El reciente anuncio del gobierno de José Antonio Kast de eliminar el subsidio a los combustibles desató una crítica inesperada dentro de su propio sector. Y, curiosamente, no se centró en la medida.

El reproche no es que Kast haya tomado una mala decisión. Es que no fue suficientemente empático al anunciarla: le faltó calidez, le sobró frialdad técnica. Debió —se dice— acompañar la medida con más gestos de comprensión hacia quienes verán afectado su bolsillo.

¿Estamos criticando a un gobernante que hizo exactamente lo que prometió en campaña porque trató a los ciudadanos como adultos? ¿O estamos frente a una incomodidad más profunda: la de una política que ha dejado de estar habituada a decir la verdad cuando esa verdad tiene costos?

Lo que Kast prometió y cumplió

Kast no sorprendió a nadie. Durante la campaña advirtió que Chile enfrentaba una crisis fiscal severa y que gobernar con responsabilidad implicaría decisiones costosas. Los chilenos lo eligieron sabiendo eso.

Lo que está haciendo es exactamente lo que dijo que haría. En un continente donde la brecha entre promesa electoral y acción de gobierno es un abismo crónico, la coherencia entre diagnóstico y decisión constituye, en sí misma, un acto de respeto democrático.

En América Latina el problema endémico no es solo el déficit: es la desconfianza. Cada vez que un político mintió para comprar popularidad erosionó la capacidad del Estado de ser creído cuando dice algo importante. La credibilidad es un activo institucional escaso: se construye lentamente y se destruye con rapidez.

Un gobernante que dice la verdad cuando duele, que no compra tiempo con dinero que no tiene y que asume el costo político de sus decisiones en lugar de transferirlo al futuro, está haciendo algo más que buena política fiscal. Está reconstruyendo lo que décadas de populismo han erosionado. Que eso sea hoy motivo de reproche dentro de su propio sector dice más sobre los hábitos adquiridos de la política latinoamericana que sobre Kast.

Lo que nadie dice sobre los subsidios

Hay un dato que el debate público suele omitir: los subsidios a los combustibles no son una política progresista. Son profundamente regresivos. Benefician más a quienes consumen más —es decir, a los sectores de mayores ingresos—.

Es cierto que los combustibles inciden también en el transporte público y en el costo de los alimentos, lo que genera un impacto indirecto sobre los sectores más vulnerables. Pero ese impacto se corrige con focalización, no con subsidios generalizados que diluyen el beneficio en toda la pirámide de ingresos y concentran el costo fiscal en quienes menos se benefician de ellos. 

Los subsidios generalizados no eliminan el costo, lo difieren y lo amplifican. Cuando el precio del combustible se mantiene artificialmente deprimido, las señales económicas se distorsionan: no se ahorra, no se buscan alternativas, no se invierte en eficiencia. El país entero sobre consumе un recurso escaso financiado con deuda. La política puede decidir quién paga el costo y cuándo, pero no puede eliminarlo. Podrían existir otras alternativas, pero ninguna sin trasladar el costo a las generaciones futuras. Reducir el impuesto en lugar de eliminarlo solo posterga el ajuste y amplía el déficit: la deuda de hoy es el impuesto de mañana, con intereses.

Lo que realmente se le reprocha a Kast

Entonces, el reproche no es la medida. Es no haber usado el lenguaje del político tradicional: ese que suaviza, promete, consuela; que pide perdón por lo que hará y jura que le duele más a él que al pueblo. Esa gramática tiene un nombre: populismo emocional. Y tiene un costo.

La empatía no es en sí misma un problema. El problema surge cuando sustituye a la responsabilidad, cuando se convierte en coartada para dilatar decisiones necesarias. La distinción no es sutil: un gobernante puede reconocer el costo de una medida, explicar por qué es necesaria y comprometerse a mitigar sus efectos sobre los más vulnerables. Eso es empatía responsable. Lo que se le reclama a Kast es otra cosa: que hubiera usado el costo ajeno de manera encubierta como recurso retórico para amortiguar su propio costo político. Eso no es empatía. Es instrumentalización.

Cuando los gobernantes habitúan a los ciudadanos a la anestesia retórica, el día en que alguien habla sin anestesia parece un acto de crueldad. La honestidad se vuelve sospechosa. Los chilenos saben lo que significa pagar más por la bencina. Necesitan que quien gobierna tome decisiones correctas y las defienda con argumentos.

El duelo político

Este conflicto tiene nombre en la teoría política. Max Weber distinguió entre la ética de la convicción, orientada por principios, y la ética de la responsabilidad, orientada por consecuencias. Weber no proponía elegir entre ambas sino sostenerlas en tensión permanente.

El populismo emocional que se le reclama a Kast no es ni convicción ni responsabilidad. Es una tercera cosa: la gestión de la percepción. Priorizar el rendimiento electoral por sobre la verdad.

Así las cosas, el «bencinazo» hizo emerger una tensión más profunda: entre quienes privilegian el rendimiento político de corto plazo y quienes están dispuestos a sostener consistencia intertemporal en las decisiones públicas. Por ello conviene que quienes hoy critican desde el propio sector recuerden la trampa en la que caen los gobiernos que asumen con vocación de orden y responsabilidad.

Durante años, otros expanden el gasto por encima de los recursos disponibles, construyen popularidad sobre promesas insostenibles y subestiman los costos de sus decisiones. Cuando ese esquema colapsa, el costo político no lo paga quien lo generó, sino quien debe corregirlo.

Ese patrón no es casual. Responde a una combinación de incentivos políticos de corto plazo y a un marco conceptual que tiende a subestimar las restricciones de la realidad. Bajo esa lógica, el gasto se expande por sobre los recursos disponibles, se sobredimensiona la capacidad recaudatoria del sistema y se minimizan —o difieren— los costos de las políticas propuestas. El resultado es conocido: presión tributaria creciente sobre quienes invierten y producen, deterioro de incentivos y, finalmente, la necesidad de financiar la brecha con deuda o emisión.

La promesa es siempre la misma: redistribuir hoy lo que aún no se ha generado mañana. Pero hay una trampa en esa lógica que rara vez se nombra con claridad. Quienes producen, invierten y generan empleo no son el problema que hay que corregir: son el mecanismo por el cual una economía crece y ese crecimiento llega siempre a quienes más lo necesitan. Cuando se los grava en exceso, no se redistribuye riqueza: se destruye la fuente que la genera. 

La evidencia es consistente: los ciclos de expansión con alta presión tributaria sobre el sector productivo no terminan en más igualdad sino en menos crecimiento. Y cuando la economía se contrae, los primeros en perder son precisamente los más vulnerables, los que no tienen ahorro, los que dependen del empleo formal, los que viven al límite. El populismo redistribuidor no empobrece a los ricos. Empobrece a los que no las tienen.

El patrón se repite en todos los gobiernos de izquierda. La reforma de salud de Obama —presentada con proyecciones que subestimaron sistemáticamente su costo real— terminó siendo significativamente más cara de lo previsto y generó distorsiones que obligaron a correcciones sucesivas. En Chile, distintos episodios de expansión del gasto con supuestos optimistas de recaudación gravados a los que invierten y producen terminaron también requiriendo ajustes.

Kast no actuó en contra de sus convicciones para ser responsable, ni fue responsable a costa de sus principios. Hizo ambas cosas a la vez: dijo lo que consideraba necesario y actuó en consecuencia, asumiendo los costos de esa coherencia.

La crítica apunta a la ausencia de un lenguaje que amortigüe el impacto de decisiones que, sin embargo, se reconocen como inevitables. Ese es el punto que convendría no olvidar. Porque si la respuesta frente a decisiones necesarias es exigir más anestesia y más dilación, lo que se está haciendo —aunque no se advierta— es preparar las condiciones para que ese mismo ciclo vuelva a repetirse.

Abogado, máster en Economía y Ciencias Políticas. PhD en Administración de Negocios.

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3 Comments

  1. Muy de acuerdo Eleonora …. El presidente demuestra en este acto un comportamiento responsable que merece respeto ….. Espero que la forma de comunicar encuentre pronto el estándar que requiere dentro de actos con honestidad y seriedad …..

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