En las negociaciones después de la Segunda Guerra Mundial se delineó la cortina de hierro. La derrotada Alemania se partió en dos. La República Democrática Alemana (RDA) quedó para Stalin y la República Federal Alemana (RFA), para occidente. En 1949 Ludwig Erhard, que estuvo en Chile en 1969 invitado por la Escuela de Negocios de Vaparaíso, asume como ministro de economía de la RFA e inicia un plan de recuperación económica. Bajo su liderazgo pragmático, se implementa una economía social de mercado. Abrazando algunas simples ideas liberales, la economía Alemana despegó con fuerza en los 1950s. Fue el comienzo del conocido “milagro económico alemán” que duró unos 20 años.
Como consecuencia de esta bonanza económica, cientos de miles de alemanes de la RDA emigraban a la RFA cada año. Ingeniosamente burlaban los múltiples y estrictos controles para cruzar a la Alemania de las oportunidades. Las cifras hablan de unos 3.5 millones de desertores. O sea, uno de cada cinco alemanes de la RDA abandonaron la promesa del socialismo. Y naturalmente la gran mayoría fueron jóvenes que soñaban con un futuro mejor.
Esta fuga masiva fue lo que realmente gatilló la decisión para iniciar la construcción del Muro en 1961. Con el paso del tiempo se fueron perfeccionando los 140 kilómetros que dividieron a la nación derrotada. El Muro se hizo cada vez más alto, sólido, vigilado e inexpugnable. Partió con gruesos alambres de púa. Y en 1965 se levantó un muro de concreto. Pero un muro no fue suficiente. Pronto tuvieron que construir un segundo muro a 100 metros de distancia del muro original. Aquí se generó un espacio que se conocía como la “franja de la muerte”. La orden oficial era matar al que intentara cruzar. Se estima que casi 200 personas murieron.
En la campaña comunicacional de la RDA se hablaba del “muro de protección antifascista”. Millones de familias quedaron divididas. Pero el mensaje era claro y brutal al mismo tiempo: al otro lado del muro quedaban los otros, los fascistas. Y el partido levantaría un muro que protegería a los socialistas de la RDA. En resumen, había que defender al nuevo Estado socialista del fascismo, del imperialismo y del capitalismo egoísta. El Muro de Berlín se convirtió en el símbolo más emblemático de la guerra fría.
Las palabras de Ronald Reagan en junio de 1987, celebrando los 750 años de Berlín, todavía retumban en el inconsciente colectivo. Reagan apuntó al Muro de Berlín clamando: “Mr. Gorbachev, open this gate. ¡Mr. Gorbachev, tear down this wall!” Este discurso fue el comienzo del fin. Su colapso ya era inevitable. Después de dos años la sociedad civil de la RDA despierta. Y nace la revolución pacífica. Erich Honecker debe renunciar y asume Egon Krenz, el último dirigente comunista de la RDA. Finalmente, el 9 de noviembre de 1989, se abrió el Muro. Ese día se inició el sueño de la unificación y el fin de la pesadilla socialista. Miles de familias se reencontraron y se abrazaron en la RFA. Al otro lado del muro quedaba una RDA pobre, arruinada, uniforme y sombría.
Solo una vez que cayó el Muro se descubrió lo que realmente sucedía en Alemania Oriental. El resultado del sueño socialista era devastador. Honecker dejó una economía en ruinas. Y una sociedad hecha trizas. Basta recordar el rol de la Stasi y leer algunos conmovedores testimonios. Pero el Muro protector cumplió su función. La Stasi controlaba. Y Erich Honecker lideraba la represiva dictadura socialista.
Con la caída del Muro, finalmente el capitalismo, la democracia y la libertad triunfaron. Y como si fuera una sutil ironía del capitalismo, el mercado selló la caída del socialismo de la RDA con un hecho simbólico: por unos sucios dólares se pueden comprar trozos del Muro de Berlín. ¡Quién iba imaginar que ciudadanos de la RDA terminarían lucrando con los despojos del Muro construido para protegerlos!
Esta semana se cumplen los 25 años de la caída del Muro de Berlín.Y esto nos atañe, ya que nuestro país jugó un rol importante en este capítulo histórico.
Durante 1989, después del triunfo del “No”, el país se preparaba para las elecciones democráticas. Aylwin asume sólo cuatro meses después de la caída del Muro. Y en la mitad de su gobierno, le tocó enfrentar el controvertido caso Honecker. Entre diciembre de 1991 y julio de 1992, el dictador Erich Honecker fue acogido como huésped en la embajada chilena en Rusia. Fueron momentos difíciles por las presiones internacionales. Las acusaciones contra Honecker eran gravísimas y bien fundadas. Después de muchas tensiones y jugadas diplomáticas, el gobierno de Aylwin tuvo que aceptar a Honecker y su mujer en Chile. Se aferraron a razones de salud ya que el dictador socialista padecía de cáncer. Vínculos sobraban. Su hija era casada con chileno, y muchos exiliados habían sido acogidos en la RDA. En definitiva fue un acto de reciprocidad. Pero la reciprocidad moral y política no puede reemplazar la brutal, dura e irrebatible realidad histórica. Una cosa es acoger a Honecker o devolverle la mano. Pero otra muy distinta es avalar su legado con el silencio.
El 17 de abril de 1993, Erich Honecker, celebrando los 66 años de su esposa Margot en Chile, declaró: «El Socialismo es lo opuesto a lo que tenemos ahora en Alemania. Por eso me gustaría decir que nuestros maravillosos recuerdos de la RDA son el testimonio de una sociedad justa y nueva. Y permaneceremos siempre fieles a esas cosas». Siguieron los aplausos. Y posiblemente algunas lágrimas. Honecker murió en Chile en mayo de 1994. Y su mujer, Margot Honecker, la entonces temida Ministra de Educación Popular conocida en el mundo como «the purple witch», vive silenciosa y discretamente en La Reina.
Pero no ha sido totalmente discreta. El 2008 fue condecorada con la Orden Rubén Darío por Daniel Ortega en Nicaragua. Hugo Chávez, por supuesto, asistió a la ceremonia. Y también ha tenido sus intervenciones. El 2012 dio una polémica entrevista donde se refirió a la estupidez de quienes arriesgaron su vida por saltar el Muro, defendió la Stasi, y no mostró arrepentimiento alguno concluyendo que ella “tenía el cuero duro». Pero aprovechó de quejarse de su miserable pensión de 1,500 euros. Sus declaraciones dieron la vuelta al mundo.
A cargo de la educación de los niños de la RDA, Margot Honecker también realizó algunas notables contribuciones a la causa socialista. Por ejemplo, en1978 introdujo en los colegios clases en materias militares. El programa incluía el manejo de armas. Los futuros jóvenes socialistas aprendían a usar, por ejemplo, la famosa metralleta KK-MPi. Había que prepararse para defender el sueño socialista contra el fascismo, el imperialismo y el capitalismo. Quizá algún día los jóvenes de la RDA tendrían que defender y proteger al socialismo ante la amenaza del capitalismo.
Al reflexionar sobre nuestra izquierda local, a ratos pareciera que algunos socialistas chilenos prefieren evitar o ignorar la realidad detrás del Muro. El motivo puede ser la reciprocidad moral. O quizá atesoran esa nostálgica añoranza de un mundo mejor y siguen presos de ese sueño dogmático. Ese sueño que Erich Honecker describía con tanta simpleza e ingenuidad como “nuestros maravillosos recuerdos de la RDA”. Lo que sea, resulta curioso si pensamos que en Chile hemos visto a largas filas de arrepentidos de la derecha pidiendo perdón frente a las atrocidades de los DDHH durante la dictadura. Pero con la izquierda no ha ocurrido algo similar. Aunque en ese sector hay una larga lista de cómplices activos y pasivos, no se ha escuchado un contundente juicio crítico. De hecho, uno se pregunta si el poder del agradecimiento o los buenos recuerdos son tan poderosos como para borrar la memoria histórica.
Lo cierto es que la izquierda chilena está en deuda con la democracia. Los DDHH no son el monopolio de un sector. Algunos socialistas prefieren olvidar, o simplemente ignorar, que los DDHH son una ley moral universal que rige para todos, independiente del lugar, las circunstancias, los sueños, el rango, la historia personal, las buenas intenciones o las creencias personales. Por eso los 25 años de la caída del Muro representan una oportunidad para los nostálgicos de aquellos tiempos. Una oportunidad para que los cómplices pasivos de la izquierda chilena que vivieron y avalaron el Muro de Berlín, hagan algún gesto simbólico. Aunque hay algunas excepciones, la lista de los prominentes socialistas es bastante larga.
Hace 25 años Pinochet cayó con el plebiscito. El país regresó a su tradición democrática. Casi 25 años después, bajo un gobierno de centro-derecha, el Presidente Piñera pronunció su polémico discurso de los cómplices pasivos. Generó malestar. Pero terminó siendo una catarsis necesaria. Y hace 25 años se desmoronó el sueño socialista junto al Muro de Berlín. Atrás quedaron las armas, y una larga lista de crímenes y brutales atentados contra los DDHH. Si la derecha hizo lo suyo, ¿no le parece que la izquierda todavía está en deuda? La verdad es que no hay ningún gesto significativo de ese sector. Tampoco catarsis alguna. Hasta ahora, sólo orgullo y silencio.
La Presidenta Bachelet también fue acogida con su madre por la RDA. Muy posiblemente, como muchos chilenos, vivieron bajo el alero del Muro de Berlín sin saber lo que realmente sucedía en la RDA. Y naturalmente debe estar agradecida. Pero todos sabemos lo que realmente era esa “maravillosa vida” que los Honecker recordaban con tanta nostalgia y emoción en Chile.
En nuestro país a ratos resucitan los fantasmas del pasado. No es sorprendente. También acarreamos nuestra propia y peculiar historia de la guerra fría sobre nuestras espaldas. Chile fue una especie de laboratorio. Por eso, los 25 años de la caída del Muro pueden ser el momento para enfrentar esos fantasmas y despertar del sueño dogmático. Por lo que ha sido la vida de la Presidenta, por lo que ella representa para la izquierda y para el país, tiene una gran oportunidad histórica. Y también una oportunidad política. Sería un gesto republicano sano y necesario para nuestra democracia. Y posiblemente una catarsis que pondría fin a nuestra propia guerra fría.
Leonidas Montes, miembro del Consejo Directivo del CEP y ex decano de la Escuela de Gobierno UAI.
