Singapur -una pequeña isla al sur de Malasia- es el número uno mundial en PISA (pruebas aplicadas a estudiantes de 15 años por la OECD). En PISA 2022, obtuvo 575 puntos en matemáticas y Chile tan solo 412: una diferencia de 163 puntos. Dado que 30 puntos equivalen a un año de escolaridad, se puede decir que un estudiante chileno de primero medio está al menos cinco años atrasado en matemáticas respecto de uno singapurense.
Frente a esta brecha, resulta inevitable preguntarse: ¿Cuál es el secreto de Singapur que le permite lograr tan altos resultados en educación? Esta fue la pregunta que me motivó a ser el primer chileno en estudiar el Máster en Políticas Públicas en la Universidad Nacional de Singapur, donde, además de ser el bicho raro, pude aprender de las razones y dinámicas que hacen a esta ciudad-estado la mejor en los rankings.
Muchos creen que se debe a los métodos que usan los profesores singapurenses. El “método de matemáticas de Singapur”, por ejemplo, se diseminó tanto que incluso nosotros lo adoptamos en nuestro currículum. Pero, sorprendentemente, en Singapur nadie habla de ese método. Es un producto originalmente comercializado por la empresa Marshall Cavendish, y si tiene alguna relación con los resultados, no es la principal.
Existen explicaciones más prometedoras: el involucramiento de las familias y la calidad de los profesores. Los apoderados apoyan a 7 de cada 10 estudiantes con clases o talleres extracurriculares, gastando SGD 4.500 en promedio (CLP 3,2 millones) por estudiante al año. Y menos de un quinto de los postulantes a pedagogía es seleccionado, todos ellos del tercio superior de su generación. Son factores importantes, sí, pero ninguno es la razón estructural.
Lo que sí explica la diferencia es la diferenciación temprana de trayectorias escolares. En Singapur, desde séptimo básico el sistema asigna a los estudiantes a distintos colegios y salas de clases según sus logros y su ritmo de aprendizaje. Más adelante pueden transferirse lateralmente entre rutas, hasta llegar, a distintas edades, a la universidad, a un politécnico o a un instituto de educación técnica.
Esto no es invento de Singapur. Alemania, Austria y Hungría diferencian desde cuarto básico; Holanda y Suiza, desde séptimo. Son países con contextos sociales y políticos muy distintos al de Singapur, lo que demuestra que el modelo no depende de su cultura o sistema. En Chile, en cambio, los estudiantes recién pueden optar por modalidades académicas, técnicas o artísticas en tercero medio. Y esa decisión sabemos que se toma más por ubicación e ingresos que por talento.
Es cierto que no podemos predecir en séptimo, y menos aún en cuarto básico, lo que un estudiante va a ser el día de mañana. Tampoco debemos copiar y pegar modelos ajenos. Lo que sí debemos hacer es crear trayectorias que progresivamente preparen a cada niño y adolescente según sus talentos e intereses para su futuro. Caminos que, al mismo tiempo, estén conectados con las oportunidades económicas del país.
Implementar un modelo así tiene desafíos importantes. Necesitamos pruebas estandarizadas que midan resultados individuales en distintos momentos, y colegios bien distribuidos que ofrezcan distintas trayectorias. Tendríamos que cuidar a nuestros estudiantes de la presión social, la competencia y las etiquetas que podrían surgir del modelo. Y también tendríamos que garantizar permeabilidad entre trayectorias, evitando decisiones irreversibles.
Es muy doloroso ver a un alumno de educación media sentir que lo que aprende no le va a servir para su futuro. Aún más desgarrador es ver a un joven, después de estudiar ingeniería civil, ser barista, o a un ingeniero comercial trabajar como asistente. No es solo frustrante para la persona, sino también un desperdicio para el sistema. Esto hace que diferenciar sea al mismo tiempo eficiente y moralmente necesario.

Muy interesante mostrar lo aprendido y vivido en Singapur ….. Siento que esto deberías decirlo / dictarlo en el Ministerio y esperar que cuenten con la altura de escuchar y revisar la propuesta …. Muchas gracias ….