El Plan de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social ha sido aprobado en ambas cámaras, si bien todavía faltan algunos trámites por cumplir. Se trata, desde luego, de una gran victoria para el gobierno y, por consiguiente, de una derrota importante para la oposición.
El proyecto, sin embargo, no es una mera lucha política de triunfos y derrotas, sino que tiene un contenido más profundo, con algunas expresiones fundamentales. La primera es la necesidad de la reconstrucción, porque hay un diagnóstico que lleva a pensar que Chile se ha ido destruyendo, ha decaído y que la mediocridad ha reemplazado ese espíritu que llevó al país al primer lugar del continente, no solo en crecimiento económico, sino también en progreso social. En segundo lugar, es preciso entender que el desarrollo económico y social es un deber en un país como Chile, no como una responsabilidad de esta generación, sino como un anhelo postergado durante décadas y que muchas veces ha aparecido en el horizonte, pero luego se ha difuminado tristemente. Por último, porque plantea un horizonte que se distancia de la mera inercia y busca avanzar en una dirección que en los últimos años parecía olvidada: cambiar la lógica del estatismo, por una centrada en la vitalidad de la empresa privada y una dinámica que parecía olvidada.
Es verdad que todos estos temas son discutibles en los detalles, o incluso en el fondo. La necesidad de reducir los impuestos a las empresas ya estaba presente desde hace varios años –quizá pensando en los estándares de la OCDE–, mientras desde hace un par de décadas se venía hablando y se legisló para subir los impuestos a las empresas: de 17% a 20% (en Piñera I) y de ahí al 27% (en Bachelet II). El crecimiento económico de Chile ha tenido una caída importante en los últimos años, al punto que los peores resultados desde el regreso a la democracia se encuentran en la última década: en los gobiernos de Michelle Bachelet (2014-2018, con el 1,8%) y Gabriel Boric (2022-2026, con el 2%). El segundo gobierno de Sebastián Piñera (2018-2022), ni siquiera llegó a la mitad del obtenido en su primera administración. Podría haber muchas explicaciones, pero la tendencia negativa es clara.
Es evidente que hay muchas razones al respecto, y que no se puede culpar solamente al alza de impuestos de los resultados económicos de las tres últimas administraciones. Es claro que en los últimos años han existido otras variables que muchos consideran relevantes para el cambio negativo que ha experimentado el país, donde se mencionan aspectos como el fin del binominal, el ingreso del Partido Comunista al gobierno, la desigualdad y los abusos, la revolución de octubre de 2019, la obsesión constituyente y otros tantos aspectos que han hecho perder la dirección y la competitividad del país. Pero no puede quedar fuera el crecimiento inorgánico del Estado, el aumento de los impuestos, la proliferación de partidos, el parlamentarismo de facto, algunas leyes poco estudiadas o mal orientadas, la polarización política, la inmigración ilegal y descontrolada, por no mencionar otros tantos problemas que afectan a Chile y a su gente.
En las últimas semanas hemos visto numerosos problemas, especialmente en el plano económico, manifestado en el desempleo, cuyo perjuicio social es inmenso. En los últimos días hemos visto los dolorosos problemas derivados de las lluvias, que han causado anegamientos, muertes, destrucción de viviendas y otras tantas cosas. No podemos dejar de mencionar el intento de asesinato y los ataques a carabineros, lo que muestra la persistencia de la violencia y el crimen en el país, además del desprecio a la institucionalidad. En otras palabras, no cabe duda de que las dificultades persisten, además no hay un camino claro hacia el futuro y que la cuestión social sigue siendo tanto o más relevante que la cuestión política.
Es un problema que las noticias del mundo partidista y parlamentario repitan las disputas, acusaciones recíprocas, luchas de poder e influencia, descalificaciones fundadas o pueriles y definiciones que muchas veces carecen de un soporte doctrinal o un compromiso político. En los partidos de gobierno esto es visible e incluso se busca la intervención del Presidente Kast para resolver el asunto. La izquierda no está ajena a estos comportamientos: así ha quedado claro con las querellas internas del Partido Socialista, que se mueven dentro de la lógica más obvia de la lucha por el poder, pero que carece de la épica propia que deben tener los proyectos políticos más serios y perdurables.
El Plan de Reconstrucción no basta como mecanismo para resolver ciertos problemas de políticas públicas o siquiera para cambiar por sí mismo el curso de las cosas. Sin embargo, tiene una ventaja: está bien orientado y marca un cambio respecto de la decadencia chilena de los últimos años, de seguir haciendo lo mismo para obtener lo mismo. En el contexto de la discusión actual, de la posible aprobación del Plan de Reconstrucción y de su eventual aplicación, me parece que resulta clave ampliar la mirada, huir de un posible economicismo y poner las cosas en perspectiva. La verdadera reconstrucción que Chile necesita es profundamente humana y su mejor expresión será luchar sin pausa para que cada chileno tenga trabajo, hogar, mejor educación y acceso a la salud. Que pueda formar una familia y tener hijos, que vuelvan a poblar nuestro territorio, que tiene tantas riquezas y posibilidades. En otras palabras, en Chile hoy existe la posibilidad de volver a poner a la persona en el centro de la preocupación del mundo gubernativo y legislativo, de las políticas públicas y de tantas áreas que hoy parecen ocupadas de lo lateral, olvidando el centro de los problemas.
Temas como la corrupción, la baja natalidad, el desempleo y la delincuencia siguen presentes. Representan un desafío enorme para los ministerios respectivos, pero también para la sociedad en su conjunto. Adicionalmente, son la expresión más clara de que el sentido de la reconstrucción que Chile requiere debe ser profundamente humano, tiene raíces profundas y requiere una comprensión más plena, distante del tono plano y triste que muchas veces domina el debate público nacional. Chile es un país con problemas: es clave que encuentre un sentido y avance esperanzado hacia un futuro con mejores posibilidades para su gente.

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