La expresión “el día después” se entiende como el balance –bueno o malo– de algún acontecimiento de impacto. El martes 19 de octubre fue uno de esos días. El cómputo de los daños en las personas (2 fallecidos) y en las cosas (destrucciones y saqueos) en conmemoración del 18-O del día anterior ha sido impresionante. Nuevamente, la oscura cara B de los miles de manifestantes que pacíficamente marcharon por la calles de varias ciudades del país.
En rigor, no es propiamente violencia política; los vándalos y saqueadores no concurren a los hechos con ideologías militantes, pero sí operan con animus ideológico que identifica los símbolos del poder político y económico como los demonios que se deben abatir. Si eso no es política… Y qué decir de las causas y las consecuencias políticas de sus desmanes. Fernando Atria arribó a justificar la violencia como la impulsora del proceso constituyente del cual él es un feliz integrante. Nos recordó a Marx y su “partera de la Historia”, explicación sociológica que encubre académicamente los peores horrores que la violencia ha provocado a la humanidad.
La violencia social y política nace, la mayor parte de las veces, de situaciones en las que los atacantes perciben que no pueden recorrer las normales vías políticas –reguladas por las leyes y las instituciones del Estado– para lograr las transformaciones que reivindican y que consideran nobles y justas.
Son dos años de calles asoladas (territorio público, de todos), con los paréntesis impuestos por la pandemia y con citas y lugares rituales –los viernes de plaza Baquedano, por ejemplo–. En un anterior artículo hablamos del mal oscuro de la rabia social y política, de ese sustrato que nos acompaña, pronto a salir en condiciones propicias, como el lunes pasado. También hemos expresado los peligros que conllevan las acciones de los enrabiados: el debilitamiento de las instituciones de la democracia y de las normas de convivencia civil y pacífica. Un camino de imprevisibles consecuencias, entre las cuales algún autoritario populista –de derecha o de izquierda– espera a la vuelta de la esquina.
Ahora bien, si los asoladores en su gran mayoría no son revolucionarios profesionales, a tiempo completo, sí lo son quienes, apertrechados de ideología, hacen de la ruptura institucional su estrategia de llegada al poder. La pelotera destructora se aviene muy bien a su diseño. Ellos adoptarán, consecuentemente, la explicación justificatoria del vandalismo, el “despertar” de Chile será el respaldo moral de las tropelías, sin importar los daños presentes y futuros, tampoco los riesgos que corra la democracia. Al final, del caos nacerá el orden nuevo.
Pero hay otros modos de ubicarse frente a la violencia pos 18-O: el del silencio y el da la ambigüedad. El primero, el silencio, puede explicarse por dos razones: o la reserva se debe a una legítima duda y consecuentemente a la debida prudencia antes de emitir un juicio (prudencia excesivamente larga, dos años); o el callar obedece a la perspectiva de evitar el reproche (insultos y funas) de sectores útiles en el cálculo electoral. Baste considerar cuán poco fructífero era el discurso condenatorio de la violencia callejera en un candidato a la Convención Constituyente, por ejemplo.
Por las mismas razones (incertidumbres o cuentas electorales) puede explicarse la ambigüedad en asumir con decisión y sin equívocos la postura política y moral contra la violencia. Se prefiere el rodeo y el provechoso “pero…” insertado tras una tibia y formal condena a la furia destructora. A ese “pero” le siguen intentos, que pueden ser bien intencionados, de comprender las causas de la violencia y los violentos, mas comprender no es lo mismo que justificar. Identificar las causas es un ejercicio provechoso y debido para elaborar y aplicar políticas públicas que erradiquen el mal de la violencia social, nunca para exonerar al destructor de su propia responsabilidad personal. Eso se llama paternalismo y de verdad atenta a la dignidad y a la autonomía de los sujetos, eximiéndolos de responder por los daños o delitos, como si fuese un infante sin discernimento alguno.
Queremos dirigir esta reflexión especialmente al centro y a la izquierda democrática, de la cual formamos parte. Fue la centroizquierda de los años 80 la que levantó la causa de la democracia, la que precisamente optó por la vía política y no violenta para terminar con la dictadura. Ese bien reconquistado, la democracia, aquella institucionalidad erigida en los años siguientes como dique y defensa del estado de derecho, deberían ser razones para liderar un frente transversal y unitario contra los peligros de la violencia en contra de esos preciosos bienes sociales. Aún hay tiempo.
