“Yo creo que sí”. Con cuatro palabras la ex Presidenta Michelle Bachelet cumplió la promesa de no quedarse de brazos cruzados tras su estrepitosa derrota camino a la Secretaría General de la ONU.
Su apertura para postular a un tercer mandato generó, en cuestión de minutos, una fuerza gravitacional que acomodó y desacomodó piezas en el tablero político nacional. Y es que ese es el poder que tiene Bachelet, guste o no.
Es cierto que es ridículamente temprano para plantear una eventual candidatura a La Moneda y también es verdad que tan adelantada disponibilidad da pie a un desgaste inevitable que termina por echar por tierra cualquier proyecto electoral.
Sin embargo, la “bacheseñal” fue encendida y deja en evidencia al menos tres realidades que cada responsable debería ponderar.
En primer lugar, que si bien el ex Presidente Gabriel Boric, a pocos meses de terminar su gobierno, fue grosero al no consultar con todo el espectro político antes de lanzar sorpresivamente la candidatura de Bachelet a la ONU, el Presidente José Antonio Kast tomó una decisión a todas luces infantil al no entregarle respaldo alguno a dicha postulación.
El éxito de la exmandataria era prácticamente imposible y si el Ejecutivo la hubiese acompañado con gallardía en ese camino, nadie podría haber si quiera insinuado alguna responsabilidad de Kast en el fracaso. Por otra parte, de haber tenido un inesperado éxito, la figura de Bachelet hubiese sido desactivada al menos en su injerencia en la política diaria nacional.
Pero no, se prefirió tomar la decisión de no respaldarla, sin una explicación del todo clara y que finalmente pareció ser más un guiño a una parte de la barra. Si este gobierno encuentra que la ONU es un organismo que poco y nada hace de importante, ¿por qué no respaldar el que una de las figuras más relevantes de la oposición se haga cargo de dicho páramo?
En segundo lugar, la euforia generada por la disposición de Bachelet en vastos sectores de la izquierda demuestra que la oposición no logra una unidad política que no dependa de figuras personales fuertes. Hoy, pese a los diarios regalos del oficialismo para estructurar una oposición con un proyecto seductor, no se logra unidad si no está Boric o Bachelet en la ecuación.
Si se le achaca al gobierno el no lograr enarbolar y sostener un relato que muestre un proyecto claro y sólido, la oposición ni siquiera parece tener narrativa alguna y sólo se manifiesta como algo parecido a un bloque cuando alguno de los dos expresidentes dice algo. El personalismo, sea quien sea quien lo materialice, es un arma peligrosa para la solidez democrática de un país.
En tercer y último lugar, la manifestación de interés de Bachelet de ser candidata y la bataola generada, demuestra el poder mitológico que se ha construido en torno a la exmandataria.
Nadie niega su histórico valor como primera presidenta de Chile, su olfato político, su poder de convocatoria, su energía y simpatía. Es, sin lugar a duda, una de las protagonistas de la historia nacional en este primer cuarto del siglo XXI. Pero pareciera que se olvidó todo lo sucedido, al menos, en su segundo paso por La Moneda, al punto de haber tenido que salir a desmentir en un par de ocasiones el rumor de una renuncia.
Es tal el simbolismo de Bachelet que incluso permea en la opinión pública con una fuerza tremendamente digna de estudio. Tal como en Estados Unidos se esgrime cada 4 u 8 años el “miss me yet?”, en Chile el “soa Michelle haga algo” es un slogan que circula a diario en los más insólitos rincones del país.
Todo lo anterior podría llevar a una pregunta que sólo el tiempo sabrá responder. Bachelet, consciente de este poder gravitante y mitológico que tiene, ¿realmente querrá volver a La Moneda o sencillamente, como mujer aguerrida que es, está mostrando sus credenciales exigiendo un trato apropiado?
La bacheseñal está encendida.
