¿Qué pasará tras la caída del régimen de los ayatolás en Irán? Esa es la gran pregunta detrás de la guerra entre persas e israelíes. Los ataques decapitadores, si bien ha demostrado enorme efectividad, rara vez son suficientes para generar una tranquilidad estratégica posterior. Por eso, la respuesta a esa pregunta no sólo es incierta en cuanto a la configuración inmediata de lo que suceda, sino también en el largo plazo. Son las dos facetas del llamado “día después”.
Por cierto, no es un misterio que Irán ha sido una potencia regional de cierto peso geopolítico en Asia, e incluso más allá. Lo que allí pase tiene algunas reverberaciones de alcance mundial. Así ha sido desde los años del Sha Reza Pahlevi hasta ahora. Y no se trata sólo del precio del petróleo. También de sus alineamientos internacionales y su proyección de poder.
Por eso, sus altibajos internos, como el deseo de los ayatolás de poseer una bomba atómica, le dan fuerza a esa angustiante pregunta que evoca un sinnúmero de eventos de longue durée, como dice Braudel. La verdad es que, desde la caída de Luis XVI en Francia a fines del siglo 18, cada fin de régimen en países con cierta gravitación externa produce dudas agobiantes sobre la estabilidad del reemplazo. Las experiencias no suelen ser tranquilizadoras.
Menos aún en el espacio geopolítico asiático. El derrumbe del socialismo Baath de Saddam Hussein en Irak, y el de la familia siria Al-Assad, demuestran lo azaroso que resultan estos cambios. Lo de Irán es especialmente complicado por varias razones.
Primero, no se sabe el efecto que pueda tener el desplome acelerado de toda aquella estructura montada por los chiítas y que se hizo con el poder en 1979. La huida del Sha en enero de ese año, y la asunción del ayatolás Jomeini pocas semanas después, marcaron un suceso de longue durée, ocurrido en plena Guerra Fría, aunque no tuvo la menor conexión con aquella disputa global de índole ideológica. En aquel momento, nadie imaginó que el “día después” produciría el nacimiento de una teocracia. Algo fuera de tiempo y lugar, como bien la calificó Stephen Walt.
Jomeini, pese a haber vivido su exilio en Francia, resultó una caja de sorpresas. Le dio a su revolución un curso fanáticamente anti-occidental. Alentó la toma de la embajada de EEU en Teherán y capturó a todo su personal diplomático. El episodio de aquellos rehenes marcó por décadas las relaciones con todos los países occidentales. Libros, películas, series de TV lo han documentado.
En segundo lugar, el brazo de Jomeini y sus sucesores alcanzaron muchos lugares del mundo. Su solidaridad con la causa palestina alimentó relaciones con dos grupos bastante tenebrosos, Hizbollah y Hamas. Con el primero generó una especie de semi-colonia en el Líbano, abriendo una provocación muy fuerte con Israel. Con el segundo aceleró las discordias intra-palestinas. También instaló una base militar de apoyo a los hutíes en Yemen. Las relaciones con todo el mundo musulmán no chiíta, especialmente Arabia Saudita, se deterioraron. Sin embargo, fue su belicoso programa nuclear el que produjo una litis insalvable con todo Occidente.
Sus brazos llegaron a América Latina. La justicia argentina estableció la conexión iraní en el caso del bombazo a la AMIA en 1994. Muchos sospechan que también estuvieron detrás de la voladura de la embajada de Israel en Buenos Aires dos años antes. El general A. Vahidi, quien acaba de asumir el mando de las FF.AA. tras la decapitación de todo el alto mando, apareció mencionado en las investigaciones judiciales y tuvo encargo internacional. Por eso, abandonó presuroso Bolivia al ser individualizado por las autoridades argentinas, mientras participaba en la inauguración de una “escuela militar antiimperialista” en 2016. El fiscal argentino Alberto Nisman indagaba esas conexiones cuando fue asesinado.
En el olvido cayó la cercanía del expresidente Mahmoud Ahmedinejad (aparentemente muerto durante los bombardeos israelíes la semana pasada) con América Latina. Viajó tres veces por el continente. Recibió otras tantas a Evo Morales en Teherán. También a Nicolás Maduro. Con ambos tuvo una relación intensa, aunque demasiado opaca. Lo mismo con la Nicaragua de Daniel Ortega.
Por ejemplo, se inauguraron vuelos directos entre Caracas y Teherán, aparentemente comerciales, aunque nunca se supo la finalidad. Varios periodistas de diversos medios y de muchos países intentaron comprar pasajes para conocer más de cerca aquel extraño vuelo poco asociado a necesidades de mercado. Los reportes fueron unánimes. Jamás hubo disponibilidad de tickets. En Bolivia se habló de hospitales, venta de drones y asesoría militar. En Nicaragua llegó a decirse que tenían una embajada de dimensiones descomunales con cientos de funcionarios. Incluso que Irán se iba a asociar al empresario chino cuya empresa iba a construir un nuevo canal bioceánico. Opacidad extrema.
Más allá de cuestiones puntuales, que posiblemente se conozcan más adelante, pareciera haber sido más bien una asociación con fines retóricos. Útil a la idea de expansividad que tanto gustaba a los ayatolás. De tal manera que el cambio de régimen tendrá un hondo significado en el posicionamiento externo de Irán.
En tercer lugar, hay que ver las posibles nuevas configuraciones políticas en el horizonte. Aquí surge la cuestión de las características que tendrá el “día después”. La confrontación con Israel, pese a darse en un plano estrictamente bélico, terminó diezmando políticamente al régimen y eso abre necesariamente muchas interrogantes acerca del futuro. Por de pronto, los herederos del Sha parecen estar atentos, especialmente su hijo mayor, quien, apenas se supo de la supremacía aérea israelí, se convirtió en un activo influencer. Ha visto una posible puerta para el regreso.
El posible restablecimiento de la monarquía sugiere al menos las siguientes preguntas.
¿Cuán viva estará aún la monarquía en la mentalidad iraní? ¿Tendrá aún fuerza política interna? Mirado fríamente, lo único que garantizaría un retorno de los Pahlevis al poder es la cercanía con EE.UU. Cuesta imaginar el sustento político interno. Su padre nunca mostró grandes habilidades en esta materia y prefería más bien ser considerado un socialité. Las revistas del corazón cubrieron sus fastuosas ceremonias de coronación y de sus tres matrimonios. Otra aún más ostentosa organizó en 1971 con motivo de los 2500 años del imperio persa. Y su hijo, el actual pretendiente, ha vivido en una especie de ostracismo parcial. Hasta ahora.
Otra duda: ¿qué será mejor para la estabilidad regional? Un ejercicio teórico indica que los pilares que garantizarían aquello son Israel, Turquía, un Irán pro-occidental y las dinastías del golfo. Sin embargo, no se ha visto en Irán una oposición gravitante y articulada. Ni dentro, ni fuera del país. En aquellas convulsionadas tierras, no se divisa un Zaratustra (el gran conductor de camellos o mensajero, en el sentido que le da Nietzsche).
Por todo esto, no es descartable que se termine pensando en una partición político- territorial, como ya han sugerido algunas partes involucradas.
En conclusión, el llamado “día después” parece aún muy incierto en Irán. La lección para todos es que no siempre los cambios de régimen político logran vertebrar una línea estratégica capaz de evitar tendencias anárquicas.
