El desencuentro entre Presidente en ejercicio y electo a pocos días del cambio de mando se ha atribuido al “ego” de uno o del otro. No sabría decir si es así, pero parece ser un factor importante en política y gobierno al que no le prestamos la suficiente atención y estudio.  Tal vez convenga entonces reflexionar aquí sobre esa condición clave para el buen desempeño en múltiples áreas de actividad humana.

Tres observaciones preliminares rápidas. Una, que tener un ego grande o fuerte no es de por sí malo. Es más bien un tema de balance con otras cualidades, o de equilibrio. Dos, todos los humanos tenemos un ego que a veces nos desborda y que, si bien nos permite crecer, también nos hace a veces cometer errores importantes y pasarlo mal. Y tres, nuestros egos juegan roles importantes no sólo en los políticos y gobiernos, sino en toda relación humana, grupo y organización: parejas, empresas, escuelas, instituciones de todo tipo, iglesias, etc. Por lo tanto, invito a que reflexionemos juntos en esto pensando en algo que nos ayude a cada uno de nosotros, y no sólo ponerlo como algo afuera que atañe sólo a políticos o dirigentes. Pero aprovechemos el cambio de gobierno para observar esto.

No hablo ni hablaré del ego en un sentido psicológico complicado, citando a Freud u otros, sino en el sentido más simple y cotidiano del término. Eso que nos lleva a comentar de alguien, “ese tipo tiene un ego del porte de un buque”. ¿A qué apunta quien habla así?

Entenderé por alguien con un ego fuerte a una persona que busca destacarse especialmente por sobre los demás; que se siente interiormente superior al resto; que típicamente tiene objetivos personales propios más allá de los del grupo a que está integrado en el momento; que busca un reconocimiento, dinero, fama, poder, admiración, elogios, etc. excesivos o por sobre los del grupo; que en cierto sentido se alimenta de la atención de los demás, especialmente de la figuración pública en medios masivos como puede ser la TV, periódicos o redes sociales. Pueden tener otros rasgos, pero con lo expuesto espero que el lector se forme una idea de lo que hablo.

A partir de tomar consciencia de los patrones de comportamiento humano mencionados arriba en relación a los egos, podemos ver casi de inmediato el rol tanto positivo como negativo, creativo como destructivo, que pueden tener en la política. Un gobierno necesita ministros con egos fuertes, motivación y buena llegada con la opinión pública y la prensa. Gracias a eso puede ganar adhesión, comunicarse mejor con los ciudadanos y electorado, etc. Por eso las encuestadoras están continuamente midiendo los niveles de aprobación que tiene no sólo el gobierno y el presidente, sino también cada ministro. Y es valioso para el gobierno tener ministros con alta aprobación, lo cual exige un trabajo específico del interesado y del gobierno mismo. Pero no se le puede pasar la mano.

Los lados negativos del ego muy grande de una autoridad (por ejemplo, un ministro) son a mi juicio principalmente dos. Primero, una pérdida de la fuerza del trabajo en equipo. Eso suele ocurrir cuando una sola persona se las arregla para conseguir todos los créditos de los logros, en desmedro del resto del equipo que se esforzó para alcanzarlo. Puede ser también para ocultar errores o eludir responsabilidades. Esto a la larga el equipo lo descubre: que cierta persona está trabajando para su lucimiento propio o el avance de su carrera política personal (escalamiento, fama, más sueldo, etc.) y no de la institución a que pertenece o de la comunidad a que intenta servir (pacientes, escolares, pymes). Esto resta motivación y esfuerzo al conjunto del equipo. A veces hasta daña el trabajo mismo. Recuerdo casos en que un ministro en un área en que trabajaba buscaba lucirse anunciando prematuramente en la prensa un programa de gobierno que estaba todavía en la fase de diseño y construcción. Eso obligaba a trabajar a presión, dar explicaciones prematuras, cometer errores y a la larga perder credibilidad.

El segundo aspecto especialmente negativo del ego muy grande de autoridades de organizaciones y gobierno, es la pérdida de credibilidad y confianza. Tanto agentes externos (ciudadanos, p.ej.) como internos (colaboradores), tienden a perder credibilidad cuando descubren o perciben que cierta autoridad opera con una agenda personal propia y no la del conjunto o el bien común. Esto debilita su autoridad oficial y, por lo tanto, de su institución y la del gobierno. Se nota cuando un ministro realiza viajes para conseguir un cargo posterior en el Parlamento o un organismo internacional, antes que dar prioridad a su rol institucional.

Dejo al lector pensar en otros casos, y de encontrar ejemplos en su vida personal o recordar casos notorios de egos excesivos que causaron inesperados daños en experiencias de gobierno actuales y pasados.  Aquí pretendo sólo poner sobre la mesa esta dimensión del buen gobernar. Y darle la importancia que merece, especialmente por cada uno y por evaluadores. Y no olvidar que éste, como todo comportamiento humano es susceptible de corregirse y mejorarse con consciencia, medios y práctica. Por ejemplo, cultivando comportamientos de equilibrio, ecuanimidad y humildad. Mantener cercanía con amigos, maestros y grupos que nos digan la verdad respecto a lo que ven en nosotros. Así, cada uno descubrirá cómo actuar mejor en sus tareas y relaciones en beneficio de todos.

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1 Comment

  1. Bueno el intento. Yo creo que la gran mayoría de los chilenos tienen muy claro quien sufre esa patología de soberbia descontrolada, carácter descontrolado y cero experiencia de trabajo en equipo, está clarisimo

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