Un histórico debate entre quienes investigan y ejercen (con conocimiento) la comunicación política se centra en lo que ocurre una vez alcanzada la victoria electoral. El, a veces angustiante, “¿y ahora qué?”.

La literatura especializada señala comúnmente que son dos los caminos entre los que un candidato ganador y su equipo pueden elegir. El primero es el de “campaña permanente”, en el que se mantiene la intensidad, el tono y la narrativa que se tuvo durante toda la contienda electoral.

El segundo, es el de “comunicación gubernamental”, en donde se toma conciencia de que el candidato deja de serlo y pasa a desempeñar un cargo durante un tiempo más extenso que el de la campaña, con un equipo más numeroso y diverso, y representando en todo momento a la totalidad del municipio, el distrito o el país que lo eligió.

Respecto a la conveniencia de seguir un camino u otro hay grandes discrepancias y se han generado broncas acaloradas en equipos estratégicos. Pero no hay mejor evidencia que lo que sucede en la realidad y Chile, una vez más, se ha convertido en un ejemplo para condimentar el debate.

Los primeros dos meses de gobierno, bajo la premisa de la urgencia, dan cuenta de que el equipo del Presidente José Antonio Kast ha optado por sostener la narrativa de campaña al menos en tres dimensiones.

Por un lado, se conserva el discurso confrontacional. Resulta evidente que durante el proceso electoral deben destacarse los contrastes con los oponentes, pero ya en el poder, es riesgoso sustentar dicho encuadre. El abuso de culpar al pasado, la ausencia de empatía en la toma de decisiones difíciles y el uso de conceptos propios de un panfleto es difícil de digerir en una democracia que, según predica, se aleja de populismos. Lanzar a la arena digital la afirmación de recibir un “Estado en quiebra” es un ejemplo penoso que sigue inquietando, a tal punto, que sea lo que encuentren las auditorías en curso ya la sentencia parece dictada, aunque sin evidencia clara. De igual modo, opacar un éxito policial/político con publicaciones como “mientras el gobierno pasado salía a balazos (..), la ministra Steiner salió con 5 detenidos” evidencia que un mensaje ideal en una campaña es cavernario una vez en el poder.

Por otro lado, el esquema del equipo comunicacional del nuevo gobierno parece aspirar a mantener una verticalidad que reflejaría un desconocimiento preocupante de los espacios y los tiempos de las diversas reparticiones de un aparato estatal. Una campaña electoral es exitosa en la medida de la verticalidad del equipo que conduce el mensaje. La comunicación gubernamental, en cambio, requiere más horizontalidad. Como ejemplo, se apreció al comienzo una estrategia de copamiento –o de “trabajo de verdad” como se dijo– al que no todas las carteras ministeriales lograron subirse, sencillamente porque sus áreas no ameritan atolondramiento. Además, es sabido que las filtraciones, al menos tres por semana, son difíciles de rastrear en una estructura vertical.

Por último, se mantiene un personalismo que, desde luego, es necesario en una campaña electoral. Sin embargo, ya en el ejercicio del poder es el equipo ministerial, con la vocera en primera línea, el que debe darse a conocer con acciones contundentes. Esto no logra instalarse porque en el discurso se explicita que cada paso está decidido por el Presidente por lo que, ante cualquier desacuerdo, para la prensa, los parlamentarios y los propios ministros, resulta más conveniente acudir directamente a él. Es por esto que demasiadas veces ha salido el mismo presidente Kast a explicar, ponderar o desmentir declaraciones de su equipo y, como si fuera poco, también ha debido poner paños fríos en discordias interministeriales. Nada más conveniente para un ministro con agenda propia y temperamento febril que la figura del presidente como comodín.    

En definitiva, el llamado “gobierno de emergencia” parece haberse decidido por un modelo comunicacional de campaña permanente, dejando de lado la posibilidad de adoptar un discurso más sereno e ilustrativo, un andamiaje comunicacional más horizontal y descomprimido, y un encuadre que cuide la omnipresencia del presidente.     

Es fácil tentarse por una estrategia de campaña permanente cuando durante la contienda electoral se cosecharon éxitos, pero en 60 días esta apuesta requiere ajustes importantes y profundos. Y, hay que decirlo de una vez, estos cambios pasan por estructuras y discursos, pero también por personas que, por efectivas que fueran para conquistar votos, no lo son para narrar un gobierno.

Un ajuste de estrategia y un cambio en el equipo ministerial no son señales de ingobernabilidad ni de fracaso. Realizados de manera correcta, son indicación de coraje, humildad y amor por el encargo recibido.

Estamos a tiempo.

Doctor en Comunicación Pública. Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae

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1 Comment

  1. Visto de una manera, pudiese parecer un aporte objetivo, especialista y desinteresado para mejorar la situación. Pero, leído más de una vez, no es un aporte objetivo ni desinteresado, es la visión de un opositor, de alguien que no le agrada lo que se está haciendo. Sería más transparente abordarlo desde esa identificación.

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