Estos días la violencia se ha tomado la palabra y cuesta hablar o escribir de nada más. Pero quizás vale la pena continuar también la conversación sobre otros temas menos vistosos pero igual de acuciantes, como el de la crisis demográfica, que ha empezado a tomar forma en nuestra discusión pública. Las cifras de natalidad entregadas por el INE este año son las más bajas de la historia de Chile, pero tampoco son del todo nuevas.
Durante décadas hemos tratado la caída de la natalidad como un asunto de libertades individuales, como consecuencia inevitable de la modernización, como un problema estrictamente privado. Recién ahora empezamos a atisbar hasta qué punto es un fenómeno público, político, que se encuentra en estrecha conexión con muchas otras cuestiones.
La situación demográfica constituye una preocupación común, en primer lugar, por sus implicancias sociales: no hay quién no intuya lo que acarrea el envejecimiento de la población en términos previsionales, de cuidado o de fuerza laboral. Un país que se transforma a este ritmo no puede sino tomar medidas en muchos niveles, pero no sólo para hacer frente al envejecimiento, sino también pensando cómo revertir de algún modo esa tendencia. No se trata, obviamente, de una cuestión sencilla: muchos países del primer mundo han buscado fomentar la natalidad con incentivos económicos a quienes deciden tener hijos pero, pese a ser una buena ayuda para esas personas, no ha contribuido a modificar los patrones demográficos a nivel general.
Acertar políticamente en esta materia parece requerir una comprensión más compleja de los motivos por los que las nuevas generaciones deciden tener o no hijos. Parece indudable que en muchos casos hay factores económicos, pero también dificultades para conciliar la crianza con la vida laboral de madres y padres, efectos culturales de políticas de control de la natalidad desde hace décadas, en algunos casos incluso motivos ecológicos… Indagar en esas razones que han incidido en la configuración demográfica del Chile contemporáneo es una tarea de investigación para las ciencias sociales, aunque pueden intuirse algunos elementos subyacentes comunes, que conectan el tema de la natalidad con otros fenómenos.
En efecto, las cifras de natalidad y las motivaciones que es posible rastrear, parecen sugerir transformaciones culturales más profundas que las que pueden revertirse con meros incentivos. El hecho de tener un hijo, por ejemplo, parece requerir hoy en muchos casos una justificación explícita. ¿Por qué tener un hijo? ¿Por qué abrirse a la radicalidad que implica esta decisión y asumir el cuidado de otro con todas sus consecuencias?
Estas preguntas conectan la cuestión de la natalidad con otros fenómenos actuales, como la crisis ecológica o la atención de los ancianos y discapacitados. En el caso de la parentalidad, de la acción ecológica, o del cuidado de los más débiles las preguntas son, en el fondo, las mismas: ¿Por qué cuidar de otro? ¿Qué motivos son capaces de sostener las prácticas de cuidado hacia humanos y no humanos? ¿Cómo se llega a reconocer a otro, en palabras de Spaemann, como un ser “en sí” y no sólo “para mí”? Así, las disyuntivas en los distintos ámbitos suelen presentarse en términos análogos: proyectos de vida individuales en los que “el otro” entra en función de lo propio, o proyectos comunes en que la realización de unos y otros se concibe de modo integrado.
Desde este ángulo, la crisis de natalidad constituye un problema político no sólo por sus efectos económicos o previsionales, sino también porque manifiesta de modo paradigmático comprensiones culturales compartidas directamente vinculadas al núcleo de la vida social. Tiene que ver con cómo subsiste una sociedad como sociedad: quiénes la componen, cómo se relacionan, qué lógicas los gobiernan, hacia dónde se orientan, cómo construyen el espacio de lo común en que es posible una vida buena juntos.
La crisis demográfica chilena, en el fondo, no es independiente de la crisis social que se ha ido revelando con sus distintas caras en los últimos años. Ni siquiera la cuestión de la violencia le es completamente ajena. Mirar con cuidado las causas y ambigüedades de esta crisis demográfica (que no es sólo demográfica) podría ayudar en nuestro lento camino de reconstitución de lo común.
