La muerte del Papa Francisco ha sido la noticia de la semana en muchos lugares del mundo. Nacido en 1936, ha encontrado su muerte este lunes 21 de abril de 2025 a los 88 años, después de algunas semanas de enfermedad y tras participar en algunas actividades del domingo de Resurrección, delicadeza que se suma a la celebración del año jubilar.
Aunque Francisco lidera una institución que es una minoría a nivel universal, la verdad es que su fallecimiento ha excedido el interés de los límites de los católicos. Esto ha permitido manifestar sus condolencias a gobernantes de distinto signo, así como ha hecho aparecer a algunos especialistas, otros tantos opinólogos y diferentes personas que han contribuido a analizar el suceso con su conocimiento, fe o comprensión, pero también desde los prejuicios y visión más terrenal de los asuntos. Por cierto, también hay combinaciones entre algunas de esas características.
Aunque todavía es muy pronto para evaluar el legado del Papa Francisco, se pueden dar algunas señales. Lo primero que debemos mencionar es que se trata del primer Sumo Pontífice que es original de América Latina. Esto muestra algunas características que fueron relevantes en su vida y predicación: se trata de una persona que proviene de una familia de inmigrantes, tiene importancia para la forma de enfrentarse a ciertos asuntos, de comprender la relación entre los diferentes pueblos, así como las enseñanzas obtenidas a través de su propia biografía (familia italiana de inmigrantes y conocimiento de realidades duras como la pobreza de Argentina y otros países). Después de tantos siglos de historia, este Pontificado también ha sido otra forma de reflejar la universalidad de la Iglesia Católica, sin que ser de este continente constituya un signo de superioridad, aunque tampoco es una limitación. Es, simplemente, histórico, con todas las contradicciones que ello significa.
Un segundo aspecto que debe mencionarse también son sus cuatro encíclicas, que abordan temas centrales: Lumen Fidei (2013, en continuidad con esa obra que había comenzado a escribir Benedicto XVI); Laudato Si (2015); Fratelli tutti (2020) y Dilexit nos (2024). Ahí aparece la fe, el amor a Dios y los seres humanos, y ciertamente la doctrina social de la Iglesia. A ellas se puede sumar Evangelii Gaudium, Exhortación apostólica de 2013, y otros tantos documentos, discursos, entrevistas y otras formas de expresión. En esos textos el Papa recuerda el centro de la experiencia cristiana (el amor a Cristo y una evangelización que se funda en él), pero sostiene que también es necesario procurar que las personas vivan mejor en el mundo, lo que supone un modelo de vida a escala humana. Ahí, en esos documentos, aparece la doctrina habitual de la Iglesia Católica junto con aquellos énfasis que ponía el propio Papa en los diferentes problemas contemporáneos. En este sentido, debe mirarse el mensaje de Francisco de manera integral, y no fragmentada o ideologizada como muchas veces ocurre. En lo social, la clave está en la dignidad de la persona humana, como se ve en la necesidad de acoger a los necesitados (los inmigrantes, por ejemplo), de enfrentar la pobreza o de rechazar el aborto. En esa línea se inscribe el rechazo a la cultura del descarte, que abandona en vida a viejos, desprecia a los desvalidos y niega la vida al que está por nacer.
En el caso de Chile, me parece relevante considerar su visita en enero de 2018. De esta manera, siguió esa experiencia de la visita de Juan Pablo II en 1987, tuvo la posibilidad de volver a un país que lo acogió siendo joven y logró comunicar su mensaje con cercanía, en algunos casos de manera masiva y mostrando gran cariño por esta tierra. Así por lo demás aparece registrado también en su libro Esperanza. La autobiografía (Plaza & Janés, 2025), que tiene diferentes referencias al país, que van desde sus recuerdos juveniles hasta la crisis por los abusos de sacerdotes: “No se puede tolerar ningún silencio ni ninguna ocultación en este tema, ni fuera de la Iglesia ni mucho menos en su seno. No es un asunto negociable”.
La Iglesia Católica vive un momento especial en el mundo y en Chile. Desde una perspectiva histórica, tiene numerosos desafíos que son permanentes y otros que son contingentes. Los primeros tienen que ver con su carácter y su tarea esencial, de acercar almas a Dios, de mostrar un camino para seguir a Cristo y de acompañar a los seres humanos en esa tarea común; de hacer crecer y multiplicar la vida; de procurar que las realidades temporales permitan una vida mejor, más justa en términos sociales y que faciliten un desarrollo material y espiritual de las personas. Algunas de esas tareas corresponden más al Papa, los obispos y sacerdotes, en tanto otras son misión propia de los laicos, a la que no pueden renunciar por desidia, cobardía o clericalismo.
Hay otros aspectos que son más contingentes. Uno lo mencionó el propio Papa Francisco, y se refiere a la necesidad de una mayor austeridad, quizá una adaptación de las formas a los tiempos actuales, aunque ello no debe significar abandonar la sacralidad o renunciar a manifestaciones de la fe que impliquen mayor exposición pública o algunos gastos que otros podrían considerar innecesarios. Otra consideración tiene que ver con un planteamiento que hizo el cardenal Joseph Ratzinger a fines de la década de 1960, que han aparecido en su libro Fe y futuro. Refiriéndose al tiempo que vendría, el teólogo alemán sostenía que la Iglesia Católica no sería mayoría, sino que pasaría a ser una religión de menos personas, pero más convencidos; las parroquias y catedrales muchas veces podrían parecer muy grandes para tan pocos fieles. En ese contexto, es necesario enfrentar esa realidad, que ya llegó -en Europa, en América Latina y en Chile-, no para consolidarse como minoría, sino para entender mejor el contexto histórico en el que se desenvuelve, donde Dios y la Iglesia han sido relegados a un segundo plano. Desde esta perspectiva, los pontificados de San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han tratado de abordar las grandes dificultades circunstanciales de la Iglesia: algunos aspectos de la llamada crisis postconciliar, el auge de teologías heterodoxas, la Guerra Fría en su momento, las persecuciones en naciones totalitarias, los abusos, la corrupción, la crisis climática, la pandemia y diversos temas de cada momento. Cada uno con su estilo y según su propio carisma, pero en ningún caso desechando los pilares de la Fe: el Evangelio, la Tradición y el Magisterio.
Por lo mismo, los católicos tendrán una responsabilidad mayor, no para recibir subsidios del Estado, sino para asumir con libertad y responsabilidad personal la vitalidad de su fe y la acción en la sociedad. Para ello no hay que centrarse en el dinero ni en la política, tampoco en los grandes problemas que forman muchas veces los titulares de las noticias. Se trata simplemente de recuperar la centralidad de Cristo y a través de ello procurar una sociedad mejor. Para ello, como han dicho muchos a través de la historia, se requiere no sólo una buena formación, sino que también rezar mucho y santidad personal en los más diversos ámbitos de la vida. En términos “franciscanos”, es altamente necesario dejarse de balconear y asumir con decisión los desafíos de la vida y de la historia.
No se puede dejar de mencionar una dimensión adicional. La mayoría de las entrevistas y análisis se centran con fuerza en la dimensión sociológica o política del Papa Francisco. En todo esto hay una responsabilidad del Pontificado, de los obispos y sacerdotes, así como también de los laicos. La formación cristiana es hoy poco habitual, y la gente no tiene por qué saber a priori por qué hay un Papa, cuáles son sus funciones y por qué es relevante. Si la discusión se centra en las categorías progresismo/conservadurismo, es porque algún trabajo han hecho mal los propios católicos, por lo que un cambio al respecto debe venir desde adentro. Después de todo, el tema seguirá por algunos días en la discusión pública, que espera el nombramiento del nuevo Sumo Pontífice, para llenar los noticiarios. Menuda tarea tiene la propia Iglesia Católica, para explicar que lo central es la elección del sucesor de Pedro, con todas sus consecuencias.
