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Llegó marzo de 2024. Ya van dos años del gobierno de Gabriel Boric y casi cinco desde el convulsionado octubre de 2019. Ricardo Lagos se retiró de la vida pública, Sebastián Piñera ha muerto y, con ellos, se acabó definitivamente la transición. Hemos vivido años revueltos y la sensación de crisis persiste. Me pregunto dónde estamos parados en este momento, cuál es la foto de Chile tras este período. Sin el ejercicio de mirar juntos dónde nos encontramos, ¿sabríamos cómo seguir?

Desde el simbólico 2019, el ambiente ha cambiado. Pasamos de la efervescencia y la sed de transformaciones, al cansancio y la preocupación por las necesidades más elementales. Dos procesos constitucionales fallidos han hecho desaparecer la esperanza de resolver nuestros problemas a punta de letra escrita. La atención está centrada en cuestiones urgentes, que afectan la vida diaria: seguridad, empleo, educación. A ratos se instala el desánimo, aunque se nos olvida que hasta hace un año y medio estuvimos bordeando el precipicio. Pero, aun así, las urgencias contrastan con la ausencia de soluciones, con la falta de caminos reales para superarlas.

El momento presente parece dominado por una percepción de impotencia de la política, una dolorosa conciencia de la incapacidad actual para enfrentar con eficacia los problemas que nos agobian. Las preguntas que han flotado en el aire las últimas semanas tienen que ver con esa dura constatación. ¿Cómo nadie puede evitar los incendios deliberados o las muertes de niños en balaceras? ¿Cómo no se encuentra a los culpables? ¿Cómo va a ser imposible un acuerdo político para asegurar que todos los niños de Chile lean y escriban? ¿Cómo llegamos a un Estado que falla sistemáticamente en cumplir sus tareas elementales?

La sensación de impotencia parece ser transversal: la padecemos los ciudadanos, la padece la oposición y probablemente la padece también el gobierno. Quizás el primero en sufrirla sea el propio Gabriel Boric, quien está a años luz del diputado que fue, utópico y contestatario, pero no logra dar con el modo de afrontar los problemas reales. Hay una contradicción insalvable entre la retórica que lo llevó al poder -que deslegitimaba la idea misma de gobierno-, y la autoridad que necesita para ejercerlo.

De todos modos, sería injusto achacar al ethos frenteamplista la responsabilidad total de esta impotencia política. La actual parálisis va mucho más allá de esta administración y sus innegables problemas. Desde hace años la política chilena viene revelando una incapacidad de responder con eficacia a las dificultades que denuncia y de articular una voz y un horizonte que conecte con la vida de las personas. Las causas son, obviamente, múltiples, y entre ellas parece estar la desacreditación de la autoridad a todo nivel, como constatan también los colegios y las familias.

Resulta difícil pensar que esta crisis de autoridad política pueda ser superada por el gobierno por sí solo. Si queremos instituciones capaces de responder eficazmente a los problemas que enfrenta Chile, no basta con criticar al gobierno y esperar que pasen dos años. Nada sugiere que la crisis de autoridad que impide hacer algo frente al crimen organizado o la destrucción de la educación pública pueda revertirse con un sencillo cambio de gobierno, menos frente en el escenario actual de ausencia de liderazgos sustantivos. Si nos interesa superar esta paradójica impotencia del poder, es preciso preguntarse qué podemos hacer desde la política, desde la academia, desde los colegios, desde las empresas, desde las familias, cada uno de nosotros. La reconstrucción en este ámbito será lenta y difícil, pero el costo de no emprenderla es demasiado alto.

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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