La administración Boric juega de visita
¿Hay algo peor para el gobierno que las reuniones de sus ministros en casa de Zalaquett? Sí, desde luego: las explicaciones que dan los implicados para justificar su conducta. En estas reacciones el oficialismo se retrata por completo.
La defensa gubernamental se puede resumir en pocos argumentos: no sabíamos que pudiera ser considerado lobby; no se negoció nada así que la ley no aplica; no sabía ni conocía a la mayor parte de los invitados; no sabía que esto pudiera ser mal visto por la ciudadanía. Así que el que nada sabe, nada teme.
Esta forma de argumentar deja al gobierno por el suelo porque lo que hace es excusarse recurriendo a su debilidad, es decir, a lo precario de su influencia, lo corto de sus expectativas y el nulo control de sus actuaciones.
Partamos de la base de que es necesario conversar, conocer a los adversarios o a quienes les conciernen las decisiones que el gobierno tiene que tomar. Para eso hay que establecer los espacios para que ello ocurra, que es siempre un lugar donde se tiene el control de lo que pase o pueda ocurrir.
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Regularmente, cuando un gobierno necesita explicar sus posiciones, preparar un buen ambiente e influir, lo que hace es llamar, no ser llamado, convocar, no ser convocado. Pero la administración Boric casi siempre juega de visita. Para dialogar acepta las condiciones que se le imponen, y, al emplear este procedimiento lo que consigue no es precisamente que aumente su prestigio.
Reunirse con los más diversos sectores es indispensable, hacerlo en la casa de Zalaquett es optativo y una mala decisión.
A la casa de los lobistas se va a hacer lobby y es lo que entienden todos los que asisten cuando son convocados porque si no ninguno iría. El resultado ha dejado mucho que desear, porque las expectativas no se podían cumplir. Los ministros asumieron un riesgo y han pagado su imprudencia dedicando más tiempo a las explicaciones que lo que han empleado en la casa de este lobista. La mujer del César tiene que ser y parecer honrada por lo que el lugar escogido dejaba mucho que desear para este propósito.
Al informarse de los hechos, cada uno empezó a hablar de una manera muy extraña. Zalaquett se declaró benefactor de la humanidad, dedicado a expiar cualquier posible falta dedicando su tiempo y recursos al encuentro fraterno entre gente que no se conocía entre sí. Seis ministros insisten en que se dedicaron a hablar de generalidades que podían hacer desde sus oficinas o por cualquier medio de comunicación. A la opinión pública se le pide un grado de ingenuidad que llega a ser ofensivo.
Citas a ciegas en cocina ajena, a la suerte de la olla
El gobierno entró en una espiral de explicaciones malas de las que no ha podido escapar, porque partió sintiéndose culpable, puso cara de culpable y dio un número inusitado de explicaciones cuando bastaba una sola, pero buena. Lo que consiguió es que todo se viera peor de lo que es.
Para mí, la pregunta más delicada no se la han hecho a los ministros involucrados y es, simplemente, consultar si tenían conocimiento de que otros ministros estaban aceptando las mismas invitaciones.
Esta es una pregunta delicada porque si dicen que sí, es porque hay un pase interno en La Moneda para que procedan de esta forma. Si dicen que no estaban en conocimiento, significa que cada cual hace lo que mejor le parece sin la mínima coordinación del caso. En la primera alternativa se está actuando con doblez, en la segunda, se está actuando con frivolidad y descoordinación.
Está claro qué es peor. Si hay un aprendiz de Maquiavelo que instruye que seis ministros toquen a la misma puerta, validando a un lobista de derecha como “casa de todos”, es algo bien torpe, pero tiene arreglo. Basta con que el gobierno prescinda de sus servicios.
Si cada cual hace lo que quiere es mucho peor, significa que la administración carece de un centro neurálgico al que se recurre para cotejar las actuaciones que se piensan realizar evitando que pase lo que hemos visto.
Quienes participaron de anteriores gobiernos de centroizquierda comparten una misma experiencia. Si había una situación difícil que enfrentar, un conflicto interno que resolver o un error que enmendar muy pronto operaba un mecanismo y las cosas retomaban su curso asumiendo todos una misma línea de conducta.
¿Qué había pasado? Si se le preguntaba a una autoridad por qué era que había modificado su conducta, el aludido solía decir: “Lo que pasa es que me llamaron de La Moneda”. No se pedían más explicaciones.
“La Moneda” no era algo abstracto, era una reunión citada en Palacio a la que acudían todos y cuyas instrucciones se acataban. Se entendía que se actuaba con pleno respaldo y que la definición era inapelable. Ahora el comportamiento es por segmentos, lo que hacen otros es un misterio y lo mismo con quienes se reúne.
Se puede estar en el gobierno, ser una autoridad sectorial y no saber lo que el gobierno va a terminar haciendo en un asunto que le incumbe.
Pregunta típica en el oficialismo: ¿alguien sabe lo que está pasando?
Hace rato que el gobierno ya se instaló y se ha instalado sin centro de decisión porque su coordinación es mucho más declarativa que efectiva. Las buenas figuras de gobierno, de las que no se carece ni mucho menos, cubren esta deficiencia. Carolina Tohá, por ejemplo, prestigia al gobierno. Tiene prestancia, tiene inteligencia, lo que no tiene es la coordinación efectiva.
El gobierno funciona como archipiélago, aunque hay que reconocer que, si hay una isla grande, esa sería Hacienda y lo que alcanza a hacer Mario Marcel, a veces en coordinación con Jannette Jara.
Los ministros son personas a las que les falta el tiempo, tienen que excusarse de la mayor parte de las invitaciones que se les hacen y quedarse con lo indispensable. Si fueron a la casa de Zalaquett es porque lo necesitaban y no lo podían suplir con algo mejor que tuvieran a su alcance. La experiencia resultó frustrante. Eran reuniones en las que ellos aportaban, otros sacaban provecho y nada cambiaba para que al gobierno le fuera mejor. ¿Qué más se puede decir?
No se necesitaría hacer uso de tanto recurso rocambolesco si los conductos regulares funcionaran con eficiencia. Zalaquett existe dado que la oposición no sabe cómo entenderse con el gobierno porque no ve un mando unificado, y porque el gobierno no puede cumplir con sus tareas al faltarle información básica, que tampoco consigue por esta vía. Para peor, y como dicen los peladores, que son todos, los sándwich son malos.
