Es frecuente leer y escuchar que la democracia en el mundo enfrenta desafíos de magnitud relevante. También que ha retrocedido la confianza de los electorados respecto a su eficacia como sistema de gobierno. Nuestro país no es inmune a ese fenómeno internacional ni mucho menos. Hace apenas seis años y un poco más la democracia chilena estuvo en un riesgo inminente durante los aciagos días del estallido social.
Ni por un minuto se nos debe olvidar, sobre todo a los más jóvenes entre nosotros, que la democracia liberal es un sistema político altamente vulnerable a los intentos de quienes se proponen incumplir sus reglas y a los ataques desestabilizadores de sus detractores. Tampoco hay que perder de vista que de este extraordinario avance de la civilización sólo han gozado unas pocas generaciones de las muchas que han poblado la humanidad a lo largo de la historia. En nuestra América Latina sabemos bien que el milagro democrático (Warnken dixit) puede devenir en autocracia o dictadura cuando la sociedad descuida sus preceptos fundamentales. Peor todavía, en la actualidad sólo una minoría de ciudadanos en el mundo gozan de la democracia plena; menos del 10% de acuerdo con un estudio elaborado por la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist. Definitivamente, el milagro democrático no es la normalidad como solemos creer equivocadamente.
Es en este contexto que ayer ha tenido lugar el noveno cambio de mando de la más alta magistratura del país desde 1990, un acto republicano intachable y ejemplar en el que se ha puesto de manifiesto lo mejor y más valioso de la democracia: el momento -prestablecido- en el que el gobernante en ejercicio concluye su mandato y en el que la persona elegida para sucederlo inicia el suyo. Habla bien de nuestra democracia que nunca en todas estas ocasiones se haya intentado romper las normas previstas para el traspaso del mando, o para desconocer el resultado de una elección presidencial. Ha sido una vez más el milagro democrático que se ha renovado entre nosotros, al que no debemos por dar nunca por sentado.
Pero la democracia no se limita a la elección del gobernante. Las pulsiones del grave estallido de 2019 encontraron una salida marcadamente institucional. Un vértigo de elecciones, una docena desde 2020, permitió dejar atrás la violenta revuelta que amenazó con poner fin a la gobernabilidad democrática. Fue el triunfo de la democracia que se impuso al embate destituyente del octubrismo. Nunca fue más cierto en Chile que aquello de que los problemas de la democracia se resuelven con más, y no con menos democracia.
El cambio de mando de ayer, que por momentos amenazó con interrumpir la impecable tradición que ha caracterizado este rito democrático en nuestro país, se desarrolló con pulcritud y civilidad republicana, en lo que se puede considerar toda una muestra del fin de la borrasca rupturista y destituyente que sopló con inusitada fuerza a partir del estallido social. “El progreso humano no es ni automático ni inevitable” afirmó en su tiempo Martin Luther King. Afortunadamente, gozamos en Chile de la más plena libertad y de una democracia en forma, pilares sobre los cuáles hemos fundado nuestro desarrollo desde 1990 y también sobre los cuáles podemos erigir el desarrollo al que aspiran la mayoría de los chilenos. Cuidarlos con esmero es una tarea en la que no debemos cejar ni por un instante.
