No fue una sorpresa la derrota electoral que sufrió el kirchnerismo en las primarias que se realizaron el domingo pasado en la Argentina, con vistas a la conformación de listas para la elección legislativa del 14 de noviembre. A la mayoría de los gobiernos que debieron afrontar la pandemia les ocurrió lo mismo. Emmanuel Macron, Angela Merkel, Jair Bolsonaro, el propio Trump y muchos otros podrían dar cuenta de esta realidad. La diferencia en el caso argentino es el clima de fin de ciclo que se respiraba ese día a lo largo del país dada la contundencia de la derrota, de proporciones monumentales. De repetirse estos resultados en noviembre el gran temor de Cristina – perder el quórum propio en el Senado – se volvería realidad. El oficialismo sería derrotado en seis de las ocho provincias en donde se ponen en juego 24 cargos de senador. Y también perdería cuatro diputados, igualando el número de la oposición.
La incapacidad de Alberto Fernández para ejercer la Presidencia no es novedad. A la falta de crecimiento y otras debacles económicas y sociales que imperaban al momento de su asunción, debe sumarse el drama de la pandemia, la ausencia de un programa de gobierno compartido dentro de la coalición de gobierno, la poderosa figura de Cristina que siempre le hizo de contrapeso y, sobre todo, sus propias limitaciones. Con sus dislates y contradicciones diluyó la autoridad presidencial, irritó a la sociedad, decepcionó a votantes y militantes, destruyó su relación con la mayoría de los gobernadores, confrontó con los sindicatos, se enemistó con las organizaciones sociales y no fue capaz de dar un solo paso positivo frente a los desafíos que se le imponían. Desempleo, inflación, cierres de industrias y comercios, pobreza e indigencia, exclusión social… No hubo variable que no lo condenara. En ese polvorín, el oficialismo, además, se dio el lujo de jugar con el encendedor: despreció la oferta de vacunas de laboratorios occidentales para entregarse a los de Rusia y China; instaló un vacunatorio VIP para sus privilegiados; naturalizó los 110.000 fallecidos por covid-19 y se dedicó a fiestas privadas en reductos públicos mientras se le prohibía a la población ir al trabajo y despedir a sus muertos. Imposible esperar otro resultado que la condena generalizada en las urnas. La magia no existe en política.
Así y todo había una duda sobre los resultados en función del mito peronista: con su aparato, sus recursos, sus trampas, su unidad partidaria y su pragmatismo inescrupuloso, el Estado peronista vencería a la realidad. El voto castigo sería neutralizado por el voto cautivo, como sucede en feudos provinciales donde la dependencia estatal es tan acabada que el ciudadano apoya con miedo y resignación el status quo para no agravar su problema. Ese es el punto de “no retorno” que el populismo busca extender, hasta ahora infructuosamente, a todo el país.
Las sorpresas de la elección del domingo vinieron de otros lados, extremos opuestos. El 13% de sufragios que obtuvo el liberal Javier Milei le permitiría ingresar más de dos diputados nacionales, mientras que los 400 mil votos del también liberal José Luis Espert le servirían de pasaporte para algo parecido en la Cámara Baja, según dicen los analistas. La elección de Milei llama la atención por el discurso que enarbola a favor de la libertad y en contra del establishment político, por la velocidad de su instalación y por haber capturado a una juventud no representada por ninguna de las coaliciones mayoritarias. El otro logro, sin estridencias, fue el de la Izquierda, que silenciosamente se convirtió en tercera fuerza a nivel nacional, con picos excepcionales como el obtenido en la provincia de Jujuy.
Pero la lección importante es otra. La oposición fue elegida para enfrentarse a la mediocridad, ineptitudes, soberbias y corrupción del actual gobierno. El electorado castiga a los oficialismos desde el 2013 – con excepción del 2017 – porque la Argentina se sigue empobreciendo, y los victoriosos pasan a ser los odiados cada vez más rápido porque no logran parar la decadencia.
En Latinoamérica ya pasó con las victorias electorales de Macri, Piñera, Kuczynski, Cartes y Duque, entre otras, que se auparon en parte en el estancamiento económico que prometían revertir, así como en el miedo que causaba la crisis venezolana, y se prometieron alternativas libres de la corrupción y del populismo, pero fue un espejismo. Una proverbial impotencia para cambiar la agenda de la izquierda dominó mayormente sus gestiones, haciendo la salvedad de Brasil. Postergaron las expectativas de sus votantes en cuanto a los valores republicanos y a las reivindicaciones de los derechos individuales, con el objetivo de calmar el descontento de los sectores sociales que no los habían votado.
El caso de Macri es paradigmático dado que anticipó posturas que en distinta medida tuvieron sus paralelos, en Piñera o en Lacalle Pou, por ejemplo. No modificó el adoctrinamiento educativo ni la sumisión profunda a la perspectiva de género volcada a cualquier política a costa de los contribuyentes; ante la imposibilidad de desarmar redes clientelares veladas por subsidios fue aún más dadivoso con una postura culposa frente a su pertenencia al ideario liberal y dio aires a una economía inviable apurando el quebranto. Así, el kirchnerismo se hizo una fiesta.
Por ello, si esta vez la oposición quiere ser alternativa real en la Argentina, sus políticos deberían advertir que en las elecciones no se decide sólo de economía – que también- sino de todo lo que atañe a nuestra vida, porque los partidos políticos pretenden regular nuestra memoria, nuestro consumo energético, nuestra reproducción, nuestra educación familiar y hasta qué prejuicios no podemos tener y cuáles son fundamentales que tengamos. Y en tal sentido, la inmensa mayoría de la gente es normal y quiere vivir vidas sin comisarías quemadas ni políticos defendiendo valores que solo a ellos les importan mientras arden la economía y el edificio social. Si la oposición no encuentra una salida a esta Argentina en ese sentido, es de esperarse que se siga produciendo alternancia política en torno a la debacle, cada vez más lejos del país que no supo, no quiso o no pudo ser.

Desgraciadamente todos los mandatarios de estos paises que gobernaron o gobiernan a sus respectivos paises, vendieron la falsa imagen de que eran de derecha. Pero, todo eso fue humo que entusiasmo a muchas personas en America y en sus propios paises, y solo fue un espejismo. Todos ellos pertenecen al Globalismo, y adhieren a la Agenda 2030 habiendose vendido al poder del dinero y a alimentar sus egos de poder.