Este 11 de marzo, Chile vivió una nueva edición de su rito republicano más relevante: el traspaso de mando entre Gabriel Boric y José Antonio Kast. Aunque se trata de una ceremonia estrictamente pautada y, para muchos, carente de suspenso, lo cierto es que concita una atención ciudadana que pocos eventos logran igualar. En países como Estados Unidos, por ejemplo, el día de la “inauguración presidencial” incluso es un feriado nacional. ¿Por qué nos fascina tanto un acto cuyo desenlace ya conocemos? La respuesta es algo que ya conocemos bien: los símbolos importan. En política, las formas no son un mero adorno, sino un vehículo que conecta emociones, sensibilidades y caracteres.

Un traspaso de mando pacífico y bien ejecutado está lleno de símbolos: el traspaso de la banda presidencial mediante la presidenta del Senado —metáfora de que el poder vuelve al pueblo, y es el pueblo el que se lo otorga al nuevo mandatario—, la piocha de O’Higgins como sucesión directa de un gobernante a otro, y muchas otras señales, dan cuenta de un rito litúrgico. Y qué distinta es esa tranquilidad, si la comparamos con lo sucedido en la instalación de la primera Convención Constitucional: un evento imprevisible en el que los constituyentes más radicalizados interrumpieron la ceremonia apenas comenzada, mientras se cantaba el Himno Nacional.

El cambio de mando es relevante también por lo que sucede «fuera del zoom»: las visitas internacionales, las ausencias inexplicables y las repercusiones de los distintos actores políticos. Es, en definitiva, la victoria de la amistad cívica sobre el arrebato, recordándonos que en una democracia sólida los presidentes pasan, pero las instituciones quedan.

En todo caso, aunque la jornada comenzó al mediodía, se debe reconocer que terminó simbólicamente en la noche, con el primer discurso del Presidente recién asumido en cadena nacional y horario prime. Aquí hubo otro símbolo litúrgico al que pudimos asistir. Fue, por supuesto, una alocución esperable y con pocos elementos de incertidumbre, pero no por ello con menos repercusión para la cuestión política.

En su primer mensaje como Jefe de Estado, Kast insistió una vez más en que su Gobierno será uno de «emergencia», planteado como una transición hacia un nuevo ciclo. Tanto en este discurso como en diversas actividades previas, el Mandatario ha dado señales claras hacia la moderación y hacia conquistar una opinión pública mucho más mayoritaria que la que originalmente lo impulsó a ser candidato. En simple: su diseño apunta directamente al electorado que votó Rechazo en el primer proceso constituyente. De hecho, se podría sostener que, detrás de este diseño, está el objetivo de instalar un nuevo clivaje en desmedro de la vieja dicotomía del Sí y el No (lo que explica, por ejemplo, que una figura como Ximena Rincón pueda ser perfectamente ministra de su gabinete). Este intento por cambiar el eje de la discusión es, en sí mismo, un acto litúrgico, y el discurso estelar debe leerse precisamente en esos términos. Si el traspaso de mando fue un rito pascual, su discurso de la noche fue una prédica pastoral. Al final, gobernar no es sólo administrar; es, sobre todo, saber instalar un relato durante cuatro años.

Director de Administración Pública UNAB

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