Hemos pasado un nuevo aniversario del estallido social del 2019 en Chile. A pesar de ser muy recordado en columnas de opinión y seminarios académicos, no parecen haber surgido muchas explicaciones o interpretaciones nuevas sobre sus orígenes y consecuencias. Tampoco despertó demasiado interés en la gente. Lo más nuevo sería el cambio de opinión de la mayoría de la población sobre el evento. Pasó desde un juicio ya negativo del 57% de él hace dos años atrás, a otro más negativo, del 64%, según una encuesta de la UDD este mes.

Hay, sin embargo, otra circunstancia que puede contribuir a que siga cambiando la opinión chilena sobre el estallido. Me refiero al surgimiento de una manifestación tan grande y parecida en Francia y otros países de Europa este mes. Tal vez podríamos aprender más de lo que nos pasó aquí a partir del estudio comparativo del fenómeno en ambas partes y de investigaciones y publicaciones que se hagan en esas latitudes sobre el fenómeno.

Por de pronto, la experiencia francesa nos debería ayudar a levantar la mirada y observar el estallido chileno en una forma más amplia, con más perspectiva, sin reducirlo sólo a lo local o nacional. Por ejemplo, una de sus causas aquí se decía ser el “malestar social” acumulado. Pero difícilmente esto viene solamente por el “el modelo neoliberal que mantuvo la Concertación”, como tantos han creído o querido hacer creer en Chile. Eso era lo que buscaba resumir la famosa frase: “No son 30 pesos, son 30 años”.  Pero, si fuera así, ¿cómo entonces en Francia pasa algo tan parecido con un sistema y tradición económica tan opuesta a la neoliberal? Así como ésta, considero que habría varias otras explicaciones y tesis que deberían revisarse.

Hay otra mirada de los europeos de lo sucedido en Francia y otros países, que estimo que merece una atención mayor. Me refiero al rol jugado por la rabia. Sí; la rabia entendida como una emoción determinante que impulsa manifestaciones como las de aquí y de allá. La subrayó en particular nada menos que The Economist en su editorial sobre el estallido del 17 de octubre en Francia. Escribió: “Los manifestantes estaban consumidos por la rabia. Rabia por el fracaso del Estado y contra los políticos centristas tambaleantes que gobiernan. Rabia por los altos precios y la disfunción económica. Y para algunos, rabia contra la idea misma de la política centrista”.

Con la distancia que permite a un chileno hablar de Francia y no de Chile, observemos cómo los periodistas atribuyen con tanta seguridad o certeza explicaciones precisas a la rabia. En el caso francés, “al fracaso del Estado”, los “políticos centristas”, los “altos precios”. En el caso de Chile, “los 30 años”. Pero, ¿será principalmente eso? ¿No serán otros los motivos? ¿O muchos otros? ¿O pocos combinados de cierta manera? Y yendo más lejos: ¿Cuánto sabemos de verdad sobre lo que gatilla la rabia en cada persona? ¿Se irradia o contagia fácilmente? ¿Cómo? Poco nos detenemos en la emoción de la rabia en sí misma para entenderla. Mucho nos explayamos y extendemos en atribuirle causas basándonos en muy poca evidencia. Vivimos así en una ilusión de certidumbre. De saber por qué ocurren ciertas cosas; de “tener razón”.

En nuestra cultura occidental actual, por su origen racionalista, no estudiamos ni conocemos mucho sobre emociones, aunque esto empieza a cambiar últimamente. Hasta está empezando a introducirse entre las materias a incluir en nuestros currículos educativos tanto escolares como universitarios. Además, dos científicos chilenos han sido figuras prominentes a nivel mundial en la introducción de las emociones en el entendimiento del vivir humano desde la mirada biológica y neurológica. Me refiero a Francisco Varela y Humberto Maturana. Este último incluso escribió un libro con el sugerente título de “Emociones y lenguaje en educación y política” (J.C. Sáez Editor, 1990).

Sintiéndome hoy autorizado por “The Economist” que usa cuatro veces la palabra rabia en cuatro líneas seguidas de su editorial para referirse al estallido francés de octubre del 26, me permito algunas otras preguntas: ¿Será la rabia el “combustible” de las futuras revoluciones en la era digital, de las RRSS y la IA? Porque no cabe duda que la rabia es una forma de energía que impulsa a determinadas acciones, no siempre necesariamente malas en sí. Menos si expresada en formas y cantidades adecuadas. La rabia es una emoción no sólo humana sino de todos los seres vivos, que se conservó en la evolución de la especie que somos porque nos permitió defendernos, fijar límites y, al fin, sobrevivir. Pero, ¿y si se desborda? ¿Si algunos líderes la exacerban en exceso, como Trump? Si no hay otras emociones que le ponga límites a la ira, ¿qué puede pasar? Este es hoy un tema de máxima importancia en los establecimientos escolares, donde la convivencia está fuertemente dañada por el desborde de emociones de ira y de violencia entre estudiantes.

Y volviendo a esta forma de energía humana que es la rabia en su expresión societaria, ¿habrá estado también tan presente en anteriores movimientos o manifestaciones sociales que condujeron a grandes transformaciones políticas como la Revolución Francesa, la soviética, la china? Si no fue rabia, ¿qué emoción principal las impulsó? ¿El miedo (a morir de hambre en París), el deseo de igualdad (predicado por Lenin); de deseo de libertad del dominio extranjero (Mao)?

Me temo que, si seguimos viendo prevalecer estas nuevas manifestaciones sociales impulsadas por la rabia o enojo, nuestros cientistas políticos y sociólogos tendrán que estudiar más psicología y, sobre todo, budismo. En las enseñanzas del Buda y sus seguidores hay un énfasis muy fuerte en transformar esa “formación mental” que es la ira. Tal vez tendrán que ir a esa fuente ya sea para entender lo que está pasando hoy en el mundo y para poder sugerir algún camino de paz posible para todos.

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