Hubo un tiempo en que en nuestro país la política nos ofrecía platos que alcanzaron a nutrir los músculos del desarrollo. Esa gastronomía era posible gracias a acuerdos que le daban estabilidad en el tiempo a las políticas que salían de ellos. Y esa estabilidad fue necesaria para que surtieran efecto. Pero hubo dos cosas que no supimos o no quisimos entender. Por un lado, la opinión pública fue despreciando progresivamente el valor de esos platos, porque —como dijo un analista local— los autocomplacientes se fueron «quedando en silencio» y los autoflagelantes alzaron la voz, hasta incinerar ritualmente los 30 años en las piras del 2019. Por otro lado, una abstracta comprensión de la democracia nos llevó a despreciar las cocinas que necesitan esas políticas, privándonos de algo que le daba dientes a nuestra institucionalidad.
El descontento ciudadano se fue dirigiendo, por años, a la falta de transparencia y representatividad que los acuerdos entre políticos expresaban. La demanda por no ocultar las intenciones, por claridad y firmeza en lo que se piensa, fue aumentando. Y esa demanda fue satisfecha, primero, desde la izquierda por las agrupaciones que dieron lugar al Frente Amplio: su juventud rebelde, su temple, su adhesión firme a un conjunto de ideas funcionaron como señales de autenticidad para una ciudadanía hastiada de cocinas opacas. Luego, una «derecha valiente» cubrió la misma demanda a través de la incorrección política y la disposición a incomodar a sus vecinos. En ambos casos, el menú de la transparencia se agotó pronto: quienes lograron convencer al votante de poseerla perdieron rápido su credibilidad.
Como la paloma de Kant que, porque siente la resistencia del aire, se imagina que eliminando la atmósfera volaría mejor, nos imaginamos que eliminando toda privacidad en los acuerdos y diálogos entre políticos obtendríamos una mejor democracia. Así, en la carrera por exhibir transparencia, fuimos perdiendo una herramienta que, por antidemocrática que parezca, es fundamental para el buen funcionamiento de la democracia: las cocinas políticas.
Lo visto en estos días produce cierta nostalgia por ellas. Hace dos semanas se hablaba de los quiebres en el oficialismo, por disputas ventiladas, desacoples y rencillas que, para bien de todos, mejor se hubieran procesado en el entorno discreto de una coalición que hoy no existe. La última semana el foco estuvo en la oposición: los trapos sucios del Partido Socialista y el PPD salieron a lavarse a la vista de todos. Pero el caso más revelador fue el del ministro Quiroz, quien intentó modificar su parte en un acuerdo que no se dignó a honrar —el tipo de episodio que una cocina activa habría contenido antes de que llegara a los titulares.
Cuando escribo esta columna, lo más probable es que la megarreforma se apruebe en la sala del Senado sin grandes modificaciones. Sin embargo, lo hará con una cantidad de votos menor a la que podría haberlo hecho si existieran las cocinas que alguna vez alimentaron nuestra política. Eso importa: una reforma aprobada con menos votos y acuerdos tiene más probabilidad de ser revertida en el futuro, y la estabilidad de las reglas es precisamente lo que los agentes económicos observan a la hora de tomar decisiones de inversión. La pirotecnia que reemplazó al fuego lento no solo es ruidosa; también es cara. Ojalá en ese futuro no nos falten cocinas donde volvamos a sentir el sabor del desarrollo.

Ummm, puede que tenga sentido y hasta algo de razón. PERO, las reformas tributarias, educacional y muchas otras, que tanto daño han hecho a Chile hasta hoy, fueron aprobadas entre 2014 al 2018, Bachellet 2, donde existía plenamente la cocina…..al parecer de tanto cocinar juntos y a puerta cerrada, algunos cocineros perdieron el norte, algunos groseramente…cocinando casi siempre con los fuegos izquierdos, como dice el dicho, está bueno el cilantro…pero no tanto…..