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Las dos últimas elecciones presidenciales fueron decididas entre dos opciones que, por sí solas, apenas superaban el 25% de la votación o se situaban por debajo de ese porcentaje (en la más reciente de ellas Jeannette Jara 26,85% y José Antonio Kast 23,92%). En ambos casos resultó finalmente electa la opción que había llegado en segundo lugar. Claramente, el país optó por lo que consideraba el mal menor y terminó eligiendo a un candidato que representaba apenas a una exigua minoría de los sentimientos nacionales.

Si representáramos al electorado nacional sobre una línea recta, encontraríamos que las dos opciones minoritarias que disputaron la Presidencia se emplazarían en sus extremos. Entre ambas se situaría un electorado ajeno a esos extremos, que, por inhabilidad, ineficacia o irresponsabilidad de las fuerzas políticas que deberían haberle ofrecido opciones viables y atractivas, terminó obligado a optar por una de las opciones extremas.

Las consecuencias de este lamentable fenómeno están a la vista. Después de que la opción política que representaba Gabriel Boric en 2022 fuera abatida, menos de un año después de iniciado su gobierno, con la derrota del proyecto constitucional que había convertido en su camino para Chile, el resto de su administración no fue mucho más que una operación de salvataje que le ofreció generosamente la centroizquierda.

Ahora estamos viviendo una experiencia análoga. Nuevamente Chile eligió lo que estimaba el mal menor entre dos extremos que no representaban ni representan a la mayoría. La minoría que representa el Presidente Kast y sus ministros de confianza está experimentando, como les ocurrió a Boric y a quienes le eran cercanos, la triste realidad de que no se puede conducir un país al amparo exclusivo de una fe dogmática en la propia ideología. Mientras tanto, el Gobierno parece gobernar crecientemente en contra de una mayoría ciudadana que, por medio de encuestas y opiniones, le demuestra cotidianamente su descontento, desconcierto y desilusión. La encuesta Black & White de la semana que pasó mostró que la aprobación del presidente ha descendido a apenas 20%, esto es se sitúa por debajo del porcentaje de votos que obtuvo en la primera vuelta de la elección presidencial.

Una pregunta surge espontáneamente al observar esta realidad: ¿llegará el momento en que el Presidente Kast, como le ocurrió al Presidente Boric en su oportunidad, acepte la evidencia de que no se puede gobernar sin escuchar la voz de la mayoría y se abra a recibir el apoyo de la centroderecha que hasta ahora ha ignorado? Diego Schalper, el jefe de la bancada de diputados de Renovación Nacional, en una entrevista radial al programa Mesa Central de Teletrece Radio el martes pasado, prácticamente emplazó al Presidente a decidirse al respecto.

Pero hay otra pregunta, bastante más importante: ¿Por qué la ciudadanía que no se identifica con los extremos del pensamiento y de la acción política, tiene que sufrir las consecuencias de la incapacidad de las fuerzas políticas no extremas para ofrecer caminos que permitan recuperar la estabilidad y la fuerza que permitieron a Chile crecer y desarrollarse hasta no hace mucho? ¿Son acaso tan gigantescas las diferencias entre esas fuerzas, que abarcan desde buena parte de Chile Vamos hasta la izquierda democrática, que no existe entre ellas la posibilidad de alcanzar acuerdos políticos?

Si nos atenemos a la realidad de la política cotidiana en nuestro país, en la que los partidos y sus representantes compiten por acaparar espacios y tiempos en la prensa, la respuesta debería ser que sí, que las diferencias son gigantescas. Sin embargo, si examinamos las ideas y principios que supuestamente orientan o debieran orientar la acción de esos partidos, se llega rápidamente a la opinión contraria.

El arco de ideologías y proyectos que expresan ese amplio centro alejado de los extremos que va desde Chile Vamos hasta la izquierda democrática se compone básicamente de tres grandes tradiciones culturales: el liberalismo, el humanismo cristiano y la socialdemocracia. Y cuando se examinan los fundamentos de estas tres tradiciones, resulta difícil sostener que sean corrientes de pensamiento irreconciliables. Las tres parten de una premisa esencial: la libertad. La justicia social de la socialdemocracia, el bien común del humanismo cristiano y la igualdad de oportunidades del liberalismo social expresan, desde perspectivas distintas, una preocupación compartida: que la libertad no sea un privilegio reservado a quienes cuentan con los medios materiales para ejercerla.

Algo semejante ocurre con la concepción del Estado y la economía. En este campo las diferencias respecto del grado de intervención del Estado entre el pensamiento liberal, el socialdemócrata y el humanista cristiano son apenas de matices, pues las tres corrientes de pensamiento aceptan la libertad de mercado y esa intervención del Estado. Y las tres reconocen en la democracia mucho más que un procedimiento para elegir autoridades. La entienden como un sistema de convivencia fundado en el pluralismo, la división de poderes, el respeto a las minorías y la protección de los derechos fundamentales, esto es en los términos en que contemporáneamente se define a la democracia liberal. 

Con relación a la política como instrumento de transformación de la sociedad, basta recordar que Karl Popper, uno de los mayores contribuyentes al desarrollo de la idea liberal contemporánea y que, en razón de ello, fue víctima de la injusta acusación de inspirador del pensamiento neoliberal, sostuvo en la obra en que dejó más claramente establecida su visión (La sociedad abierta y sus enemigos) que las sociedades debían cambiar mediante reformas parciales, susceptibles de evaluación y corrección, en lugar de someterse a proyectos totalizadores que prometen un futuro perfecto. El concepto de “sociedad abierta” de Popper exige, precisamente, que ninguna idea, autoridad o institución quede exenta de la crítica. Exige también la disposición a reconocer que podemos estar equivocados y que nuestras convicciones deben poder modificarse cuando la realidad nos ofrece razones para hacerlo. No es una exigencia menor en una época en que los dogmatismos, tanto de izquierda como de derecha, presentan sus certezas como verdades indiscutibles.

La evidencia muestra que las diferencias que hace décadas o posiblemente siglos atrás mantuvieron alejados a los practicantes de esas corrientes de pensamiento, hoy están superadas. Y que, en nuestro país, la confrontación, a veces enconadas entre ellos, se explica más por mezquindades de una política menor que por un razonamiento que mire objetivamente los intereses y necesidades de Chile y de quienes habitamos aquí. 

Una constatación que anima a pensar que una alternativa política y cultural que se reconozca en la libertad, la igualdad de oportunidades, la justicia social, el pluralismo y la democracia reformista es posible. Una alternativa que a la mayoría del país le permita dejar atrás la indeseable necesidad de tener que votar por el mal menor en cada nueva elección presidencial.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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2 Comments

  1. Kast fué elegido para q gobernara con las ideas de la derecha no de la centroderecha o chile vamos. Esas ideas, fueron derrotadas con Matthei q salió quinta….

  2. Yo creo que echan mucho de menos bolsear al Estado, entran en delirio, escribir lo que hoy leo es de no creerlo, el pituto y el hambre de bolsear causan estragos

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