Siete años después, octubre del 2019 sigue siendo un hecho de nuestro presente. La intensa disputa por su interpretación es signo de su contemporaneidad. En el extremo derecho del espectro, pareciera que cualquier intento de explicar el estallido por razones distintas de un afán criminal, golpista o intervencionista da pie a justificar la violencia política que lo caracterizó. Para la izquierda, condenar esa violencia sin matices es restarle importancia a las fallas del modelo que la motivaron. Orbitando el centro hay quienes se resisten a la dicotomía, condenando la violencia y reconociendo las causas de un legítimo malestar. Este debate importa, pero tiende a agotar el fenómeno en la ponderación del malestar y la violencia. Hay otra dimensión que el diagnóstico de Ortega y Gasset para la Europa de entreguerras puede ayudar a desentrañar mutatis mutandis.

Por un lado, desde antes del 2019, vivimos en un estado de insubordinación extrema de las masas, las cuales se niegan a reconocer a cualquier minoría excelente y aceptar su influjo. No se trata meramente de que las masas rechacen a la élite o a una élite; se trata de una condición en la cual el hombre masa no acepta la preeminencia de nadie por encima de sí y de nada por encima de su juicio. Por otro lado, esta disposición coincide con un déficit de minorías selectas en la esfera pública, con una jibarización de sus virtudes políticas y con la marginación de quienes podrían revertir este déficit. Ambas circunstancias se refuerzan: el déficit de minorías excelentes incita a la rebelión de las masas; las masas insubordinadas desprecian, desincentivan o invisibilizan la emergencia de minorías excelentes.

Por ello, la condición constante de nuestra época es la de una radical impugnación a las élites, mientras que la condición variable depende de quién sea considerada la élite protagónica. Esto permite entender, en parte, por qué los últimos dos gobiernos han estado conformados por fuerzas políticas que hacen de la oposición a su élite -antes que la adhesión a un proyecto de país-, la palanca de su vínculo con las masas. La izquierda que participó del gobierno de Boric construye su némesis en la élite económica y social, junto con todos aquellos antagonistas de las identidades oprimidas que recolecta en algún significante vacío. Las nuevas derechas encuentran su antagonista en las élites progresistas dispersas en la política tradicional, la prensa, la academia, las cúpulas profesionales y los organismos internacionales. En ambos casos, el vínculo que establecen las fuerzas políticas con las masas pasa más por ofrecerse como instrumento para golpear a una determinada minoría que por un proyecto sugestivo de vida en común.

En Chile, hace tiempo nos hallamos lejos de materializar un vínculo entre minorías y masas determinado por la ejemplaridad y el influjo, lo cual debe llevarnos a interpretar la actividad popular, en las urnas y en las calles, evitando caer en la ilusión de una adhesión positiva. En términos de Pierre Rosanvallon, la contrademocracia -la democracia de la desconfianza y la sanción- ha terminado por eclipsar la dimensión propositiva de la democracia.

En esta clave de análisis, el rasgo más sobresaliente del estallido no es su violencia ni el derrumbe del modelo que creyó escenificar. Es, más bien, la radicalidad de la impugnación a las élites que expresó. Esta radicalidad se comprende mejor cuando comparamos octubre del 2019 con el movimiento estudiantil del 2011. Es verdad que en ambos casos el protagonismo de la impugnación se lo llevaron la élite política y la económica, encarnadas a la vez en la figura de Sebastián Piñera. Pero en el 2011 observamos quizás el último ejemplo de una adhesión masiva y positiva a lo que fue considerada una minoría selecta. La juventud y la convicción de los dirigentes estudiantiles fueron reconocidas ampliamente como fuente de excelencia y, por un tiempo -por más mal que haya envejecido-, esta idea alimentó el meteórico ascenso del Frente Amplio.

En octubre del 2019 no vimos ninguna minoría con pretensiones de excelencia conducir los eventos, sino el protagonismo de figuras cuya notoriedad provenía de su condición de víctimas o de su espontaneidad, no de una excelencia reconocida. Octubre imbunche, receloso de las élites, construyó un culto a lo carente de virtudes. El octubrismo fue refractario a cualquier intento de representación política: expulsó a los dirigentes públicos de la izquierda de sus espacios de acción directa, como comprobó Boric cuando fue increpado en el Parque Forestal tras firmar el acuerdo de noviembre. No reconoció el influjo de ninguna minoría conductora y ejemplar, como antiguamente lo fueron Luis Emilio Recabarren o Clotario Blest, sino que elevó a tótem a un quiltro, último eslabón de la jerarquía urbana. El octubrismo fue un poder destituyente, no constituyente, que adquirió su tracción masiva de la vehemencia con la cual se opuso al orden existente y de la indefinición que mantuvo respecto a su proyecto de país.

Por eso, el noviembrismo -según Brunner, el encauzamiento de la crisis de octubre por la vía de un proceso constituyente a instancias de la clase política- hiere, pero no mata al octubrismo, el cual renace a través de los resultados del plebiscito de entrada (un voto negativo, en contra de la constitución existente) y la composición de la Convención Constitucional. La altísima presencia de independientes, figuras como las de la Lista del Pueblo y la desconfianza hacia los expertos fueron expresiones de la insubordinación de las masas frente a toda minoría conductora.

En esta lectura, el octubrismo cae por dos razones. La primera es que la Convención Constitucional y su expresión en un proyecto concreto conducido por una minoría visible lo hacen pasar de ser un poder destituyente a ser uno constituyente, a proponer algo a instancias de alguien. La segunda es que el voto obligatorio en el plebiscito de salida incorpora a las urnas a las masas más rebeldes de todas, las menos ideológicas, las más dispuestas a impugnar a toda minoría que se arrogue un rol conductor. El masivo voto de rechazo al borrador constitucional constituye la sepultura del octubrismo.

Esta lectura no reemplaza las explicaciones estructurales del malestar, sino que las complementa para comprender el carácter acéfalo del estallido y los virajes del electorado. Desde octubre del 2019, quienes se oponen al gobierno de turno han ganado votos como instrumentos para golpear a la élite protagónica. No hay nadie que convoque masivamente en base a un proyecto. Así, cuando el impugnador ocupa el lugar de lo impugnado sin ofrecer resultados inmediatos ni un horizonte que justifique la paciencia, su aprobación se derrumba. Le ocurrió a Boric. Le está ocurriendo a Kast.

El octubrismo murió, no así la rebelión de las masas que escenificó. Quizás la próxima expresión de esta rebelión sea un centro populista, que se oponga a las élites económicas y a las progresistas. Prometerá no ser más que un instrumento de la gente. Lo que seguirá faltando es una minoría que, en vez de ofrecerse como instrumento de impugnación, asuma el mandato de conducir en base a un proyecto sugerente de país.

Profesor Investigador Faro UDD

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