La historia de la humanidad ha trascurrido entre períodos de crisis. Una de nuestras capacidades como seres humanos o Sapiens es saber enfrentar esos momentos de tensión, aprender y crear respuestas ante lo inesperado. Las crisis sociales pueden ser endógenas o exógenas, es decir, producidas por fenómenos sociales, económicos, político o guerras o fenómenos naturales como terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, eventos que tan bien conocemos en Chile. Las dificultades ponen a prueba nuestro ingenio y capacidad de salir adelante, imaginar y construir soluciones que finalmente son transformadoras de la realidad. Hay un antes y un después.

Lo que parece relevante es tener planes que permita reaccionar y actuar: corto y largo plazo. Para el momento de inicio de la crisis, soluciones de contención son claves. Para salir de la crisis, se requiere expansión, nuevas ideas y nuevos modelos.

Eso es un requerimiento tanto para las tensiones sociales como eventos naturales. Lo recientemente visto en Francia muestra que debe contenerse la violencia y a la vez debe haber un camino de ajustes para enfrentar la fuerte tensión social de migración, jóvenes descontentos y economías estancadas.

En Chile, los eventos naturales nos recuerdan estas exigencias cada cierto tiempo, y el más reciente son las avalanchas, donde contener la crisis apoyando a las víctimas y recuperar la infraestructura es la primera etapa, y claramente deben repensar y transformar las políticas de cómo gestionar las ciudades, contener las zonas de riesgos e incorporar tecnologías para prevención o aviso temprano de desastres.

Con esta reflexión de las crisis, nos encontramos esta semana con el inicio de la discusión del Presupuesto 2027, que tendrá durante las próximas siete semanas presente esta tensión: corto plazo-largo plazo o contracción económica- incentivos para la inversión.

Volvamos a la historia, para revisar qué ha sucedido en los grandes momentos de transformación de la humanidad, qué es lo que estamos realmente viviendo hoy a escala mundial. Quiero invitarlos conocer una historia que desde hace tiempo me obsesiona, y que ocurre hace ya más de seis siglos.

El Renacimiento fue el gran momento donde las sociedades reconocieron la importancia de potenciar el ingenio del ser humano y su capacidad de solucionar requerimientos sociales a través de la invención y las capacidades del hombre. Antes, sin duda hubo inventos significativos, sin embargo, no conocimos a sus creadores.

Para incentivar la creación de inventos, se comienza por resguardar tanto la creación como al inventor, es decir, a la persona capaz de dar respuestas ajustada e ingeniosas a un requerimiento social. ¿Qué necesita una persona para atreverse a convertir una idea en realidad? Saber que su esfuerzo tendrá reconocimiento, encontrar a quienes confíen en ella y contar con condiciones para desarrollar lo que propone.

El Senado Veneciano en 1474, veinte años antes de la llegada de los europeos a las Américas, aprobó un estatuto que es considerado el hito fundacional del sistema de patentes, ya que protegía durante diez años los dispositivos “nuevos e ingeniosos”. Lo interesante de este hito fue lo que estaba detrás, Venecia reconocía primero que contaba con una población muy talentosa, diversa e ingeniosa, locales y extranjeros que permanentemente se encontraban ahí e intercambiaban saberes y tecnologías. La apuesta social era que, al proteger tanto a los inventos como a los inventores, se estimularía un aumento para desarrollar más obras que sirvieran para mejorar la calidad de vida y la productividad de la sociedad en su conjunto. Por cierto, el propósito de este incentivo promovido por el Estado y la República era fortalecer la competitividad en el escenario internacional.

En los siglos siguientes, el Véneto, Lombardía y otras regiones del norte de Italia se convirtieron en un semillero de invenciones. Las mejoras en la agricultura, el riego, la navegación, el transporte y la maquinaria fueron ampliando las posibilidades de producir. A fines del siglo XVIII, Alessandro Volta desarrolló la pila eléctrica, que dio a conocer en 1800. La protección del ingenio fue parte de las condiciones que favorecieron esa transformación.

El conocimiento se expandió al mundo y dejó una manera de pensar que vinculaba la capacidad de crear con la posibilidad de emprender. Esa cultura productiva encuentra expresiones en la industria automotriz, la maquinaria y los alimentos, y también en formas innovadoras de organizar el trabajo. Es el caso de Benetton, cuyo modelo merece una reflexión propia: articuló una red de pequeños productores y talleres del Véneto, aprovechando el conocimiento local del tejido para transformar la manera de producir y comercializar vestuario.

Volvamos a nuestro país. La riqueza de Chile existe, pero convertirla en bienestar exige trabajo e ingenio. Nuestra geografía impone desafíos para cultivar, extraer, conectar y producir. Aprovechar ese potencial requiere conocimiento, infraestructura, inversión y condiciones que estimulen a quienes están dispuestos a emprender.

Son los hombres y mujeres de esta tierra quienes, con esfuerzo, técnica y conocimiento, han transformado ese potencial en recursos y desarrollo. El mineral bajo el suelo, las posibilidades del mar, la fertilidad de los campos y la riqueza de nuestros árboles se convierten en realidad cuando hay personas capaces de crear, inventar y emprender. Para hacerlo, los chilenos necesitan seguridad, reglas claras, acceso al financiamiento y decisiones públicas que permitan avanzar. Por años hemos sabido hacerlo, y hoy somos líderes en minería, industria alimentaria, salmón y forestal. Esa capacidad de transformar es la grandeza de nuestra economía y merece ser estimulada.

Esta reflexión busca recordar a quienes deciden sobre las finanzas del país que se requiere tanto contracción como estímulo. La discusión del Presupuesto trasciende los números, los apoyos políticos y los equilibrios económicos. Lo que nos jugamos en este período es qué cultura queremos fortalecer: la que abre posibilidades para florecer o la que se resigna a la queja.

Gobernar exige saber cuándo ajustar y dónde impulsar el crecimiento. Cuidar los recursos también implica abrir espacio para que las ideas se conviertan en inversión, empleo y desarrollo. Las crisis abren oportunidades, aprovecharlas exige decisiones que permitan dar espacio a crear, proponer y construir un mejor futuro.

Arquitecto/ Dirigente Gremial Araucanía

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