Hace unos días, el ministro Quiroz reconoció, en un acto de soltura y recato, que le «faltó oficio con el oficio». Se refería, desde luego, a aquellos documentos que incluyeron dos ingredientes que nunca debieran aparecer en la misma frase: el verbo “descontinuar” y numerosos programas sociales imperativos. La frase del ministro (y que probablemente fue armada a propósito) fue ingeniosa, pero no logra esconder un problema de gestión política de marca mayor. 

Si bien, tras la filtración de los documentos, el Ejecutivo salió a los pocos días a tratar de reparar los cuantiosos daños, la sensación de incertidumbre, rabia y angustia ya se había instalado en el ambiente. Y, como es evidente, la oposición demoró pocos segundos en tratar de aprovecharse del pánico.

Esto no es ninguna sorpresa. La vocación de una oposición (a cualquier gobierno) es precisamente mostrar las garras, agitar las aguas y subir la apuesta, cuando el adversario ha cometido un error. Cualquier manual de gestión política debería señalar en su primera página que un bloque político no puede quedarse callado ante una calamidad presentada —o al menos sugerida, como es en este caso— por el bloque contrario. En ese sentido, la oposición no está siendo más que, precisamente, oposición.

El problema es “hasta dónde” puede llegar esa estrategia.

Hay una línea divisoria muy marcada entre lo que se puede y lo que no se puede hacer, dentro del juego político. Y en el plano de lo segundo, es decir, de lo que nunca se puede permitir, está incurrir en engaños, exageraciones de mala fe o desinformación. Y, lamentablemente, algo de eso hemos visto en este episodio: Son varias las voces que han salido a alegar que «el Gobierno está recortando» o derechamente “eliminando programas sociales”, como si los famosos oficios fueran ya Ley de la República. 

Incluso la senadora Paulina Vodanovic, quien hasta ahora había tenido una performance impecable como una senadora seria y un brazo articulador clave, cayó en esta dinámica. El domingo pasado, en Mesa Central, señaló que no le creía al Gobierno cuando este descartó descontinuar programas fundamentales, como el de Programa de Alimentación Escolar o el Programa Nacional de Prevención del Suicidio.

Esto no es baladí. La política requiere de una contraparte que fiscalice y levante la voz cuando corresponda, pero sin apartarse nunca de los datos, la certeza y la verdad. Al igual que al ministro, a la oposición también parece faltarle oficio. Está bien que cumplan su rol crítico, pero no pueden recurrir a la distorsión de los hechos para generar réditos de corto plazo. En política, la credibilidad se construye con rigor. Y por eso, nunca hay que olvidar que, tan importante como el oficio para gobernar, es el oficio para oponerse con seriedad y altura de miras.

Director de Administración Pública UNAB

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