Estas semanas, la papa caliente de las infames rebajas de penas a pederastas ha hecho acrobacias entre culposos y reprensores, inquisidores y contorsionistas. La crisis es grande y los cuchillos son largos. A una parte de la discusión pública le tocará seguir precisando responsabilidades. Sin embargo, donde sea que salpiquen los detalles, el efecto de primer orden en la opinión pública es ya irreversible: el gobierno que venía a castigar implacablemente a los criminales, libera a los más abyectos de ellos. Ningún control de daños librará al gobierno -en el mediano plazo- de este estigma.
Por ello, a la discusión le toca, también, interpretar el estigma, situarlo en una narrativa mayor e imaginar maneras de conjurarlo.
Partamos por interpretarlo.
De todos los tropiezos que ha enfrentado el gobierno, este es el misil más grande contra su línea de flotación. ¿El bencinazo? impopular, pero justificable en pos de la responsabilidad fiscal. ¿El diseño comunicacional? Fallido, pero excusable por la falta de experiencia en el Poder Ejecutivo. ¿La ausencia de un plan de seguridad? Preocupante en tanto principal promesa de campaña, pero aún acotada a falta de eficacia y no de compromiso.
La crisis actual, en cambio, afecta la credibilidad de un compromiso que fue gravitante en la inclinación de las urnas. Y como bien supo Boric luego de indultar a criminales indigeribles, la credibilidad en esta materia se gana en gramos y se pierde en kilos: por más agenda que le pusiera a seguridad, nunca venció la desconfianza que le endilgaron los indultos.
Pero en ese caso, al menos, nuestra comprensión tuvo donde agarrarse: Boric era de izquierda y tenía la rebeldía inscrita en la médula. Los indultos y su identidad política formaban una unidad coherente para el entendimiento.
Kast, en cambio, tiene la seguridad inscrita en la frente, en la médula, en el corazón. De ahí la perplejidad. De ahí que esta crisis desate interrogantes que trascienden la malicia o la impericia, merodeando el sinsentido. Las teorías explicativas que circulan dejan insatisfecha a la razón y alimentan a una imaginación cansada.
Esto es lo que necesita insertarse en una narrativa más amplia. ¿Cómo es que el gobierno tropieza de una manera que desafía el entendimiento?
En sus columnas dominicales, Carlos Peña y Daniel Mansuy abordan la pregunta. Peña responde señalando un déficit de conducción y de ideas. Para el rector, falta una narrativa que permita entender los actos de Rabat como un error dentro de un propósito mayor. Los actos danzan solos, huérfanos de sentido, bajo el rasero de un falso horizonte, como los periplos de Vladimir y Estragón en Esperando a Godot de Samuel Beckett.
El sinsentido resuena también en la columna de Mansuy. El gobierno se habría erigido sobre ilusiones, esperando a Godot. La ilusión de que era posible gobernar sin política, sin mensaje central, solucionando emergencias, bajo criterio técnico, se estrella contra los decretos. Godot no llega. Y el telón amenaza cerrarse con los personajes paralizados.
Estos diagnósticos, a mi juicio, caminan bien, pero distribuyen mal las responsabilidades. Peña tiene una obsesión personalizada con la figura de Kast. Mansuy parece olvidar que esas ilusiones fueron clave para ganar la elección. Ambos ponen exclusivo énfasis en los problemas de la oferta política.
Pero en política no se cumple la ley de Say: la oferta no es el demiurgo de su demanda. La demanda también crea su oferta o, más en general, opera una coproducción de masas electorales y élites políticas. ¿Por qué en estos meses y en esta crisis se manifiesta un déficit de sentido y un superávit de ilusiones? Digámoslo a lo bruto: porque, en parte, es lo que las masas han creado.
Lo sugerí en una columna a raíz de los siete años del estallido social, desempolvando a Ortega y Gasset. El signo de la época es una radical insubordinación de las masas. El hombre medio no concibe a nadie por encima de sí y a nada por encima de su juicio. No se trata de un rechazo a tal o cual élite, sino a toda pretensión de excelencia e influjo de una minoría. Por otro lado, esta disposición coincide con un déficit de minorías selectas en la esfera pública y con la marginación de quienes podrían revertir este déficit. Ambas circunstancias se refuerzan: el déficit de minorías excelentes incita a la rebelión de las masas; las masas insubordinadas desprecian, desincentivan o invisibilizan la emergencia de minorías excelentes.
El comportamiento electoral adquiere un rol impugnador en este hábitat sin cumbres. Las toneladas de votos que recibieron los últimos dos gobiernos representan más que un acto de adhesión, una sacudida impugnadora. Las masas no se alinean bajo la conducción de un proyecto inspirador, empujado por un liderazgo ejemplar. Quieren un instrumento para golpear a lo que consideran la élite protagónica del momento. Entre el 2019 y el 2021 la élite política y económica era protagonista, encarnada doblemente en la figura de Sebastián Piñera, la Convención y Boric fueron herramientas para golpear a esa élite. El 2025 la élite protagónica fue, en cambio, la progresista, la de los jóvenes que el 2011 acariciaron la ilusión popular. Kast, con la astucia de la emergencia, fue el instrumento para golpear a esa otra élite.
En este mundo alérgico a la excelencia, las habilidades necesarias para ganar elecciones son diametralmente opuestas a las necesarias para gobernar. Los votos se los llevan quienes sean capaces de canalizar las ansias populares de fagocitar a la élite que hacen responsable de su malestar. Todo intento de conquistar en base a un proyecto nacional que exija paciencia, espanta votos. Una vez en el poder, el instrumento impugnador no detiene su marcha voraz y al verse a sí mismo en el plato, comienza a autofagocitarse. De ahí que las toneladas de votos se drenen velozmente en aluviones de desaprobación.
Las crónicas que Joaquín Edwards Bello escribió en el diario La Nación, en la primera mitad del siglo pasado, le aportan el sello de la tradición a estos diagnósticos. Dice el cronista que los chilenos «carecemos de la virtud de admirar, de obedecer, de reconocer el mérito ajeno» y, por ello, «en Chile los ídolos duran poco». Tal vez, en nuestra historia política lo habitual, salvo excepciones, es que los actos se nutran de un sinsentido asentado en nuestra aristofobia. Mientras reine el chaquetero, seguiremos esperando a Godot.
