El tema siempre fue por cuánto
Esta ha sido una elección en que había un acuerdo en cambiar la pregunta, ¿quién? Por una más específica, ¿por cuánto? No había incertidumbre, faltaba precisar.
El triunfo de Kast se daba por descontado debido a que los candidatos de derecha sumaban mayoría en primera vuelta y su simple agrupamiento ya permitía el triunfo, sin considerar que había más desde donde sacar apoyo.
Siendo este el mejor momento electoral de la derecha en materia presidencial en un siglo, pensar que se repetiría la diferencia de diez puntos de las dos ocasiones anteriores asomaba como bastante mezquino. La diferencia fue de 24, 34 puntos en 2017 entre Bachelet y Matthei. Ahora fue de 16,4, muy importante, pero menor.
Por si fuera poco, el aumento de nulos y blancos dejaba la posibilidad de abultar más la diferencia, si se pensaba que las posibilidades de crecimiento de la centroizquierda eran muy limitadas. El descontento no se canalizó por allí.
La cantidad de nulos y blancos muestra que una proporción de ciudadanos no entregan su confianza a nadie y prefieren mantener su independencia. Son críticos e insatisfechos, pero no son mucho más significativo que antes.
Esto augura una diferencia contundente, incluso mayor, aunque la interrogante era cómo reaccionarían los actores políticos, triunfantes y derrotados, terminados de recitarse los párrafos preparados que llamaban a la unidad y al entendimiento.
Se preveía que una diferencia en votos del tipo Bachelet-Matthei ya mencionado provocaría una conmoción destructiva en la centroizquierda y eso, me parece, es subestimar lo que ha mostrado ser este sector en esta campaña.
Es como si, para muchos analistas, el progresismo solo pudiera enfrentar buenas noticias y absorber malas nuevas únicamente con moderación. Pero, aquí, como en todos lados, se supo leer el resultado de la primera vuelta y, aún así o tal vez por eso mismo, la unidad y disciplina mostrada han sido una muestra de responsabilidad política notable.
El llamado de Jara a ejercer “una oposición propositiva y exigente” está muy distante de las posiciones extremas que se le atribuyeron desde la derecha y muestra una capacidad tanto de ejercer el diálogo como de defender posiciones.
El que se polariza pierde
Lo que hay que temer no es un intento de polarización unilateral por parte de una izquierda radical y revanchista. De existir no será la tendencia mayoritaria. Lo que sí debiera preocupar es que se den razones para una reacción más dura como respuesta a un proceder marcado por la agresividad desde el Ejecutivo.
Al término del proceso electoral nada de eso asoma todavía. La existencia de sectores homogéneos, cerrados e intolerantes no se condice con la realidad. Quien plantea este escenario es aquel que lo quiere crear y lo prefiere desde el inicio.
Una cosa es obtener un triunfo y otra que se nuble la visión y se caiga en la ilusión de tener un gobierno que no necesita de acuerdos mayores. Procurar que exista un mayor equilibrio en el Parlamento, particularmente por la composición de la mesa y de las comisiones, va a ser importante en este proceso.
Dentro de la próxima oposición, el PS puede articular una coordinación de la izquierda, incluyendo al PC y al FA, como también podría hacerlo con la Socialdemocracia y sectores moderados. Pero hay que tomar en cuenta que lo que no deje de coordinar lo hará por sí mismo y los liderazgos se diversificarán.
Una coordinación parcial con epicentro en la izquierda sería un retroceso en lo alcanzado por la candidatura Jara en la campaña y sería desperdiciar el esfuerzo hecho para vencer resquemores y una excesiva práctica de críticas públicas cruzadas, volviendo a la situación anterior a la de las primarias.
Se requiere disminuir incertidumbre en ambos lados
Para la centroizquierda la tarea consiste en eliminar las incertidumbres que dependen en exclusiva de sus jefaturas para ir recuperando confianza ciudadana.
Si tuviera que escoger entre dos formas de describir el resultado electoral: perdimos debido a la mala campaña que hicimos o pese a la buena campaña que realizamos, me quedaría con la segunda.
Hay ocasiones en las que se nada bien, pero la corriente en contra es muy superior. Dar continuidad a un gobierno y canalizar descontento no resultó posible.
Hay una forma de ganar, pero muchas formas de perder. Y la peor consiste en desechar aquello que se está haciendo bien o pueden ser considerados avances.
La manera en que se cierra la campaña por parte de Jara, su comando y los partidos que la respaldaron son una buena señal, porque de una demostración de orden y entereza se puede esperar una rápida asimilación de los resultados.
¿Todo esto tiene alguna importancia más allá de la centroizquierda? Por supuesto. Si este sector confirma los acuerdos programáticos que ya sus centros de estudio han constatado, entonces se establece un parámetro objetivo y público que permite tomar posición frente a los principales temas, lo que evita un comportamiento caprichoso e inestable ante el nuevo gobierno.
Significa que el progresismo está en condiciones de manifestar sus discrepancias cada vez que corresponda allí donde las líneas divergen, pero también podría cooperar en aquello que se esté de acuerdo. El comportamiento predominante de quienes trabajan en conjunto en la centroizquierda no será caprichoso.
Una candidata que pierde la elección diciendo “no quiero un país dividido” y que “nuestro quehacer se canalizará siempre por las vías institucionales, condenando cualquier atisbo de violencia, venga de donde venga”, no está llamando al desgobierno. Una oposición que se define como crítica y constructiva no se opone a todo evento a las iniciativas de un gobierno de muy distinto color político.
La coherencia siempre retribuye. Si se criticó a Kast en campaña por la ausencia de capacidad de diálogo mostrada en el pasado y por la falta de voluntad de llegar a acuerdos, no será para poner en práctica lo mismo que se consideró un error.
Si en algo se parece la próxima administración a la saliente es que ambas parten encabezados por líderes sin experiencia en la gestión del Estado. Hacer es bien distinto de ejecutar y ni los mayores partidarios pueden tener la certeza de cómo se va a conducir el gobierno. Disminuir incertidumbres será también su tarea.
Lo indudable es que ahora el nuevo Presidente tiene la iniciativa y lo sensato es que sus primeros pasos no se circunscriban a contarnos los pormenores de cómo se conforme el nuevo gabinete, sino que nos diga a qué acuerdos está dispuesto a llegar. Con un gobierno de puras emergencias no se llega muy lejos.
La diferencia fundamental no está en los números, si no en el comportamiento político ante el resultado. Lo que viene depende de la capacidad de asimilación de los resultados, no de la diferencia de votos.
