La elección presidencial de este 2025 entró a otra de sus fases decisivas: ya hubo primarias en la izquierda y varios candidatos han quedado en el camino. En la derecha todo indica que habrá diversos postulantes, que representan distintos partidos o programas.
Desde el domingo 29 de junio y tras el triunfo de la militante del Partido Comunista Jeannette Jara, no cabe duda de que se ha instalado como tema relevante que hay una candidata que es del PC, la que no parece ser testimonial ni identitaria, sino que aspira al poder político, tiene varios apoyos y marca en las encuestas con posibilidades de triunfo. Casi como un espejo, resurgió el anticomunismo, que, junto con ser una actitud visceral para muchos, representa una concepción doctrinal o parte de la identidad política, especialmente en la derecha, aunque también ha existido en otros sectores incluso dentro del socialismo (fue la tesis del historiador Julio César Jobet a mediados del siglo XX y hubo un pequeño intento de reflotar esa concepción incluso en la campaña de Carolina Tohá).
Que haya comunismo y anticomunismo en paralelo no tiene ninguna novedad. Como ha enfatizado Joaquín Fermandois en diferentes estudios, ambos surgieron tempranamente en Chile y tuvieron diferentes expresiones en el siglo XX y, como hemos podido ver, también en el siglo XXI. A modo de crítica, suele decirse que la derecha es anticomunista irracional; Eduardo Frei Montalva decía que había algo peor que el comunismo y era el anticomunismo; muchas campañas de derecha o de la DC enfatizaron el concepto y lo volvieron fundamental en varios procesos políticos; asimismo durante el último gobierno de los radicales se aprobó en el Congreso Nacional la ley de Defensa Permanente de la Democracia, que proscribía a los comunistas de la vida política. “Ley maldita”, la bautizaron los afectados, símbolo de una época y comentada hasta el presente.
¿Es solo histeria o hay algo más? Me parece que hay un par de aspectos para tener en mente. El primero es un tema doctrinal o ideológico, que se refiere a la concepción partidaria de una democracia tradicional o la mantención del orden social frente a la lucha de clases, la revolución o la dictadura del proletariado. Sin embargo, en el siglo XX apareció un segundo aspecto, que se volvió todavía más relevante: fue la experiencia histórica del comunismo, en el poder en la Unión Soviética desde 1917, en gran parte de Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial, en China a partir de 1949 y en Cuba diez años más tarde. Se podrían mencionar otros ejemplos.
En estos casos el problema dejaba de ser doctrinal o simplemente un miedo cerval a una ideología, y pasó a ser la comprobación de una realidad histórica. Si para los seguidores de Marx y Lenin el comunismo representaba una esperanza (una “ilusión”, la llamó François Furet), los pueblos regidos por los regímenes de la hoz y el martillo pasaron a sufrir una experiencia dura y terrible, como denunciaron muchos intelectuales y sufrieron millones de personas. El tema no era solo visceral, sino histórico y político.
Como contrapartida, los propios comunistas definieron parte importante de su visión en otros “anti”. Al antiburguesismo fundamental de la concepción marxista, se unió el antiimperialismo expresado por Lenin en un interesante (aunque aburrido) libro sobre la “fase superior del capitalismo”. Los partidos de izquierda en Chile -el Socialista y el Comunista- definieron durante muchos años su postura identificándose como antiimperialista, antioligárquico y anti feudal. Podríamos decir que aquí operaba el mismo fenómeno: la existencia de sociedades con enormes injusticias, la represión contra los sectores populares e incluso las matanzas a obreros y la constatación del fracaso de las democracias liberales (“burguesas”) para asegurar grados importantes de justicia y libertad, especialmente en América Latina. En buena medida esas visiones han derivado en un antiderechismo generalizado, que condena el régimen “neoliberal” como en el pasado execró al fascismo.
La elección presidencial de 2025 está abierta y el tema del anticomunismo estará presente durante los próximos meses, y será utilizado hasta la saciedad por la derecha y criticado por las diferentes versiones de la izquierda. Pero el antiderechismo también será parte del mapa político de este año, factor capaz de unir a casi toda la izquierda (y, eventualmente, también a la Democracia Cristiana, vacía de ideas y agónica institucionalmente). Ambas concepciones muestran tanto una realidad como un uso político por conveniencia electoral. Es que se puede ser anticomunista, por razones de principios, históricas o políticas, pero también se puede ser antiderechista, por las mismas razones de principios, históricas o políticas.
A pesar de todo lo anterior, es preciso comprender desde ya que no basta con oponerse a una candidatura que a un sector le parezca mala. No es suficiente apelar a los instintos más primitivos, para producir el efecto movilizador del miedo, cuando no del odio. Eso tiene ciertos réditos políticos, pero es insuficiente, además de tender a emporcar la convivencia social. ¿Campaña de ideas? Para qué, si se puede apelar a esos sentimientos más primarios y obtener ventajas electorales.
En todo eso hay un problema conceptual y uno de carácter práctico. Las elecciones son una oportunidad para presentar candidatos, programas y sueños, no para seguir deteriorando la convivencia cívica. El tema práctico es que la elección está abierta y no basta con explicar, alertar o meter miedo sobre lo malo que es el adversario. En noviembre y diciembre Chile puede elegir como próximo presidente a una mujer comunista, así, tal como suena. Pero puede elegir también un gobernante republicano, por primera vez en su historia en ambos casos. No se puede descartar una nueva administración de Chile Vamos. Y, aunque con menos probabilidades, podría haber una sorpresa. Para todo ello hay que mirar las cosas con atención y no caer en el miedo inmovilizador, ni tampoco en la diatriba fácil.
Por todo ello, para la derecha hay otra idea clara que debe estar presente, no sólo si quiere ganar la elección, sino también si espera hacer un gobierno de paz y progreso. Se puede ser anticomunista y esa -en términos históricos- es una de las definiciones claves de la derecha chilena. Sin embargo, eso no basta ni debe ser la clave de su proyecto. Se requieren muchas cosas más. La primera es una clara distinción con la candidatura de la izquierda en aquello que es esencial: si vale la pena continuar con una administración como la que ha encabezado el Presidente Gabriel Boric o es mejor para Chile cambiar los equipos del gobierno y las prioridades. Segundo, lo que corresponde a la campaña y el futuro: se necesitan candidatos sólidos, un programa atractivo y una mística que movilice. Frente a ello, el anticomunismo es un anestesiador, fórmula fácil para destacar lo que se presume que es lo peor del adversario, con poca capacidad para elaborar un proyecto y dar un sentido al futuro de Chile o para gastar días y semanas en una campaña con ansias de victoria, capaz de renovar las energías, dar vida a una idea y anticipar un triunfo honesto y duradero. Eso se logra con trabajo real y no con miedo, con calle y con pueblo y no con meros análisis de living y comentarios superficiales, con convicciones y no con meras reacciones, con la certeza de contar con las mejores cartas para gobernar y no simplemente con desacreditar al adversario. En definitiva, con una causa por la cual valga la pena pensar, trabajar y vencer.

Así es, pero, para mayor claridad no es malo repetir una y mil veces que ella es comunista, que los comunistas son retrogrados, antidemocraticos, asesinos, violadores de ddhh, siempre hay que exponerlo y repetirlo, no es malo, es más seguro…………….