Diversas atribuciones del Presidente son herencia de la monarquía. Los primeros constituyentes chilenos intentaron traspasar al jefe de Estado parte del principio de autoridad del soberano español. A más de 200 años de la liberación criolla del dominio hispánico, estas facultades se han convertido en normas esenciales para reaccionar ante los desafíos políticos que van surgiendo. Entre ellas podrían mencionarse el manejo de las relaciones internacionales, la concesión de indultos o la intervención en estados de excepción.
Estas facultades son conocidas como la “garantía política” del orden constitucional y su función es enfrentar situaciones que puedan poner en peligro a la República. Por eso, la figura más poderosa del país es quien porta la banda tricolor, usa la piocha de O´Higgins y gobierna desde La Moneda. En efecto, en Chile, el Presidente habla y el resto escucha; ordena y los demás tienden a obedecer. El problema surge cuando el cargo es ocupado por personas que no dimensionan el poder que han conseguido o, peor aún, cuando siendo conscientes, lo utilizan para su propia agenda política a costas del Estado. Lo anterior explica por qué quienes asumieron la presidencia tras el retorno a la democracia, siendo testigos de la dictadura, solían actuar con prudencia respecto de sus atribuciones: cualquier exceso podía percibirse como un abuso hacia personas que, por ley, estaban en una posición subordinada.
Los expresidentes -pese a sus múltiples deficiencias personales o de sus administraciones- tenían cierta conciencia de la famosa tesis de Carl Schmitt: quien controla el poder en los estados de excepción es, en última instancia, el soberano y, en nuestro caso, esa responsabilidad recae en el Presidente. Este último entonces debía ser una persona de sumo cuidado porque, a fin de cuentas, se encargaba de hacer buen uso de la dimensión política de la Constitución. De esta manera, la prudencia resultaba fundamental: quien ejercía sus atribuciones a la ligera podía incurrir en pequeños actos de despotismo. Así fue todo, más o menos, hasta que Gabriel Boric ascendió con el Frente Amplio y el Partido Comunista al Gobierno.
Es verdad que, producto de su inexperiencia y, en muchos casos, de su desconocimiento del Estado, el actual Presidente ha cometido errores. Estas faltas, sin embargo, no solo han sido provocadas por descuidos, sino que la institución presidencial ha quedado sujeta también a los excesos de Boric. La conferencia de prensa de casi una hora después de que se destapara el caso Monsalve es ilustrativa. Ciego por las emociones del momento, el Presidente ha utilizado en varias ocasiones todo el peso de la investidura presidencial contra personas que carecen de los medios para responder en igualdad de condiciones.
Los ejemplos son muchos. Recordemos, por ejemplo, cuando el jefe de Estado decidió indultar a personas involucradas en delitos en el estallido social y así pasar por encima del Poder Judicial. O cuando utilizó hace poco una instancia republicana en la ONU para impulsar la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General sin coordinación o diálogo previo con las otras instituciones. Algo parecido ocurrió en la última cadena presidencial: por medio de un mensaje transmitido por todos los canales, Boric emplazó al candidato de la oposición con mejores opciones para subrogarlo en el poder.
Sabemos que el Presidente es el campeón de la crítica ahistórica a la tradición, al pasado colonial y a todo proceso que pueda tener relación con el “imperialismo” o la “dominación”. Por lo mismo, es paradójico que muchas de sus actitudes y estrategias políticas solo han sido posibles gracias al poder que ejerce desde la presidencia; atribuciones que, en algún grado, provienen de la monarquía. Aunque se camufle en eslóganes vacíos como “los problemas de la democracia se resuelven con más democracia”, a Boric le gusta la presidencia por su poder. Entre indultos a media noche, burlas a periodistas y ataques a particulares, se asoman actitudes despóticas. Lo hemos visto gritando, siendo agresivo y arriesgando la República por proyectos partisanos. ¿Por qué? Porque nuestro presidente tiene cosas de pequeño déspota.

Así es no más. Tiene el agravante que la ignorancia es peligrosa, y él es un déspota ignorante, una mezcla o combinacion PELIGROSA……….
Mejor ni imaginar las salvajadas, abusos y delitos que habría cometido si hubiera estado en la posición de Pinochet.
Excelente, muy bien descrito el “pequeño despota”.