No es fácil determinar la proyección de un proyecto político. Puede ser un liderazgo, un partido determinado o una coalición: en todos los casos parece existir fecha de caducidad, aunque ella sea flexible y los éxitos puedan extenderse por algún tiempo. Pero la verdad –al menos en Chile– es que las cosas no son “eternas”, y es muy probable que un proyecto político o generacional exitoso deba proyectar su futuro con calma y también con la inteligencia para comprender que dichas iniciativas responden a lógicas históricas y a lo mismo obedece la fase de la decadencia y eventualmente la muerte de una colectividad. Es un buen momento para pensar el tema, considerando la realidad que ha vivido Chile en la última década, tanto a nivel de nueva oferta política como a la decadencia o crisis de alternativas políticas que ya contaban con décadas de vida pública. Y ciertamente, pensando también en la importancia de este año electoral.

Hacia 1932 las partidos con mayor votación y representación parlamentaria, eran el Conservador, el Liberal y el Radical, agrupaciones que habían surgido a mediados del siglo XIX y se habían extendido con gran influencia en el ámbito público. Como contrapartida, en esa fecha el Partido Comunista aparecía dividido, al Partido Socialista le quedaba un año para nacer y la Falange Nacional (futura Democracia Cristiana) todavía no existía. Pero las cosas cambiaron y tres décadas después el PDC llegó al gobierno con Eduardo Frei Montalva, en tanto el PS y el PC lo hicieron con la Unidad Popular y Salvador Allende en 1970.

En política las cosas cambian y el tiempo histórico es muy relevante. En la misma década en que democratacristianos, socialistas y comunistas se aprestaban sucesivamente a gobernar el país, los conservadores y liberales obtuvieron el peor resultado de la historia, que les llevó a elegir apenas tres y seis diputados, respectivamente, en las elecciones parlamentarias de 1965. Como resultado, ambas agrupaciones se unieron en el Partido Nacional, al que también se incorporó Acción Nacional (de Jorge Prat) y numerosos independientes. Paralelamente, el Partido Radical seguía su proceso de descomposición y pérdida de apoyo popular, reflejado en la derrota en la elección presidencial de 1952 y en otros fracasos, que se sumaban a la división interna y a la subordinación a la izquierda que experimentó a fines de la década de 1960.

En esos mismos años surgieron importantes movimientos generacionales, como el gremialismo de Jaime Guzmán y el Movimiento de Acción Popular (MAPU). Por razones propias de la política chilena y la ruptura de la democracia en 1973, la expresión pública más importante de esas fuerzas tardó en expresarse, pero es evidente que los mapucistas fueron decisivos en los gobiernos de la Concertación, así como en diversos ámbitos además del político. Algo similar se puede decir de la Unión Demócrata Independiente (UDI), que llegó a ser el partido más grande de Chile en 2001, superando a la DC tras largas décadas de supremacía falangista. Otro proyecto interesante y original de aquellos años de la transición fue el Partido por la Democracia (PPD), uno de cuyos fundadores y sin duda su líder principal fue Ricardo Lagos, futuro Presidente de la República. Lo que hemos vivido en el primer cuarto de este siglo es el proceso inverso: la UDI ha tenido una sostenida baja electoral, además del debilitamiento de su tradicional fortaleza doctrinaria y la emigración de figuras relevantes; los mapucistas están fuera de la política o participan de nuevas causas; el PPD dejó de tener la mística inicial hace mucho rato y la derrota de sus candidata en las primarias, Carolina Tohá, más que una simple manifestación coyuntural de una baja en la votación representa una ratificación de la pérdida sostenida de apoyo popular.

El caso de la Democracia Cristiana es notable, sin duda. Como proyecto político, al menos desde hace un par de décadas, ha sufrido una especie de “muerte espiritual”, a la que ha seguido la falta de renovación generacional, una sostenida baja electoral y la decisión de abandonar su ideario para abrazar ideas o candidaturas propias de la socialdemocracia, así como la disposición a subordinar su proyecto histórico a diferentes postulaciones izquierdistas. Es probable que la DC logre conservar cierto apoyo popular, como lo ha mantenido el Partido Radical durante décadas, pero parece claro que ambas son agrupaciones con más historia que futuro, y que probablemente sus propias abdicaciones significarán grandes dificultades para retomar eventualmente un lugar principal en la política nacional.

En la última década ha habido cambios cruciales en el mapa doctrinal y en la lucha por el poder en Chile. En cuanto a los nacimientos, destacan algunas fuerzas como el Frente Amplio y el Partido Republicano, que se hizo visible cuando ambos lograron que sus líderes pasaran a segunda vuelta en la elección de 2021. El Partido Comunista, a su vez, ha logrado posicionarse como un conglomerado con alta penetración social y capacidad de convocatoria, al punto que su candidata Jeannette Jara triunfó en las primarias de la izquierda.

Por su parte, las grandes fuerzas de la transición y de los primeros años de la democracia han vivido la situación inversa. En buena medida, sufrieron una derrota con la revolución de octubre de 2019, lo que se expresó después en el plano electoral con la derrota de la elección para la Convención constituyente, que en la práctica significó una nueva muerte para la Concertación. Chile Vamos ha resistido, a pesar de que no ha tenido la iniciativa de liderar un cambio interno o de fusionarse en una sola colectividad fuerte en vez de tres de tamaño más pequeño e influencia decreciente para sus propias ideas. Todo esto en un contexto en que las nuevas agrupaciones no alcanzan a desarrollarse con fuerza, como es el caso de Demócratas y Amarillos.

El futuro no está escrito. En los últimos treinta años hemos visto crecer y consolidarse al Partido Comunista –al punto de contar con una candidata presidencial competitiva este 2025– que en la década de 1990 representaba una izquierda extraparlamentaria marginal y “abandonada” por la historia. Un triunfo de Evelyn Matthei podría revertir la caída de su coalición, pero una derrota presidencial y parlamentaria quizá fuerce la constitución de Chile Vamos como un solo partido político. La victoria de José Antonio Kast podría llevar a los republicanos a La Moneda a solo una década desde su nacimiento.

La vida y la muerte de los proyectos políticos no tiene una lógica que sea predecible, pero sí muestra algunas bases para el análisis. No bastan las ideas, pues se requieren también estructuras adecuadas (partidos o coaliciones) y líderes capaces de convocar y orientar el proyecto. El crecimiento electoral es con seguridad un bien deseado, pero vivir en torno a ello puede llevar a la derrota de fondo. La muerte espiritual de las colectividades precede y quizá es más relevante que la baja electoral o una derrota momentánea. En fin, conocer la historia sigue siendo una vía importante para la comprensión del presente.

En los próximos años veremos nacer y morir a distintas iniciativas políticas. No obstante, es preciso comprender que el futuro está abierto y sigue existiendo libertad para conducir el carro de la historia en una u otra dirección.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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1 Comment

  1. Brillante síntesis y un gran aporte de historia política, con repercusiones en el presente y futuro. Gracias

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