Historia

Pasadas las doce del mediodía del lluvioso sábado 18 de julio llegó a uno de los grupos de WhatsApp asociados a la violencia en La Araucanía un mensaje que nadie quería leer: “Murió el carabinero del Gope de La Araucanía”. Era la noticia que desde hacía tres días temíamos recibir. El cabo primero Marcos Javier Cosme Barquero había sido baleado en Valdivia mientras participaba en un operativo para cumplir una orden judicial. No cayó en un procedimiento improvisado. Cayó haciendo exactamente lo que Chile le pidió que hiciera.

No pude evitar pensar en Dahianna, la viuda del suboficial mayor Eugenio Naín, a quien abracé por primera vez aquella trágica tarde de octubre de 2020, cuando despedimos a Eugenio en Temuco. Él tenía 24 años. Ella cargaba un dolor que ninguna persona debería conocer a esa edad. Esta semana volví a pensar en ella, en ese abrazo, y la llamé. Me respondió con una voz honda, escondida detrás de pocas palabras. Le pregunté qué sentía frente a lo que estábamos viviendo. Respondió desde el alma: “La historia sin fin”. No hay frase más certera ni más dolorosa para describir el momento que todo Chile debería estar lamentando.

Marcos tenía 32 años y llevaba más de 13 en Carabineros. Era un guerrero, en el sentido más limpio de la palabra. Valiente, disciplinado y preparado para actuar donde otros no podían hacerlo. Sabía que el coraje individual no basta y que las tareas más difíciles se cumplen en equipo. Participó en rescates de alta montaña y en ríos, compitió en triatlón y fue parte de la captura de los responsables del homicidio de los tres carabineros de Cañete. Su hoja de vida registraba diez felicitaciones. No era solo un hombre que portaba un uniforme. Era un servidor público que había hecho de la preparación, la cooperación y el cuidado de otros una forma de vida.

Marcos y Eugenio pertenecían a una generación demasiado joven para cargar con una violencia que el país arrastra desde hace décadas. Los unió el uniforme, el amor por Chile y finalmente el mismo acusado. Dos carabineros muertos por una cadena que el Estado no logró cortar a tiempo. Eso aprieta el pecho, no solo por la brutalidad de los hechos. Duele por lo que revela de nosotros como país y por todo lo que hemos permitido que siga ocurriendo.

El hombre que disparó contra Marcos Cosme el 15 de julio, en el sector rural valdiviano, es Carlos Esteban Cancino Tapia, alias “El Rana”. Se encontraba prófugo y tenía una orden de detención por su presunta participación en el homicidio de Eugenio Naín. Es decir, un hombre buscado por la muerte de un carabinero volvió a disparar contra quienes fueron a detenerlo y otro funcionario terminó perdiendo la vida. No es una coincidencia trágica. Es una secuencia. Un eslabón más de una estructura que se reproduce cuando el Estado llega tarde, cuando la impunidad gana tiempo y cuando nadie consigue desmantelar el entorno que protege a quienes ejercen la violencia.

Desde 2012, ocho carabineros han sido asesinados en hechos vinculados a la violencia de la Macrozona Sur. Ocho nombres que Chile no debería poder pronunciar sin que le tiemble el corazón: Hugo Albornoz Albornoz, Alex Gutiérrez Orellana, Eugenio Naín Caniumil, Francisco Benavides García, Carlos Cisterna Navarro, Sergio Arévalo Lobos, Misael Vidal Cid y Marcos Cosme Barquero. Ocho funcionarios que salieron de sus casas a cumplir una tarea que el Estado les encomendó. Ocho familias que cuentan los años desde que alguien no volvió. Ocho heridas que no cierran porque el país todavía no ha tenido la determinación de cauterizar la fuente.

Paradójicamente, esta semana se cumplieron 29 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. El concejal español tenía 29 años cuando ETA lo secuestró en julio de 1997 y dio al gobierno 48 horas para cumplir sus exigencias. España no cedió y ETA lo asesinó. Entonces ocurrió algo que cambió su historia. Millones de personas salieron a las calles. Lo hicieron en silencio, con las manos pintadas de blanco y una consigna sencilla: “Basta ya”. La ciudadanía dejó de mirar el terrorismo como una tragedia ajena o inevitable y decidió quitarle toda legitimidad social.

La respuesta no terminó ese día con ETA, pero marcó un punto de inflexión. No fue solo la policía, la justicia o la política. Fue una sociedad completa que decidió que ninguna idea, ninguna reivindicación y ninguna causa podían justificar el asesinato. La España adormecida, tardó décadas en llegar a ese momento, a ese despertar. Nosotros llevamos años acumulando los nombres de Albornoz, Gutiérrez, Naín, Benavides, Cisterna, Arévalo, Vidal y Cosme. ¿Cuántos más necesitamos para que Chile diga basta?

La violencia en la Macrozona Sur no es un fenómeno espontáneo. Tiene orgánicas, financiamiento, redes de apoyo y dominio territorial. No son hechos aislados protagonizados por individuos fuera de control. Son más de mil atentados que responden a una lógica sostenida en el tiempo, ejecutados por personas con historial, vínculos e impunidad acumulada. Carlos Cancino no apareció de la nada. Tenía una orden pendiente y un nombre en la investigación del caso Naín. Aun así, cuando los carabineros fueron a buscarlo para cumplir lo que la justicia había dispuesto, volvió a disparar.

La reflexión no puede detenerse en “El Rana” ni en otros imputados, varios de ellos son segundas generaciones de terroristas. La pregunta profunda es por el ecosistema que lo hizo posible. Por los años transcurridos desde el asesinato de Naín. Por el tiempo durante el cual permaneció prófugo. Por quienes pudieron haberlo protegido y por la cadena de decisiones e indecisiones que expuso a Marcos Cosme a un hombre acusado de haber participado en la muerte de otro carabinero.

Chile lleva demasiado tiempo tratando una hemorragia con algodón. Medidas parciales, Estados de Emergencia que contienen, pero no desarticulan, comisiones que producen informes y discursos que se agotan apenas termina la ceremonia. Mientras tanto, el Estado no recupera plenamente el territorio, las comunidades no recuperan la tranquilidad y los carabineros siguen cumpliendo mandatos judiciales frente a estructuras criminales capaces de responder con fuego.

El país está al debe con las familias de las regiones que por décadas han sufrido el miedo, la muerte y la violencia. También está al debe con quienes salen cada día a protegernos. ¿Qué confianza podemos tener en nuestra capacidad de enfrentar el crimen organizado que se expande por Chile si todavía no hemos logrado desarticular un fenómeno territorialmente acotado en el sur que lleva activo más de 30 años?

Dahianna lo sabe con una claridad que ningún análisis político puede superar, porque ella no lo estudia, lo vive, “La historia sin fin”, dijo. Y tiene razón. Es una historia que se repite con nombres distintos, con el mismo uniforme y con familias que vuelven a esperar frente a un hospital o a despedir junto a una bandera.

Marcos Javier Cosme Barquero murió el 18 de julio de 2026 cumpliendo una orden que Chile le dio. Tenía 32 años. Murió un día en que la lluvia parecía llorar su partida y el dolor del país. Fue un guerrero. Fue valiente. Supo trabajar en equipo y entregó su vida cuidando a otros.

Ahora nos corresponde cuidar a quienes nos cuidan. Que las manos blancas dejen de ser una imagen lejana y el “Basta ya” una consigna pronunciada por otros. Que se conviertan en la determinación colectiva de un país que no está dispuesto a entregar una vida más, que recupera el coraje de defender a quienes lo defienden y que, por fin, decide poner punto final a la historia sin fin.

Arquitecto/ Dirigente Gremial Araucanía

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2 Comments

  1. Muy bueno, comparto plenamente. Mis sentimientos de pesar. Fuerza y ánimo.

  2. Mis felicitaciones por esta columna. Un análisis valiente, necesario y profundamente humano.
    Tal vez, como en el caso de España, que nos recuerdas, una respuesta política y social unificada pueda cambiar el curso de este conflicto tan mal manejado por 30 años.
    La historia se repite, una y otra vez 🥹
    Es hora de que Chile diga de verdad, Basta ya!

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