Ya desde hace un tiempo una nueva palabra ha ingresado al vocabulario político y sociológico chileno, columnistas y opinólogos la utilizan a menudo, generalmente en tono despectivo, a veces con borroso significado. Lo cierto es que, aplicado a la política chilena de hoy, se ajusta a conductas y decires que abundan en textos y declaraciones, que se ajustan a lo que se cree que la buena gente común comparte. De partida, se pregona algo simple, obviamente bueno, irrefutablemente bueno, pero que no soluciona los graves problemas sociales, pues la realidad, los inclementes números y los aviesos intereses de grupos y personas hacen que la cosa sea más compleja que poner buenos sentimientos a las acciones. La “buena onda”, como se dice en Chile, no basta frente a la carencia de recursos (públicos), la violencia de los exaltados, las facciones que pueblan la política, las intolerancias ideológicas o los rencores acumulados y avivados por cosechadores de la rabia social, justa o injusta que sea.

La Real Academia de la lengua española, serios custodios del idioma, incorporó el término del siguiente modo: “Actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia”. De lo que sabemos, el término buenismo se conoce desde fines del siglo pasado. Leemos que habría sido inventado en Italia por el profesor  Galli della Loggia en un editorial del diario Corriere della Sera, en mayo de 1995. Desde entonces tuvo mucho éxito, siendo repetido por políticos, periodistas, analistas, siempre peyorativamente, casi como una insulto. Habría pasado luego a España, en donde el presidente Rodríguez Zapatero fue en su época acusado de buenista a causa de su política exterior, sobre todo respecto a Irak.

La proveniencia italiana no sorprende; Italia es una país de abundante invención de jerga política, recordemos la creación de las “convergencias paralelas” por parte de Aldo Moro, el líder demócratacristiano asesinado por las Brigadas Rojas. Lo que en geometría era imposible, en política no lo era. El concepto se aplicó a la colaboración entre el PC y la DC italiana, el conocido “compromiso histórico” (otro descubrimiento italiano), que por lo demás nunca fue llevado a cabo.

Pero, como la lengua (o el habla) se resiste a las rigideces académicas, el vocablo ha ido adquiriendo otras connotaciones: sentimentalismo elemental e indiferente a los reales resultados obtenidos, angelismo, ingenuidad, ostentación de bondad. En la vida cotidiana, familiar o  social el buenismo no pasa de ser un actitud personal, un modo de ver los conflictos y penurias de los demás, quizás algo molesto para los “malos” y para los escépticos acerca de la sinceridad de la proclamada benignidad humana. Pero en la política y en los protagonistas de ella, el buenismo puede tener consecuencias no deseables, o ser una salida ante la falta de argumentos e ideas, o simplemente ser otra artimaña para captar consenso fácil.

La simpleza del buenista se denota en una actitud de exagerada comprensión por todas las posiciones, una tolerancia llevada al límite de la negación de empatía hacia quienes sufren las consecuencias de pensamientos políticos en que la violencia está permitida o, al menos, justificada por la marginación y la pobreza. Véase las víctimas de la destrucción del estallido 18-O: microempresarios, comerciantes, citadinos vandalizados en las Zonas Cero de la revuelta callejera: “Comprendo las causa de los agresores, no comparto o desconozco los padecimientos de los agredidos”, dice el buenista tendencioso.

El buenista expone continuamente declaraciones de buenos, simples sentimientos, casi como actos de fe. En algunos políticos elementales, la cosa funciona frente a electores dispuestos a creer que basta con enunciados facilones y denuncias de gente agobiada económicamente para que las arcas, no se sabe cuáles, se abran y alivien sus carencias. Si algún serio economista pone a esos políticos frente a la dura realidad de las cifras, será funado como un insensible tecnócrata. El daño provocado será distinto pero no menor a la penuria alegada; será la frustración y los perjuicios mayores a una economía de la cual depende todo el país.

Probamos a identificar los alcances de la palabra, de acuerdo a cómo se emplea para determinadas actitudes. En todos los casos apreciamos la exposición continua y ostentada de buenos sentimientos e intenciones, sentimientos indiscutibles y compartidos por todos; de ahí el consentimiento –y el fácil aplauso– que se obtiene de parte de los interlocutores. Los like de Facebook son una buena muestra de la satisfacción perseguida por el buenista. Claro, es una demostración que en sí no provoca daños sino complacencia en quienes leen y aprecian las frases y aforismos benevolentes, pero ¿cuántos de aquellos post reflejan realmente al autor, autora? ¿Cuánto hay de falsa bondad en tanta ostentación? Quizás si alguno, después de postear, se enzarza en furibunda riña con los vecinos, vaya uno a saber.

El buenismo tiende a rebajar el valor de los verdaderos y bellos sentimientos, a fuerza de su propia abundancia y facilidad de expresión, como una mercancía que se regala a destajo. Una acertada confirmación de ello la encontramos aquí: “El buenismo lo nivela todo, todo merece la misma compasión, el mismo sentimiento, todo ‘preocupa’, todo ‘inquieta’. Ese sentirse preocupado e inquieto exime de la necesidad de hacer algo”. (Valenti Puig, 2005).

Necesaria nota final: la palabra buenismo no debe ser vetada, sino rescatada del valor negativo que apresuradamente se le otorga, que a fuerza de sobreabundancia de uso –como sucede con el término “populismo– sirve para barridos y fregados, un comodín para descalificar rápidamente posiciones distintas. Puede ser una calificación sarcástica que desdeñe las posiciones favorables a la integración y bienestar común, al humanitarismo y al idealismo del compromiso social.

Tachar de buenismo la solidaridad con la gente en desventaja o que sufre las consecuencias de desastres económicos, bélicos o naturales, como los inmigrantes o los cesantes de la pandemia, sería legitimar la indiferencia que lleva directamente al no hacer nada por ayudar, por resolver dramas que no pueden ser ajenos a una sociedad que se funda en la conciencia y en la ética de convivencia civil.

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