Cuando el candidato republicano José Antonio Kast irrumpió en su campaña presidencial de 2025, la verdad es que era el mismo de las dos elecciones previas, pero había desarrollado un proyecto que ponía énfasis distintos. Por una parte, parecía existir una mayor vocación de victoria y la comprensión de una coyuntura distinta, que podía ser aprovechada para ampliar la base de apoyo y enfrentar a la izquierda con razonables posibilidades de éxito. Por otra parte, el análisis del equipo republicano había llegado a la conclusión de que Chile efectivamente enfrentaba una realidad con diversos problemas que debían ser enfrentados con urgencia, por lo cual el país requería un gobierno de emergencia.

El programa de Kast era claro al respecto. Los problemas principales se concentraban en tres ámbitos: la seguridad, la economía y los problemas sociales. Es verdad que muchos podrían pensar que estos temas siempre deberían ser del interés de los gobiernos, con lo cual no habría mayor novedad. Sin embargo, el asunto es más complejo: años atrás la población se había manifestado favorable al cambio de la Constitución o simplemente había hecho que ciertas discusiones ideológicas pasaran al primer plano, dejando en un lugar secundario muchas cuestiones que afectaban la vida cotidiana de la población.

La campaña del candidato republicano fue exitosa. Primero, porque logró instalar los temas de la campaña y de la elección, lo que no siempre resulta cuando se diseña un programa. Segundo, porque dichos temas –especialmente la seguridad y la economía– pasaron a ser también las principales preocupaciones de la ciudadanía. Tercero, porque efectivamente Chile ha tenido un grave problema de delincuencia, inseguridad y criminalidad, que afectan la vida de la población, el prestigio del país y cuestionan la utilidad de la política. Y Kast, que venía repitiendo esos temas y énfasis desde 2017, resultó ser un candidato creíble y ganó los comicios de 2025.

El triunfo de José Antonio Kast en dichas elecciones puede explicarse por muchas razones. Entre ellas, que enfrentaba a la candidata de continuidad de un gobierno mal evaluado por la población y que era militante del Partido Comunista, lo que alienaba algunos apoyos y le ponía un techo a su postulación. Pero eso no basta: es aquí donde resulta clave la comprensión del gobierno de emergencia y la ilusión o la expectativa de enfrentar con éxito la delincuencia desatada y una economía con un crecimiento mediocre y desempleo al alza.

Otra cosa es gobernar. Desde el 11 de marzo se pueden advertir ciertos énfasis del Ejecutivo, pero existe la sensación de que falta mucho por hacer, e incluso que la delincuencia está más o menos igual, con una economía que no despega y un desempleo que se acerca al millón de personas, lo que sin duda es mucho, pues representa cerca del 10%. La delincuencia sigue presente en la vida diaria, aunque haya señales de que disminuirán los asesinatos y que la inmigración ilegal ya presenta números auspiciosos. Pero en la vida diaria, todavía hay inseguridad, proliferan los asaltos y diversas formas de delincuencia. No obstante, se ha trazado un camino y comienza a pavimentarse otro.

El primero es de naturaleza económica, y es el discutido y aprobado Plan de Reconstrucción presentado tempranamente por el gobierno y liderado por el ministro Jorge Quiroz. Representa un importante cambio de rumbo y significa, al menos, una expectativa de cambio, de progreso, después de muchos años de relativo estancamiento, aumento de la deuda pública, además de otros problemas que redundan en una economía estancada y con problemas que no han tenido solución.

El segundo se refiere a la seguridad y ha sido el tema de esta semana, con el claro sentido de dar prioridad al combate del narcotráfico y el crimen organizado. Para ello, en cadena nacional, el Presidente Kast presentó su Agenda contra el Crimen Organizado y el Terrorismo (ACOT), “Vamos a perseguir [sin descanso], capturar [sin excusas], juzgar [con el peso de la ley] y condenar [sin beneficios] a todos los que buscan destruir nuestra sociedad”, aseguró el gobernante en su mensaje. Con ello los chilenos van a recuperar la libertad perdida, mientras los narcotraficantes y delincuentes la van a perder. Como era previsible, rápidamente la oposición ha manifestado sus discrepancias al respecto.

El ministro de Seguridad, Martín Arrau, tiene mucho trabajo por delante, no solo porque en su gestión descansa parte importante del éxito del gobierno, sino también porque representa muy bien las esperanzas de la población. Por otra parte, porque se mezcla la necesidad de éxito en los objetivos con la rapidez que requiere para llevar a cabo las iniciativas legislativas, a lo que se suman los esperados éxitos en la gestión, tanto en la disminución de los delitos, la captura de los delincuentes y el mejoramiento en la percepción de inseguridad o el temor al delito.

Con todo, los desafíos de Chile no se acaban con materias económicas o de seguridad. El tema de fondo en materia política y de la vida en comunidad es que la gente viva mejor, que pueda tener su mayor desarrollo espiritual y material. Por lo mismo, la tercera dimensión es social, y ahí se juega realmente el futuro de Chile. Este desafío se da en circunstancias difíciles para Chile: un país endeudado, con más personas viviendo en campamentos, largas listas de espera en salud y donde cientos de miles de niños no entienden lo que leen en cuarto básico, hay medio millón de jóvenes no estudia ni trabaja y tantos otros problemas que casi nunca vemos, que no son prioridad, porque aparecen subordinados precisamente a los problemas económicos y de seguridad, y por cierto a los temas políticos. Sin embargo, el futuro de Chile se juega en la calidad de vida de las personas, en las posibilidades de realización personal, a través de sus trabajos y familia, así como la urgencia de generar condiciones sociales que permitan vivir en paz, con seguridad personal, y ciertamente con una economía más dinámica, que permita crear empleo y ampliar las oportunidades en todas las regiones y en cada pueblo del país. Solo eso puede hacer creíble el sistema político y el económico-social.

Tener un gobierno de emergencia fue una propuesta política y una decisión de la ciudadanía. Hoy es un hecho y sus desafíos están a la vista, con una propuesta exitosa y aprobada en economía, y otra que seguramente también contará con respaldo legislativo, aunque tendrá detractores, oposición y contradicciones. Adicionalmente, hay problemas políticos de distinto tipo, que van desde la baja del gobierno en las encuestas y las disputas al interior del oficialismo. A esto se suman otros aspectos, como los problemas con nombramientos de seremis y otras autoridades. Se podría decir que eso no es más que algo propio de las dificultades que experimentan los gobiernos, pero hoy la realidad chilena tiene un problema, que es precisamente la emergencia, con todo lo que ello implica. El Plan de Reconstrucción está aprobado, ahora quedan dos desafíos: superar el Tribunal Constitucional y que efectivamente haya resultados, como la mayor inversión y, sobre todo, la creación de empleo. Ahora viene la Agenda contra el Crimen Organizado y el Terrorismo (ACOT), que también tiene dos implicancias: debe ser aprobada en el proceso legislativo y debe tener resultados prácticos. Finalmente, está el tema que hoy no aparece tanto en el lenguaje político ni en la comunicación del gobierno: se trata de la nueva cuestión social y de los desafíos de Chile al respecto. Esa es la verdadera emergencia de Chile, por cierto, menos visible, pero también más desafiante y que tiene más riesgos. Ahí se juega el éxito del gobierno y, en un sentido más amplio, el perfeccionamiento del sistema institucional chileno.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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