La contratación de un estudiante de primer año de Periodismo en el Ministerio del Interior y todo lo que ello ha significado, vuelve a dejar expuesto uno de los puntos débiles de la administración de José Antonio Kast.

Al menos tres son los aspectos que este caso puntual exige considerar.

En primer lugar, es de una irresponsabilidad mayúscula. La formación profesional en Chile existe para otorgar a los estudiantes competencias y habilidades definidas y exigidas en cada proceso de acreditación a la que una institución de formación superior debe someterse.

Evidentemente, quienes formamos profesionales, sabemos que ciertos estudiantes desarrollan tempranamente habilidades que lo facultan para desempeñarse como practicantes o pasantes, pero también sabemos que le falta cierta madurez, desarrollo de habilidades, competencias profesionales e instrucción sobre ética y desempeño responsable que son fundamentales para ser considerado un profesional.   

Sencillamente no se entiende que quienes dirigen el país deleguen funciones relevantes en quien recién comienza su formación profesional. Salvo, claro está, que se considere dichas funciones como irrelevantes.

En segundo término, es de una falta de pudor que ya parece costumbre en la política. Un estudiante de periodismo de primer año contratado por un monto que supera con creces el sueldo promedio que un comunicador obtiene a su egreso de una universidad del país es una bofetada para cualquier profesional, porque, además, casi triplica el sueldo promedio de un chileno, cociente que sabemos está inmensamente inflado por las altísimas rentas de un pequeño porcentaje.

No hay decoro al contratar en una repartición pública a un joven, por brillante que sea, que dice estar estudiando y, a la vez, trabajando con una remuneración de, supongamos, jornada completa. Cuántas trabas tienen los funcionarios públicos en obtener la autorización para capacitarse con un diplomado o un magister y resulta que un estudiante de pregrado es sumado al equipo sin oposición alguna.

En tercer y último lugar, este impasse se suma a una larga lista de episodios que demuestran el cómo entiende y valora el gobierno actual la comunicación.

Se confirma que para el Ejecutivo la comunicación es un oficio que requiere de “hacedores” más que de planificadores, donde lo importante son las tácticas más que la estrategia y en la que la campaña permanente prima sobre la comunicación de gobierno.

Sólo queda agregar que, por falta de una vocería formal y profesional, el subsecretario del Interior y el ministro del Interior, jefe del gabinete, debieron salir al paso. Simplemente por la contratación irresponsable e indecorosa de un estudiante.

Exceso de colágeno, ausencia de estrategia.         

Doctor en Comunicación Pública. Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae

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