse entre ellos? ¿A qué se debe la abstención de Rusia y China?
En primer lugar, Haití refuerza la impresión que todas las posturas jacobinas y las visiones maximalistas en el plano internacional son a lo menos erradas. Inocular ideas exógenas a otras sociedades -especialmente si se encuentran rezagadas- pareciera ser contraproducente.
Tal aserto es válido no sólo para el “enfoque hidráulico” occidental. La verdadera explosión de modos de vida milenarios en los antiguos espacios soviéticos, con un reguero de violencia interminable, demostró que sesenta años de marxismo, es decir de colectivismo, de ateísmo y de control con mano de hierro, se evaporaron del todo. Fuerzas telúricas que parecían extinguidas, revivieron.
Se trata de evidencia empírica. Todo trasplante mecanicista de instituciones es siempre inútil. Lo mismo esa acción entusiasta de la sociedad civil. Jamás una reforma, política o económica, por muy eficaz que parezca, convierte a las naciones atrasadas en renovadas y prósperas. Ninguna intervención en nombre de la paz, del desarrollo o de un futuro venturoso, genera saltos históricos. En el caso de Occidente, su espíritu pluralista y tolerante es un artefacto cultural; imposible de exportar a pueblos sin experiencias históricas congruentes.
En los años recientes hemos visto montañas de papers, libros y reflexiones acerca de las razones que llevan al debilitamiento del ejercicio democrático. Todos insisten en otorgarle centralidad a la introducción o reforzamiento mecánico de instituciones y procesos. La polinización intelectual sería infalible. El propio Huntington explica mediante el aislamiento lingüístico del creole haitiano el atraso del país. Una visión que suena algo reduccionista.
Por eso, el espíritu misionero auto-impuesto por la ONU sucumbe cuando se encuentra con una comunidad receptora carente de experiencias culturales ad hoc. Al respecto, el ejemplo más dramático y gráfico ocurrió en la isla de Tanna, al finalizar la Segunda Guerra Mundial.
Se trata de una pequeña porción de tierra en medio del Pacífico, cuyos habitantes se vieron tan conmovidos por los efectos colaterales de los movimientos militares de aquel conflicto, que, una vez finalizado, se dedicaron por varios años a construir rudimentarios modelos de aviones. Con extenuantes jornadas de trabajo, despejaron una imaginaria pista de aterrizaje. Tallaron troncos, simulando torres de control. Acordaron un monumental esfuerzo comunitario para invocar fuerzas divinas, que trajeran de vuelta a esos militares que ocuparon la isla durante los años del conflicto. Era un “ritual invocador”. Una imitación superficial de situaciones asociadas a la prosperidad.
Y es que, en su pobreza infinita, aquellos seres humanos nunca habían visto las cantidades de alimentos y material industrial diverso, traído por los soldados. La guerra (de cuyos alcances no tenían la menor idea) había generado una disponibilidad de bienes nunca antes vista. Ni por ellos, ni por sus antepasados. Desde luego, tampoco sabían cómo producir todo aquello.
Con la “institucionalidad” creada por la Minustah en Haití pasó algo idéntico. ¿Para qué sirven esas instituciones y procedimientos?, se deben haber interrogado sus siete millones de habitantes.
Por todo esto, la nueva decisión de la ONU sobre Haití encuentra explicación sólo en aquello que Deaton llama “la adicción a la ayuda”, tan propia de Occidente. Tranquilizar conciencias y expiar culpas. Haití es una pesadez difícil de soportar.
