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Ha transcurrido una semana desde las elecciones que las chilenas y chilenos con admirable espíritu cívico protagonizamos el sábado y domingo pasado y pareciera que sobre ese evento ya se ha dicho todo. Sin embargo, del mismo modo que las cosas no se convierten en verdad por la sinceridad con la que se cree en ellas -algo que suele ocurrir en los análisis políticos- tampoco ocurre que las reflexiones sobre algún acontecimiento contengan la verdad sólo porque se ha hablado mucho de él.

Lo cierto es que, sobre un evento fundamental de la democracia como el sufragio -la verdadera Corte Suprema del sentimiento ciudadano con sus veredictos inapelables- siempre queda algo que decir. Sobre todo cuando, como en nuestro caso, se ha tratado de sufragios múltiples que pueden provocar que la hojarasca de la data espectacular cubra a veces el verde de la información sobre lo que realmente importa. Y lo cierto es que algo de esa hojarasca ha creado el hurgar insaciable sobre la derrota de ciertos “famosos” o el recuento de regiones y municipios que van a ser “gobernadas” por partidos, como si los gobernadores tuvieran realmente la capacidad de gobernar sus regiones o los partidos pudieran imponer sus decisiones sobre los alcaldes.

Por mi parte, como he venido insistiendo desde este espacio de opinión, creo que la información más importante que se desprende de elecciones -incluyendo las de la pasada semana- es aquella que se puede construir con los datos globales. Tan globales que permitan comprobar tendencias y hacer proyecciones.

Y sobre esa información global, hace un par de semanas afirmé que el “techo” de la votación oficialista, esto es la de todos los partidos que apoyan al gobierno, unidos, se iba a situar en torno al 38% y que la votación de la oposición de derecha iba, a su vez, a situarse en torno al 45%. Dije, también, que dentro de la oposición de derecha el Partido Republicano pretendía alcanzar una posición mayoritaria que le permitiera liderar la carrera presidencial de la derecha… o ir solo en una primera vuelta, confiado en pasar a la segunda y capturar ahí el voto de la totalidad derechista.

Pues bien, la votación del oficialismo se elevó a 42% y la de la oposición de derecha alcanzó el 47%. Ese es el resultado de la elección de concejales, que es la más parecida a una elección parlamentaria pues todos los partidos pueden presentar candidatos (algo que también ocurre en la elección de consejeros regionales, pero ésta concita menos atención y por lo tanto induce un voto menos reflexivo). Como oficialismo he considerado a los partidos Comunista, Socialista, Demócrata Cristiano, Frente Amplio, Radical y la coalición Liberales-Federación Regionalista Verde Social y como oposición de derecha a los partidos Republicano, UDI, Renovación Nacional, Evópoli y Social Cristiano.

Los números demuestran que se mantiene como realidad el hecho de que, en Chile, hoy, la derecha es mayoritaria como lo ha sido durante el último medio siglo, pero que no cuenta con una mayoría absoluta. Muestran también que el Partido Republicano (14%) no logró alcanzar el objetivo al que aspiraba pues resultó tener menor votos que Chile Vamos (30%) e incluso menos que Renovación Nacional (16%). Aun así, la derecha puede darse el lujo de ir dividida en la próxima elección presidencial (Chile Vamos vs. Republicano-Social Cristiano), con la seguridad de que uno de sus candidatos o candidatas va a pasar a una segunda vuelta detrás del oficialismo unido y que en esa segunda vuelta va a tener todos los votos que necesita para obtener la presidencia. Dada la realidad que muestran los números, quien tendría la mayor probabilidad de pasar a esa segunda vuelta sería Chile Vamos, con lo que resulta que al final de la jornada electoral la única verdadera vencedora es Evelyn Matthei.

Pero aun a ella le faltarían votos para ganar en una segunda vuelta presidencial. Son los votos que se sitúan entre el 47% de la derecha y el 42% del oficialismo. Se trata de un 11% de votos válidamente emitidos en la elección del sábado y domingo pasados, que pueden dar la victoria a uno u otro polo. Entre esos votos se sitúan, en primer lugar, aquellos obtenidos por el pacto Amarillos-Demócratas, que alcanzó un 4,6%. Con esa votación Amarillos y Demócratas, siempre que continúen unidos, podrían sentarse a cualquier mesa de negociación política en el futuro: ya se ganaron un puesto en esa mesa.

Pero Amarillos y Demócratas no son los únicos partidos en Chile que han proclamado su vocación de centro político y no como una exclusiva bisagra entre los extremos, sino como un factor de contención del extremismo fundacional de cierta izquierda y de estímulo al impulso reformista que alienta alguna derecha. Esa vocación le confiere a la posición expectante alcanzada una responsabilidad adicional: la de convertir la entidad ya lograda en una verdadera fuerza política.

Esa nueva fuerza política existe latente en el escenario político nacional. Está presente en Evópoli, cuya votación ronda el 2%: si uniera fuerzas con Amarillos y Demócratas, con quienes sin duda comparte más objetivos y principios que con la derecha tradicional, estaría dando lugar a una fuerza político electoral cercana al 7% de los votos. Para alcanzar esa situación quizás Evópoli debería terminar de sincerar su naturaleza entre aquellas posiciones que representan personeros como el senador Luciano Cruz-Coke, de una parte, y su presidenta Gloria Hutt, de otra. Y algo parecido ocurre con el Partido de la Gente, cuyo electorado ha demostrado tener una auténtica vocación de centro, pero sigue sometido al liderazgo mesiánico y paralizante de su fundador; si pudiera superarlo e integrarse a una fuerza política de centro ésta se acercaría al 10% del electorado, un volumen de votos suficiente para dirimir cualquier elección presidencial en nuestro país.

Y esa fuerza política de centro reformista está presente también en prácticamente todos los partidos de la “Izquierda Democrática”, que quizás ya deberían preguntarse en serio qué hacen sometidos a la hegemonía del PC y el Frente Amplio. Un buen elemento de reflexión en esa dirección quizás se los aporte el resultado de la votación para elegir Gobernador(a) en Los Lagos, una región en la que el Frente Amplio goza de la franca antipatía de la mayoría luego de que criticara acerbamente el crecimiento económico regional de las últimas tres décadas mientras apoya sin reservas la Ley Lafkenche, cuya aplicación es justamente una de las mayores amenazas a ese crecimiento; allí, sin embargo, la candidatura a la gobernación recayó en una militante del Frente Amplio y ahora los izquierdistas de la región deberán decidir en segunda vuelta… entre dos candidatos de derecha. 

De modo que, sí, todavía hay mucho que decir y comprender de las elecciones de la semana pasada.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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