merkel

La ex Canciller alemana ha hablado. Su libro de memorias, Libertad, de muy reciente aparición, no deja indiferente y seguramente será texto obligado para quienes cultivan la ciencia política y las relaciones internacionales. No escatimó palabras y resultó un libro con cientos y cientos de páginas. Es como si Merkel no hubiese querido dejar nada en el olvido o sujeto a dobles interpretaciones. Ha tratado de cubrir el máximo de su espectro vital, despertando mucha curiosidad.

Se trata de un relato apasionante, pese a que, por momentos, se sigue con algo de tedio ese deseo de explicar detalles y recovecos. Esa una tendencia típica de textos políticos con más de una mano autoral. En el caso de ella, no se trata de simples ghostwriters, hábiles para escribir con facilidad historias ajenas a partir de unos cuantos datos. No. En el libro está la pluma puntillosa de Beate Baumann, quien ofició por muchos años como su jefa de gabinete, y de Eva Christiansen, su más estrecha asesora.

Entre las tres abordan cuestiones que, al día de hoy, amenazan con erosionar tan interesante legado. Periodistas de renombre en Alemania, como Gabor Steingart, Anne Will y Ursula Weidenfelt, su biógrafa (quien escribió el bestseller Die Kanzlerin. Portrait einer Epoche), coinciden en que la prosa sutil deja de lado pasajes de la vida merecedores de un tinte autocrítico. El diario Frankfurter Allgemeine, fue sin rodeos al decir que estas memorias podrían haber tenido un título más asertivo, como, por ejemplo, Sin Alternativa. Es decir, todo demasiado lineal y rehuyendo la rudeza de una actividad destinada a resolver litis de todo tipo.

Por eso, resulta imposible no confrontar sus relatos con los problemas más actuales y agudos por lo que atraviesa Alemania hoy. Los zigzagueos en la relación con Rusia, la pérdida de la ilusión de una energía barata, los baches en el tránsito hacia la electromovilidad y el drama migratorio, no se entenderían, sin esas sombras que se mueven a lo largo de los 16 años de su período.

Pese a todo, el grueso de analistas y políticos alemanes estima que Merkel es lo mejor que pudo haberle pasado a Alemania a la luz del proceso de reunificación. Su trayectoria como exciudadana de la RDA, como científica, como adulta joven en el momento de la caída del Muro y como mujer con fuerte carga religiosa, fueron esenciales. Se trata de un conjunto de elementos, divisado tempranamente por su mentor, Helmut Kohl para plasmar simbólicamente el proceso de reunificación. Es la variedad de todo esto lo que llevó a los medios alemanes a darle a Merkel tres apodos sucesivos, Muchacha, Mamá, Mujer. Ese fue el título de un artículo histórico del Der Spiegel en marzo de 2019.

Merkel ofrece una biografía muy curiosa. Nació en realidad en Hamburgo, Alemania occidental, como primera hija de un pastor evangélico y una profesora de latín, quienes, en 1954, con su primogénita recién nacida, se mudaron a la RDA, afincándose en un pequeño pueblo del norte con el único afán de hacer crecer su iglesia. En su juventud, Merkel estudió física en Leipzig y cursó luego un posgrado en Praga. Su interés por la política fue toda una sorpresa. Jamás había adherido a algún grupo disidente, aunque en sus memorias confiesa que en su casa leían a Solzhenitsyn, que su madre incluso mecanografiaba algunas de sus novelas y que en Praga supo de Havel y la Carta 77. También dice que en su juventud leyó a Rudolf Bahro, un conocido disidente de la RDA.

Tenía 35 años cuando se derrumbó el Muro. La circunstancia histórica la advirtió a tiempo. Poco a poco comenzó a trabajar, y con intensidad, en uno de los tantos grupos que surgieron de forma casi espontánea. El de ella, fue absorbido, también con rapidez, por la Unión Demócrata Cristiana (CDU). Quienes la conocieron en aquellos años coinciden en que era una persona que destacaba. Su rasgo principal era la calma. Una cualidad doblemente valorada en momentos de tanta turbulencia e incertidumbre. Se transformó en una de las voceras del gobierno de transición.

En las elecciones de 1990, obtuvo un escaño en el Bundestag. Tanto sus biógrafos, como ella misma en su libro de memorias, admiten que ahí empieza de verdad una carrera política fulminante. Kohl la designó ministra de la Juventud y Familia. Ahí nació su primer apodo, das Mädchen (la muchacha).

En las siguientes elecciones fue reelecta. Kohl la promovió a ministra del Medio Ambiente. Al caer el legendario líder, en 1998, envuelto en una nebulosa de acusaciones sobre pagos ilegales, la CDU pierde las elecciones y el nuevo jefe del partido, Wolfgang Schäuble (evangélico, como ella), la designó segunda a bordo de la colectividad. En pocos meses, Merkel conoció a fondo la maquinaria de la CDU. Fueron años vitales para alcanzar su madurez política y el desacople de la figura de su protector.

En 2002, Merkel arrasó en las elecciones internas de la CDU con más del 90% de los votos. No sólo fue la primera presidenta de aquel partido. Se convirtió también en símbolo de una gran renovación de ese partido, considerado por décadas como núcleo del conservadurismo alemán. Nació su segundo apodo, die Frau (la mujer).

Tres años más tarde fue designada Canciller, siendo la primera mujer en llegar a ese cargo. Bordeando, por ese entonces los 50 años de edad, los medios alemanes se hicieron eco de su popularidad y la bautizaron con su tercer apodo, die Mutti (la mamá).

Durante sus 16 años en el cargo hizo gala de una tranquilidad y calma asombrosas. Junto a Konrad Adenauer y H. Kohl son las personas que mayor tiempo han estado al frente de la Cancillería.

Sin embargo, muchos se interrogan cómo es posible aquello, si la estatura política de Adenauer y de Kohl (como también de otros dos antecesores en el cargo, los socialdemócratas Willy Brandt y Helmut Schmidt), es considerada propia de genios políticos y con trayectorias profundamente inmersas en las vicisitudes de la política; algo ausente en la biografía de Merkel.

La vida de la científica, devenida en Canciller, no deja de sorprender. Aún más, si se considera que su retiro fue voluntario y no dejó al país sumido en una crisis. La respuesta puede estar en una fortísima inspiración de tipo moral. Posiblemente, una pulsión heredada de su padre, el pastor.

Ello se reflejó en su postura respecto a la migración, especialmente siria. Merkel siempre rechazó la idea de adjudicar tendencias extremistas a cualquier religión. Sostenía que no era aceptable explicar el flagelo del terrorismo internacional, o los hechos de violencia doméstica, con argumentos religiosos. Paralelamente, apostó por la integración de los recién llegados, si se favorecían acciones y actitudes inequívocamente benevolentes. Su orbis pictus, claramente multiculturalista y globalista, aparece hoy, como tremendamente controversial. Muy bien intencionado, pero encapsulado en la ingenuidad política.

Difícil resulta desentrañar qué busca con este libro de memorias. No queda claro a qué audiencia se dirige. Quizás, en su fuero interno, ya ha reconocido elementos que sugieren la difuminación de su legado y busca reforzar aquello que le parece importante. Sí se aprecia un esfuerzo por dejar en claro que se sintió un puente entre la voluntad civilizacional occidental y los embates de la realidad internacional. Empero, trasunta una cierta pesadumbre ante un devenir brumoso.

El título, Libertad, suena más bien a un deseo íntimo, muy personal, de ser recordada como una mujer que buscó intersectar entre los lastres del pasado y un futuro visto en actitud positiva. Sin embargo, a diferencia de Adenauer, Kohl, Brandt y Schmidt, el tipo de liderazgo desarrollado por ella no fue uno pensando en llevar a Alemania a puntos exactos del futuro. Aquellos cuatro predecesores intuyeron el rumbo hacia dónde querían mover a su país y a Europa.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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